15 marzo 2013

Érase una vez un país...

(artículo publicado por Puri Estarli para Ogíjares Actualidad)

Érase una vez un país en el que el absolutismo político y económico fue abolido hace ya mucho tiempo y, en su lugar, quedó instaurada una monarquía parlamentaria y una Constitución en la se promulgaban los derechos y deberes de los ciudadanos. Las gentes de ese país pudieron entonces elegir libremente a sus representantes, a sus dirigentes, porque creían en ellos, en su capacidad para resolver los problemas para una convivencia democrática. 

Un buen día, en el país de mi cuento, esa seguridad de los ciudadanos por los mandatarios dejó de existir, pasando a una total desconfianza e indignación. Los derechos de los ciudadanos no se cumplían tal y como dictaba la Constitución y esa fue la causa de huelgas y protestas que se sucedían cada vez con más frecuencia, aquí y allá. 

Un país donde la crisis política y económica minó las fuerzas y el entendimiento de todos; donde, con cada nuevo caso de sinvergonzonería, los ciudadanos se iban haciendo cada vez más resistentes al sobresalto, llegando a apreciar solamente un ligero sinsabor que pronto se olvidaba y se reemplazaba por uno nuevo.

Un país, el de mi cuento, en el que cada año, los mandatarios se reunían y discutían sobre el estado del mismo; donde, en lugar de poner sobre la mesa soluciones, se atacaban los unos a los otros y se ponía de manifiesto la absurda hegemonía de llevar la contraria; donde no había consenso ni entendimiento; donde no había un diálogo constructivo entre el Gobierno y el principal partido de la oposición; y donde se le daba más importancia a las encuestas posteriores sobre quién había sido el mejor charlatán que a las soluciones a los problemas de la nación.

Un país en el que la corrupción salpicó a casi todos, donde la élite política no era más que el espejo en el que muchos ciudadanos se miraban, unos de frente y otros de soslayo. Un país de pícaros, pero no como Lázaro de Tormes _un niño pobre al que le faltaba el pan_, sino de una manera más egoísta, sin escrúpulos ni remordimientos, donde si se podía fingir una cojera o una lesión cervical para cobrar una indemnización pues se hacía y no pasaba nada; donde si había que hacer trampas para evadir impuestos pues se hacían y tan a gusto; donde lo mismo era culpable el corruptor que el corrompido aunque no siempre se penaran las culpas.

En el país de mi cuento también había espacio para espionajes y chantajes; donde, por si no tenían bastantes vergüenzas que limpiar, había quien obtenía provecho sacando a la luz información corrupta de otros, de forma lenta y precisa, para no saturar, formando, poco a poco y como si de un cuentagotas se tratase, un hueco convertido ahora en una gran zanja.

Un país, el de mi cuento, en el que a la educación, a la investigación, a la cultura, al arte y a la transmisión de conocimientos no se les hacía el menor de los casos; donde había fuga de cerebros a diario por las escasas posibilidades de mejorar profesionalmente o simplemente de comenzar a trabajar con ilusión y dignidad en una profesión en la que se había dedicado todo el esfuerzo.

Un país donde se dejaba de lado a los más desfavorecidos, a los más débiles, a las víctimas y se protegía a los poderosos, a los corruptos; donde había personas a las que se las sacaba a la fuerza de sus casas, a las que se las privaba de su hogar, ese que tanto sudor les ha costado tener; donde había gente que prefería acabar con su vida antes de verse durmiendo al raso; donde llegó a haber cinco millones de personas que no tenían un trabajo digno; donde el capitalismo volvió a ser lo que era en tiempos de la Revolución Industrial: el obrero trabajaba por un mísero jornal y malvivía mientras que el capitalista iba desviando su fortuna a paraísos fiscales.

En el país de mi cuento también existía el desasosiego y la sinrazón, la negligencia y la injusticia; donde se permitía que un asesino, un ex convicto, trabajara para las Fuerzas de Seguridad del Estado en el Ministerio del Interior y tuviera acceso a información confidencial poniendo en peligro la propia seguridad del país.

Un país en el que, a pesar de todo, se podían encontrar atributos esperanzadores a los que poderse afianzar para no caer empicados; donde había empresas líderes a nivel mundial en el sector empresarial; donde el idioma, el español, era la segunda lengua más hablada; donde la expresión artístico y cultural estaba muy bien valorada a nivel mundial; y donde los deportes y los deportistas nos mostraban como una potencia mundial en ese sector.

El país de mi cuento, fue el mío, fue el tuyo, fue el de todos los españoles, en el que hubo cabida también para el optimismo y el contrapunto a todos los adjetivos negativos; donde todos los españoles actuamos juntos, con voluntad reformista; donde nos dimos cuenta que solo la unión hace la fuerza y permanecimos unidos dentro de un proyecto europeo del que salimos fortalecidos.

Un país, el de este cuento, un cuento hecho utopía que un día me gustaría narrar.



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