29 julio 2012

A Mi Amante Letal

Lunes, 30 de julio de 2012

Te extrañará que, después de diez años sin acordarme de ti en absoluto, te haya escrito esta carta. Pues bien, si es así, no pienses que he vuelto a caer nuevamente en tus redes. Nada más lejos de la realidad. Si te escribo ahora es porque me siento con la fuerza necesaria para contarte unas cuantas verdades sobre tú y yo.

Es cierto, no te voy a engañar, te quise con locura, con pasión irrefrenable, incluso, aunque ahora me avergüence confesarlo. Por ti he sido capaz de engañar a mi familia, a mis hijos, ..., a mi marido y, lo peor de todo, me engañaba a mí misma.

Recuerdo cuando mi madre me echaba una reprimenda cada vez que me veía contigo. Tú no le gustabas y yo, en ese momento, no la comprendía. Ahora he abierto los ojos y me he dado cuenta que tenía razón porque, en realidad, no le gustas a nadie. Pero extiendes tus redes de seducción poco a poco, sigilosamente y, sin darnos cuenta, caemos como los peces caen en las redes marineras y, como ellos, nos vamos quedando sin aliento, sin aire para respirar. Nos vas quitando la vida despacio, muy despacio.

Recuerdo, ahora con hastío, cómo deseaba tenerte en mis labios, día a día, hora a hora,..., cada vez más y más... No podía pasar un día sin ti, al menos, sin morirme de ansiedad por tenerte, por olerte,..., por respirarte.

¡Cómo pude estar tan ciega entonces! Tú no me quisiste jamás. Ahora lo tengo claro, ahora que te veo en los labios de otras presas como yo. Porque eso es lo que era y lo que son, presas, y tú la fiera, un lobo con disfraz de cordero, acechando.
Pero yo te quité el atuendo de falso galán y, ¿qué me encontré?, un ser hediondo, malvado,..., letal.

Sí, no te extrañes. Ahora, después de diez años, me atrevo a escribierte para decirte que me alegro del paso que di, aunque en ese momento, aquel 30 de julio de 2002, me doliera en el alma.
Lo pasé muy mal sin ti. Pensé que no soportaría tu ausencia por mucho tiempo, que al final caería de nuevo en tus sucias y repugnantes redes que entonces eran para mí el paraíso.
Pero no fue así, te olvidé en un mes, fue más fácil de lo que pensaba y, ¿sabes qué?, que conseguí el olvido igual que llegaste a mí, poco a poco, pero con distintas consecuencias. Si contigo iba perdiendo la vida cada día, sin ti la fui recuperando y ese hecho me hizo sentir cada vez más fuerte, indómita, para afrontar un nuevo día sin tu presencia.

Quiero que sepas que esta es, y será, la última vez que te escriba, ya no tengo necesidad de recordarte pero tampoco de olvidarte porque ya te olvidé sin darme cuenta.

¡Hasta nunca, Tabaco!

10 julio 2012

El valor de la lectura


Siempre he afirmado que la escritura es el vehículo de la imaginación. Esos mundos paralelos que viven sin miedo a morir en la mente de los escritores, se ponen a disposición del lector para su gozo, para su placer, para que sean vividos a su manera sin miedo a equivocarse.

Un libro tiene alma propia _eso dicen_, pero yo no estoy tan segura de que esto sea así. Estoy convencida que no tiene una, sino muchas y cuantas más posea mejor libro será. ¿Mi teoría? El libro nace con un alma, la del escritor que lo crea y, posteriormente, va adquiendo tantas como lectores posea.

El libro está vivo, por tanto, en la mente del escritor y de todos sus lectores porque tiene el poder de sentirnos creadores, de imaginarnos ese mundo y de hacerlo nuestro, porque nos emociona y nos hace construir un mundo ficticio que se fundamenta en muchas ocasiones en la misma realidad.

La lectura nos hace libres porque la imaginación es libre. Un libro tiene magia, porque con él podemos volar, viajar, amar, sentir, vivir, sufrir, olvidar,... Un libro es y será siempre eterno.

No hay libro malo sino escasa imaginación. Cada escrito, ya sea novela, ensayo, relato, poesía, nos aporta un saber, y no lo digo yo, ya lo afirmaba Quevedo en su reclusión en el Convento de San Marcos en León:
"Desde las diez a las once rezo algunas devociones, y desde esta hora a la de las doce leo en buenos y malos autores; porque no hay ningún libro, por despreciable que sea, que no tenga alguna cosa buena, como ni como algún lunar el de mejor nota. Catulo tiene sus errores; Marcus Fabius Quintilianus, sus arrogancias; Cicerón, algún absurdo; Séneca, bastante confusión; y, en fin, Homero, sus cegueras; y el satírico Juvenal, sus desbarros; sin que le falten a Egecias algunos conceptos; a Sidonio, medianas sutilezas; a Ennodio, acierto en algunas comparaciones; y a Aristarco, con ser tan insulsísimo, propiedad en bastantes ejemplos. De uno y de otros procuro aprovecharme, de los malos para no seguirlos, y de los buenos para procurar imitarlos"
Mis hijos son buenos lectores, aunque muchas veces no se terminen los libros que en ese momento se estén leyendo. No importa, no se puede obligar a nadie a imaginarse un mundo del que no se consigue formar parte. Lo verdaderamente substancial es que tengan esa curiosidad por conocer, por aprender, por descubrir, por explorar esos mundos que nosotros los escritores intentamos, con mejor o peor acierto, plasmar negro sobre blanco.

Hay que fomentar la lectura porque nos hace grandes, libres y, sobre todo, felices. Y que mejor que empezar por nuestros hijos, despertando y alimentando en ellos esa curiosidad por descubrir realidades ficticias. Nuestros hijos aprenden de manera mimética. Leamos, pues, y que absorban de nosotros esa primordial y agradable cualidad.

Feliz día y buena lectura!