15 febrero 2013

"Ángeles y cuervos"




(artículo escrito por Puri Estarli para Ogíjares Actualidad)

El papa Benedicto XVI dejará la silla pontificia el 28 de febrero de 2013. Todos nos sorprendíamos la mañana del lunes con tal afirmación de boca del mismísimo Santo Padre. Incluso dentro de la propia Iglesia, dentro del mismo Vaticano, la noticia corría de pasillo en pasillo y de esquina en esquina ante la mirada de incredulidad y de asombro de propios y ajenos.

Que el papa está viejo y débil físicamente es un hecho que no admite réplica. Esa ha sido por su parte, la excusa o la causa que pone sobre la mesa para defender su renuncia el que fuera, en tiempos de Juan Pablo II, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe –antiguo Santo Oficio de la Inquisición–. Pero, ¿Hay algo más que no se puede decir? ¿O quizá está tan claro que no merece la pena repetirlo o recordarlo? 

Ya lo afirmó Santa Catalina de Siena, allá por el siglo XIV, “La Corte del Santo Padre me parece unas veces un nido de ángeles y, otras, un nido de víboras”. Esta frase que, entonces, pudo constituir  toda una revolución,  hoy en día no sorprende en absoluto.  Solo hay que escuchar y prestar atención a todos los escándalos que en el seno de la Iglesia se han producido en los últimos años y se siguen produciendo.

No es fácil ser papa y menos ahora. No es fácil estar sometido continuamente a una intensa proyección de luz por cómo se actúa y por cómo se deja de actuar ante los problemas. A la Iglesia ya no se la cree y son muchas las razones, desde el creciente anti-modernismo o la falta de vocaciones hasta los mismos escándalos que abren los ojos a los más crédulos.

Joseph Ratzinger llegó a la silla de San Pedro con fama de ser un hombre duro, un “pastor alemán” (si se me permite el juego de palabras), casi como un inquisidor. Pero el tiempo ha echado por alto esa fama. Benedicto XVI ha demostrado ser un pastor humilde, flexible, demasiado inteligente para algunos y bastante sutil para otros, un gran teólogo cuyas tres encíclicas estaban centradas en el Amor por encima de todo, pero sobre todo ha demostrado ser un hombre pragmático y valiente, tanto por la decisión de renunciar a su papado como por todas las cartas que ha puesto boca arriba en el seno de una Iglesia que escondía demasiadas vergüenzas.

Si tenemos en cuenta los últimos acontecimientos ocurridos en el Vaticano,  no me extraña que el papa haya dicho ¡Hasta aquí hemos llegado! Intrigas, filtraciones, luchas internas de poder, “cuervos y lobos”. Todo esto me trae a la memoria al Premio Nobel de Literatura André Gide y su obra Les caves du Vatican, en la que se narra una historia ficticia con muchas semejanzas con lo que se vive hoy en la Iglesia. Y sin ser para nada extremista (a los hechos me remito),  mi memoria me lleva a las intrigas “borgianas” que allá  por el siglo XV, durante el Renacimiento, se vivían por los sacros pasillos de la Iglesia. Frases como la que aparece en el periódico de la Santa Sede, L’Osservatore Romano: “Apacible pastor rodeado de lobos al frente de una organización devastada por jabalíes”, apoyan las semejanzas de mi memoria.

La intención de Benedicto XVI fue la correcta, limpiar la Iglesia de todos los escándalos de pederastia ocultos bajo la protección de una sotana  y, para ello, lo primero que hizo nada más vestirse de blanco fue pedir perdón y hacer que el resto de la Iglesia lo pidiera. ¿Lo ha conseguido? Claramente, no.  La moral comienza a minarse. La filtración de documentos, el robo de su intimidad (caso Vatileaks) por parte del que fuera su mano derecha, Paolo Gabriele, ha terminado de acabar con las pocas fuerzas que un hombre de 85 años puede tener.

El papa se siente solo ante los escándalos, y así se va, solo, con la decisión de quitarse la “mitra” tomada desde hace tiempo y que muy pocos conocían quizá por el miedo a que también se la robasen. Y ahora, miramos al futuro y nos hacemos más preguntas: ¿Quién ocupará la silla pontificia? ¿Estamos ante una nueva era como vaticinan los más agoreros? El Concilio Vaticano II fue un hito histórico que marcó el siglo XX, igual que lo fue el Concilio Vaticano I en tiempos del papa Pio IX o el ancestral Concilio de Trento. La renuncia “oficial” del papa el próximo 28 de febrero será otro hito histórico, ¿será necesario un Concilio Vaticano III?

Sin embargo, lejos de todas estas cuestiones, lo principal no se resuelve. No basta con proclamar a los cuatro vientos desde el balcón de la Santa Sede en la Plaza de San Pedro que hay que amarse, que hay que hacer el bien, que hay que vivir en armonía con base en los buenos valores, que hay que aliviar el hambre y el dolor. No, no solo hay que decirlo sino que hay que poner ejemplo. ¿Qué necesitamos entonces? Se necesita un papa distinto a los que hasta ahora ha habido, un papa que reforme las estructuras internas de la Iglesia en primer lugar, que barra su casa, que la limpie de corrupciones y vergüenzas y, en segundo lugar, que limpie el mundo del hambre, del dolor, de las miserias y de las desigualdades, y que elimine el llanto de los niños y su sufrimiento. Eso es lo que se necesita en realidad.

2 comentarios:

  1. Me gusta este artículo. Enhorabuena, escribes muy bien. Te sigo, me gusta el enfoque de tu blog. Relatos y artículos de interés, me gusta.
    Un saludo.

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    1. Gracias, Javier. Te animo a que lo sigas leyendo.

      Un saludo!

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