05 agosto 2012

En un valle del norte...



Me desperté demasiado temprano. El sueño había desaparecido de pronto y una ligera ansiedad por levantarme y salir de entre las sábanas me empujaba.
Las ventanas estaban cerradas pero algo de luz entraba por los pequeños resquicios de los antiguos postigos de madera ya gastada por el paso del tiempo. No sabía qué hora era pero supuse enseguida que el amanecer se estaba imponiendo a la noche. La curiosidad pudo más que la pereza y decidí salir de la habitación.
Bajé las escaleras despacio y de la manera más liviana posible para no despertar a nadie. Algo en mi interior me decía que continuara, que no me detuviera dentro de la casa, que siguiera andando hasta el exterior.
Mi corazón entonces comenzó a latir veloz, la ansiedad aumentaba por momentos como si un presentimiento de lo que iba a ver y a sentir se hiciera presente y fuerte en él.
Terminé de bajar las escaleras. En el salón ya se podía notar un anticipo de lo que en unos minutos iba a vivir: la luz penetraba por la pequeña cristalera de la puerta con total libertad e inundaba toda la estancia de colores ambarinos. Sin pensarlo dos veces, tomé el pomo de la puerta, lo giré y... allí estaba, eterno, bello, el amanecer sobre un infinito y verde valle del norte. Mis ojos se inundaron de paz, mis músculos se relajaron,..., el tiempo se detuvo en el paisaje.
De infinita libertad, la belleza se hizo vida delante de mí, y ahí me quedé no sé cuánto tiempo, pero no pude moverme, solo contemplar, deleitarme con la belleza de un valle cubierto de una espesa niebla que comenzaba entonces a disiparse conforme los rayos de luz se hacían más fuertes, y dejaba al desnudo un inmenso mar de verdor únicamente salpicado de algún tejado.
El mar azul al fondo parecía incluso celoso de esa belleza que se imponía a toda razón. El cielo dejaba entrever su claridad, dejando atrás sus tonos grisáceos para transformarlos en dorados.
Mis sentidos cobraron vida en ese momento, creo que nunca antes lo habían hecho con ese poder, como si nunca los hubiera tenido y ahora despertaran de su letargo. Un olor especial inundó mi olfato: tierra húmeda mezclada con el olor a sal. Mis oídos se agudizaron y comenzaron a escuchar el despertar de un pueblo privilegiado, de sus gentes afables y de sus animales.
Mi cuerpo se dejaba llevar por las sensaciones, mi piel incluso sentía la belleza de esa grandiosidad que tenía delante de mis ojos. Entonces quise volar, lanzarme al vacío cuán gaviota y observar con libertad tanta belleza que nos ofrece la vida y que está ahí delante de nuestros ojos y que no sabemos mirar. Dejamos pasar el tiempo: horas, minutos, segundos siquiera, sin darle importancia a momentos tan insignificantes como es el amanecer de cada día.
Y yo, para no irme de esta vida sin admirar ese espectáculo, aquí estoy, mirando al frente, a un Cantábrico infinito, rebosante de luz y magia, con el sol a mi derecha que aún camina perezoso, con un valle deslumbrante bajo mis pies y la agradable sensación de haber perdido el sentido del tiempo porque, con esta belleza, el tiempo...no tiene sentido.

3 comentarios:

  1. Hola Puri: a juzgar por lo que has escrito veo que ya estás en Asturias y no has podido contener los sentimientos que te inspira la belleza del paisaje.
    Admiro tu capacidad para manifestar esas sensaciones.
    Por cierto, hace apenas unos días tuve la oportunidad de experimentar esas impresiones al recorrer en bicicleta parte de esos bosques asturianos y una buena parte de los gallegos. ¡Ya quisiera yo poder expresarlo con la facilidad que tú lo haces!.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola Reme. El lugar que describo es en Cantabria, pero creo que el relato se puede aplicar a cualquier rincón del norte. ¿Has estado en Asturias Espero que te lo hayas pasado muy bien. Ya mismo nos vemos, seguro que Salvador te contará en el cole todo lo que ha hecho. Un saludo.

      Eliminar
  2. Preciosa foto y qué bonito escribes - no cada uno lo siente así

    ResponderEliminar

Tu opinión cuenta. Déjame un comentario.