22 febrero 2013

¡Me hubiera gustado tanto ser futbolista!





(artículo escrito por Puri Estarli para Ogíjares Actualidad)

Parecía que ya había acabado todo. La calma que se respira en las calles de Gao agobia e incluso duele después de haber acostumbrado a nuestros oídos a diversos ruidos que nunca debimos oír. Los seguidores de Muyao prosiguen su avance hacia el norte, pero el miedo continua presente en las calles de una ciudad arrasada por el terrorismo islámico.
Me llamo Sanda Traoré, tengo trece años y siempre me ha gustado mucho jugar a fútbol con mis amigos. “Cuando sea mayor quiero ser futbolista”, le repetía una y otra vez a mi padre. ¡Menudos partidos nos echábamos en el descampado que hay junto al colegio! Allí estábamos cuando llegaron los muyahidines, y arrasaron con todo lo que se movía. Nos obligaron a ir con ellos, nos dijeron que nuestros padres lo habían consentido. A mi hermano, Mohamed, no se lo llevaron, lo dejaron tirado en la arena. ¡Era tan pequeño! Miré hacia atrás y vi cómo se tapaba la cara con las dos manos: tenía miedo. No lo he vuelto a ver.
 Aquella fue la primera vez que mis manos tocaban un fusil. Recuerdo lo mucho que pesaba pero me acostumbré pronto al arma, tanto que parecía casi una extensión de mi brazo. Me enseñaron a usarlo. Aquello servía para acabar con la vida de personas por lo que nos dijeron que teníamos que disparar al corazón. Me pegaban cuando lo hacía mal.
¡Yo solo quería jugar a fútbol! Quería aprender las reglas del juego, a chutar a la portería, a regatear,…, a marcar goles. Pero me ensañaron a odiar, a apuntar, a disparar,…, a matar. Pensaba muy a menudo en lo que me decía mi padre sobre el infierno y el cielo. Mi padre me había engañado. Ahora sé que hay muchos infiernos y que todos están aquí, donde yo vivo.
También lloraba, lloraba mucho; después, todo eso acabó y me acostumbré al miedo, a escuchar gritos de pánico, a sentir dolor y a ver el dolor en los demás. Me acostumbré a matar y a ver morir a otros niños por la caída de obuses en las calles. Me acostumbré al olor de la sangre, la de los demás y a la mía, la de la pierna que perdí cuando pisé aquella mina.
Cada noche, a las ocho, suena el toque de queda y la calle se queda vacía pero a mí me da igual, yo ya no puedo salir a jugar.
Me llamo Sanda Traoré y tengo trece años. ¡Me hubiera gustado tanto ser futbolista!



No hay comentarios:

Publicar un comentario

Tu opinión cuenta. Déjame un comentario.