04 noviembre 2013

Las concertinas de la vergüenza




 Foto: J.B.de Avellaneda

La arena amortigua sus pasos lentos y fatigados y, así, solo retumban en sus propios corazones. Paso a paso, en un tiempo lento, continúan su camino. Su tiempo, ese tiempo del que disponen no tiene formas pretéritas ni futuras. El pasado murió con ellos y el futuro es incierto. Solo disfrutan de un presente que es corto y eterno al mismo tiempo. Apenas los oimos llegar, y si acaso escuchamos algo nos tapamos de inmediato las orejas.  

Cada año, la arena se cubre de miles de sueños que encierran ese futuro incierto, ese "mañana" onírico. Son sueños idénticos donde la vida es el deseo que más se repite. Pero a veces, la arena entierra en sus entrañas esos sueños para siempre. Aunque esto tampoco lo vemos, está tan lejos... Y si llegamos a percibir algo apretamos fuerte los ojos hasta hacernos daño para que no nos escueza. 

Y a cada paso el anterior se borra, como si nunca se hubiese dado, como si un taimado duendecillo los eliminara con su escoba mágica. No, no pueden mirar atrás porque allí ya no hay nada. Cada paso adelante es un éxito. 

Pasos de esperanza. Un paso y otro. Solo quieren llegar y empezar a vivir. No les importa la inmensidad del mar. No les importa desgarrarse vivos entre cuchillas asesinas de las altas vallas. No pueden morir... ya están muertos y, lo peor de todo, olvidados. 

Detrás de las tumbas de mar y de las inhumanas concertinas se van a encontrar a multitud de ciegos, verdaderos invidentes o autolesionados, aunque otros son tan cobardes que simplemente taparán sus ojos con pañuelos de seda; sin embargo, no son los ciegos lo peor del final de su camino sino los que ven y oyen,  esos que los oyen llegar, esos que los miran con desprecio, los que gritan que ellos se lo buscan al venir, los que con sus palabras y gestos no les importa generar guetos al otro lado de las despiadadas vallas, amplios avernos en los que morir de hambre, de sed, de miserias e injusticias. 

Hace muchos años se pusieron concertinas cortantes en la valla de Melilla, de esas que se utilizaban en la segunda guerra mundial y en los campos de concentración; en el 2007 se retiraron parcialmente. Hoy hemos vuelto al pasado y se vuelven a poner. Y mañana... ¿qué instalaremos mañana, francotiradores o mejor fosos con leones para no desentonar con las concertinas?

4 comentarios:

  1. se que no soy politicamente correcto, pero no se debe entrar en un país sin permiso. Así de simple. si entrar en un pais sin permiso es un delito el que lo hace es un delincuente, este bonismo patológico y acomplejado nos ha llevado a situciones irremediables, los ghetos se forman igual a este lado de la concertina y la culpa no es nuestra (de nadie) simplemente cuando no se puede absorver la misería por saturación sólo quedan por repartir los harapos.

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  2. Puede parecer inhumano (y de hecho lo es), pero, ¿qué hacer? ni siquiera hay trabajo para los que vivimos delante de la valla, ¿dejarlos entrar y compartir nuestra miseria? Hay veces que lo inhumano, no deja de ser la mejor opción. (Y para los que se niegan a serlo, lo tienen fácil, les cedan sus casas, propiedades y su comida).

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  3. La vida es demasiado injusta y no todos tienen la suerte de nacer en un país con unas buenas condiciones de vida. Tienen derecho a soñar y a intentarlo.

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  4. Detrás de las tumbas de mar y de las inhumanas concertinas se van a encontrar a multitud de ciegos, verdaderos invidentes o autolesionados, aunque otros son tan cobardes que simplemente taparán sus ojos con pañuelos de seda; sin embargo, no son los ciegos lo peor del final de su camino sino los que ven y oyen, esos que los oyen llegar, esos que los miran con desprecio, los que gritan que ellos se lo buscan al venir, los que con sus palabras y gestos no les importa generar guetos al otro lado de las despiadadas vallas, amplios avernos en los que morir de hambre, de sed, de miserias e injusticias.

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