03 marzo 2014

Cuatro minutos

(Imagen de Google)

Son las 7:56 de la mañana. Ya ha amanecido pero para mi madre se acaba de poner el sol, se ha hecho de noche para ella sola, a pesar de tener los ojos abiertos de par en par.

No sé muy bien qué está sucediendo a mi alrededor. Mi cuerpo permanece quieto, no puedo llorar ni gritar como hacen todos los que están en el dormitorio de mi madre. Sigo cerca de ella, mirándola fijamente. Creo haber quedado atrapado en sus dilatadas pupilas que me observan inertes e inexpresivas.

Muchas veces he pensado en este momento. Todos decían que estaba cerca, que esto ocurriría más temprano que tarde. Escuchaba detrás de la puerta a los médicos hablar con mis hermanos mayores y siempre utilizaban las mismas palabras, la misma repetición de un mismo verbo, como si quisieran que lo digiriésemos lo más pronto posible, como si sus palabras fueran sal de frutas. No, imposible, ese verbo nunca se digiere del todo, sobre todo cuando solo tienes una docena de años.

Si no fuera por sus enormes ojos abiertos, hubiera dicho que está dormida, como lo estaba ayer cuando me acerqué a darle el beso de buenas noches. No me contestó, flotaba desde hacía semanas en su limbo de sueños y, sobre todo, de recuerdos de vida.

Alguien me está pasando la mano por el hombro y ha despertado en mí una oleada de sensaciones. Es curioso cómo los recuerdos se empeñan en esconderse detrás de objetos, olores, dibujos, formas... y cómo, cuando ellos quieren, salen de sus refugios para agradarnos, para sentirnos dichosos o para hacernos daño.

Ahora me doy cuenta que estamos hechos de recuerdos. Y los recuerdos de mi madre, ¿adónde irán?

Esa mano sobre mi hombro, que intenta hacerme sentir que no estoy solo en el dormitorio, me ha trasladado a uno de esos días en los que mi madre me daba uno de sus masajes relajantes mientras me duchaba. 

Y la oleada de sensaciones continúa...

El pequeño frasco de su perfume sobre la mesita de noche, sus gafas dentro de la funda cerca de la caja de parches de morfina, el paquete de pañuelos de papel, un ungüento, el joyero de madera labrada que mi padre le regaló para su último cumpleaños... todo a mi alrededor son madrigueras para los recuerdos. Y es curioso que esto ocurra porque en ningún momento he apartado la vista de las negras pupilas de mi madre, como si todos aquellos escondites de recuerdos estuvieran dentro de ellos, detrás de ese cristal negro y opaco, o como si fueran sus propios recuerdos los que se reflejan en mis ojos.

La mano que me masajeaba el hombro se ha apartado de mí, ahora se entretiene en cerrrarle los ojos a mi madre muy despacio, quedándose en su interior todos los recuerdos.

El reloj de pared del salón está marcando con furia la hora, ocho campanadas que resuenan en mi alma y me atraviesan el corazón como una lanza mortal.

Son las 8:00 de la mañana. Acaba de amanecer pero para mi madre ya se ha hecho de noche y se funde para siempre en los sueños y, sobre todo, en los recuerdos.

Puri Estarli

13 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Muchas gracias, Mari, por entrar y comentar el post.
      Me alegro que te haya gustado.
      Besos!

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  2. Precioso, Puri. Tengo pendiente tu libro de relatos, me falta tiempo..... ¿Este relato es parte de ese libro?
    Besos.

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    1. Gracias, Pili. No, este es nuevo. El anterior post ("Zapatillas mojadas") si es un relato que pertenece a LA VIDA TAL CUAL, el libro de relatos basados en noticias de actualidad.
      Un beso!

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  3. Me ha gustado mucho la manera que has tenido de relatar la muerte de una madre veta por un hijo. Precioso.

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    1. Muchas gracias, María José.
      Un fuerte abrazo!

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  4. Increíble, esperarás los sentimientos muy bien, ya tienes otro seguidor. Un abrazo.
    http://sentimientosdelalma2.blogspot.com.es/

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    1. Gracias, Juan Jerónimo! Bienvenido al blog!

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  5. Hola, acabo de encontrar tu blog y me he encontrado con este precioso y triste relato, sin dudarlo me hago seguidora ahora mismo ;D
    Un abrazo muy fuerte desde http://lasgafasdeana.blogspot.com.es

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    1. Bienvenida, Ana. Muchas gracias por pasarte por el blog y comentar el post.
      Me alegro que te haya gustado el relato.
      Un abrazo!

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  6. Bellisimo, Puri , podremos morinos , pero los Recuerdos permanecen eternos , ellos nunca mueren .....! . ...., mas aun si son lindos....!

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    1. Tienes toda la razón, Elena, hay recuerdos que persisten dentro de nosotros, una simple mirada, una palabra, un olor... y aparecen... Suelen ser los mejores.
      Gracias, Elena!

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  7. Hay cosas que me cuesta comentar o escribir sobre ellas. Es tan fácil el + de google.

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