23 octubre 2012

Los caprichos del destino




 
(artículo publicado por Puri Estarli para Ogíjares Actualidad)


Ángel se levantó del sillón inquieto. Era la quinta vez que intentaba dejar de fumar y esta vez, como en las anteriores, sabía que tampoco lo conseguiría. No es que fueran excusas, es que simplemente, <<el mundo se había aliado contra él y sus esfuerzos por dejarlo definitivamente>>, solía repetirse para acallar su conciencia. En esta ocasión, su excusa era la falta de trabajo; en las anteriores, el exceso del mismo.

Llevaba tan solo dos días sin fumar y le parecía el fin del mundo, era como si estuviera muerto en vida. Miró a su mujer, que se afanaba por explicarle los problemas de matemáticas a su hija que ya estaba en sexto curso de primaria, y comprendió que no podía engañarla, que no se podía engañar a él mismo, que ese malestar que sentía y ese humor de perros que le mostraba era por la falta de nicotina.

Se asomó al balcón y observó a la gente que pasaba por la calle Mayor. La Iglesia estaba cerrada a esas horas de la tarde. No había mucha gente, estaba lloviendo, pero le llamó la atención Almudena, una vecina conocida por su relación con un hombre que le triplicaba la edad. Por un momento dejó de pensar en el maldito tabaco y se alegró de que aquella bella muchacha no estuviera acompañada, en aquella ocasión,  por El Fraguel sino por chicos y chicas de su edad. Un escalofrío le recorrió la espalda y giró la cabeza para mirar a su hija que era más o menos de la edad de Almudena. No se podía ni imaginar el calvario por el que estaría pasando la pobre madre. << ¡Pobre Adela!>>, pensó Ángel. Pero nuevamente la necesidad de nicotina le llevó a salir de sus pensamientos y a recordar que no le quedaba ni un solo cigarrillo al que echarse a la boca.

Entró de nuevo a la casa, cerró la puerta del balcón y se sentó de nuevo en el sillón a retomar la lectura de los anuncios de trabajo del periódico. Una hora pasó y las ganas de fumar, lejos de aplacarse, fueron en aumento. No quería comprar tabaco, sabía que si aguantaba unos días más, se le pasaría ese malestar.  Nervioso, se volvió a levantar y se asomó a la puerta de su casa. En ese momento, vio que bajaba Francisco, el vecino del tercero. Llevaba un paquete de tabaco en una mano y un mechero en la otra.

_ Mi mujer, que dice que no quiere que fume en la casa _se excusó Francisco _, así que ¡qué remedio!, tendré que irme al bar a fumar.

_ Espera, bajo contigo _contestó Ángel.

Ya en la calle y sin salir del portal, Ángel alargó la mano en respuesta al gesto de ofrecimiento de su vecino de acompañarlo en el vicio. Se puso el cigarro en la boca, lo encendió y aspiró con fuerza y deseo contenido.

_ Vaya, para una vez que tengo una buena excusa para irme al bar, se me olvida el paraguas en casa _repuso Francisco.

En ese momento, unos ruidos secos, acompañados de gritos, se escucharon al otro lado de la calle Mayor. Francisco se agachó instintivamente, se aovilló y se puso las manos en la cabeza con la intención de protegerse, aun sin saber muy bien qué estaba ocurriendo. Sin moverse un centímetro, se dirigió a su vecino, con el miedo en su voz:

_ ¡Dios mío! ¿Qué ha sido eso? ¡Ángel! ¿Has escuchado ese ruido? ¿Qué ha pasado?

Pero Ángel no contestó, yacía tirado en el suelo. Junto a él, un cigarrillo encendido y manchado de sangre rodaba acera abajo.

Puri Estarli

4 comentarios:

  1. ¡Madre mía!
    Angustiadita he estado todo el tiempo y ese desenlace uf uf uf

    Un beso,
    Nerea

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    1. Gracias, Nerea, por el comentario.
      Me alegra que te haya gustado.
      Un saludo.

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  2. Hola, ¿Qué tal? Esa sensibilidad a la hora de expresarte me conmueve y me emociona al mismo tiempo. Me has tenido en un vilo! Un buen artículo que dice mucho.

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  3. Gracias, Anónimo por tu comentario. Esa es precisamente mi intención, despertar conciencias y emocionar.
    Un saludo.

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