05 enero 2014

El Pianista






Un relato de 


Abrí la puerta de la habitación, ahora en penumbra como mi alma, y que tantos momentos felices me dio entre sus paredes. Desde el umbral, contemplé las pesadas cortinas que cubrían el gran ventanal que daba al jardín. Me desplace para descorrerlas y un luz cegadora, deslumbró mi rostro haciéndome gritar; “No Quiero Luz!!!” … “no… quiero… luz”… me oí a mí mismo repetir entre sollozos, mientras soportaba que aquel torrente de luz bañara mi derrota. - Giré la cabeza, y lo vi. Ahí seguía.
Estaba tan hermoso como lo recordaba. De caoba, brillante, negro como el azabache. Me acerqué y deslicé mi mano con dificultad para acariciarlo. Miré a mi alrededor para asegurarme que nadie vería aquellas lágrimas rebeldes que brotaban impúdicas por mis ojos, ahora estáticos en un punto indefinido del resplandor de aquello que un día fue mi vida.
Levanté con dificultad la tapa, apareciendo las inmaculadas teclas del piano que, brillando en su sonrisa irónica, me saludaron con la frialdad del amigo que te ha dado la espalda y ya no lo esperas. O peor aún, no esperas ya nada de él, porque te ha abandonado.
 Notaba el corazón acelerado! ¡¡Mi pulso en las sienes a punto de estallar… Dios mío!! Agaché la cabeza en una oración de despedida, dejando caer inertes mis manos en el teclado, incapaz de nada más. Por unos instantes mis ojos fijaron su rabia en aquellos miserables dedos que debían moverse a mis deseos… y ya no querían hacerlo.
El reluciente brillo del mueble devolvía mi imagen de perdedor de la vida. Aquella que yo mismo había borrado de sus ilusiones, de sus risas. La que había apagado con el alcohol y estúpidamente, con mi imprudencia temeraria al volante de mi condena de muerte en vida.  
Diez segundos de recuerdo, antes de desvanecerme entre amasijos de hierros, y tres meses en un hospital, entre la compasión, y también el desprecio de las gentes que me atendían o venían a verme. Unos y otros supieron de mi altivez, ahora derrotada, en las revistas que se ocupaban de mi carrera, pero también de mis despropósitos.  
Afortunadamente, en aquél último, iba yo solo. Peor aún, llevaba de copiloto mi condición de estrella mediática intocable, a la que el destino le era fiel en sus triunfos y popularidad.
¡El destino!… cruel paradoja a la que nos referimos cuando nuestros estúpidos actos entorpecen nuestro propio camino.
Una mueca que quería ser sonrisa, intuí dibujada en la cara al recordar mi último concierto en Nueva York. Largas filas de gente para sentir y ovacionar las emociones que transmitían mis veloces dedos sobre el estático teclado que yo hacía vibrar ¡¡Volar!!
Por unos segundos, mi mente estaba en el concierto… saludando, estrechando manos, recibiendo felicitaciones que apenas oía desde mi desdén, por acostumbradas. Por repetitivas.
¡¡Cuán equivocado estaba! Adónde habían ido ahora. Miré a ambos lados buscando un escenario, espectadores, ¡Flores!!... Aquellas flores que me entregaban lindas muchachas, orgullosas de hacerlo en cada concierto.
¿Dónde estaba mi fervoroso público? ¿Adónde mi galanura? ¿Adónde mi arte?
La voz de mi madre me volvió a la realidad. Su tono dulce, abatido, llegaba a mis oídos como algo lejano entre las sombras de mis pensamientos.
-          ¡Anda, hijo, el doctor ha venido.
Me volví a mirarla con ternura. Su sonrisa de madre, hizo brotar, tímida, la mía de hijo agradecido. Todo mi mundo ahora, estaba encerrado en esa sonrisa. Quizá el accidente me había reseteado de nuevo, al menos en mi cerebro, recuperando los valores importantes que nunca debí dejar de lado. Los auténticos.
Asentí en silencio, y haciendo girar la silla de ruedas, me dirigí hacia la puerta, no sin antes, escuchar una melodía que provenía del piano. Me volví, y allí estaba yo, mirándome a mí mismo, como un nivola inmerso en mi propia tragedia, tecleando a Bach. Quizá después de todo, pudiera seguir siendo músico. Aunque fuera sólo en los recuerdos. Esos que perduran por encima del individuo.
Salí de la habitación, mientras mi madre cerraba la puerta tras mi paso. Su dulce caricia en mi cuello, hizo que sintiera un leve estremecimiento por el costado derecho de mi cuerpo.  Quién sabía si un día la ciencia…


6 comentarios:

  1. Magnífico y conmovedor relato con el sello inconfundible de Ríos Ferrer. Enhorabuena al autor y a la dueña del blog por hacerlo público.

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  2. Enrique, como siempre precioso y conmovedor!; un abrazo a los dos:)))

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  3. Muchas gracias, amigos. para mí ha sido un placer la colaboración en un blog tan especial como éste.

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  4. Me ha encantado Enrique, emocionante relato

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    1. Muchas gracias, Eduardo. Un placer saludarte.

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  5. Gracias a todos por pasaros por aquí y comentar, ya sabéis que tengo un huequecito para vosotros también.
    Un abrazo!

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