20 febrero 2014

Zapatillas mojadas






La luz que incidía en sus ojos era cegadora y muy blanca, destacando poderosamente sobre la oscuridad que se cernía sobre su cabeza. Tan blanca y predominante que parecía una isla inmaculada sobre un inmenso océano.
El maliense se asustó. Se había quedado dormido, ¿segundos, minutos? No mucho más, en cualquier caso. Sabía que aquella linterna que en ese momento le deslumbraba no tardaría mucho en hacer su presencia. Y, así fue, allí estaba. Detrás de esa luz solo había oscuridad, miedo y gritos.
«Ha llegado la hora», pensó. Pero, ¿para qué? Su corazón latía fuerte, y le decía que sí, que no le engañaba la voz que detrás de la luz blanca le repetía que se levantara, que los iban a llevar, a él y al resto de los improvisados habitantes de Isla de Tierra, a Melilla, a ese futuro que tanto se imaginó sería bueno, en todo caso, nunca peor que el belicoso de su país. Su cabeza, dueña de sus mejores sentidos, le gritaba lo contrario: «¡No! ¡Está mintiendo! ¿No oyes los gritos de las mujeres y los niños?»
La intensa luz dejó de apuntar sobre sus ojos para hacerlo al suelo, donde se hallaban sus piernas. Se fijó en ellas, estaban magulladas. Se levantó al fin, y miró al frente antes de iniciar su paso lento a ese futuro incierto. Notó una mano sujetando su brazo firmemente. Le estaba haciendo daño; aun así, no quiso mirar la cara del dueño de la mano que lo aferraba.
Sintió miedo.
Se subió a la zodiac sin quejarse, pero sí que escuchaba los lamentos, los llantos y los horrísonos gritos de sus compañeros del corto viaje.  Su llanto era mudo, interno. Su mente, un mar de recuerdos de su país en guerra, mezclados con los de sus ilusiones, ahora hechas añicos. Los bruscos movimientos y ruidos a su alrededor se intensificaron, miró a la derecha y vio cómo le ataban las manos y los pies a un amigo con un cordón negro.
Cesaron los ruidos repentinamente.
La zodiac se detuvo, el maliense se bajó de ella y comenzó a caminar por la arena de la cercana playa de Sfiha. Se agolpaban las palabras en su boca, quería hablar, eran muchas las cosas que quería decir. Pero solo pudo escupir una de ellas, que repetía una y otra vez: ¡Asilo! ¡¡Asilo!! ¡¡¡Asilo!!!
Nadie le respondió.
El maliense sabía de sobra cuál era su futuro cuando vio el autobús flanqueado por policías alauitas. Su ruego cesó, allí ya no era posible asilo alguno, su oportunidad de ser feliz había acabado en ese momento. Hizo lo que le ordenaron sin oponer resistencia y se subió a ese autobús —junto con el resto de subsaharianos—, no sin antes escurrir sus empapadas zapatillas en la arena, para emprender su camino hacia el olvido.



Este relato forma parte del libro LA VIDA TAL CUAL, una selección de relatos cortos basados en noticias de actualidad.

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