27 mayo 2014

La imagen no tomada



La mirada perdida en la nada de un escuálido muchacho que, casi desnudo, deambula por una de las calles de la ciudad más antigua del mundo y donde descansan los restos de Saladino —defensor de la Tierra Santa durante la época de las Cruzadas—, llama su atención.
Cámara digital en mano y parapetado detrás de un devastado muro de lo que en su día fue un bonito y habitado edificio, el reportero se afana por obtener las mejores instantáneas de lo que ya es, desgraciadamente, toda una guerra civil declarada al gobierno alauita de Bashar al-Assad.
El ruido es infernal en la ciudad, explosiones, tiroteos, vehículos, aviones. Gritos, voces de niños, de mujeres, de hombres, de miedo, de terror, de impotencia, de indignación…
El objetivo de la cámara del reportero parapetado detrás del muro se desvía unos centímetros tan solo, las voces desesperadas de un grupo de rebeldes antigubernamentales que exigen algo tan proporcionado y lógico como es el cumplimiento de sus derechos humanos, son las culpables de tal variación.
Nuevos gritos, confusión, golpes…
No más de media docena de Shabbitas (mercenarios del gobierno de al-Assad) se encargan de reprimir a golpe de hierro, de nuevo, a los manifestantes. Una camioneta roja destaca entre tanto gris, polvo y miedo; sobre su parte trasera, un soldado en actitud altiva apunta con su potente kalashnikov a todo aquel que se le pone por delante.
Un  espeluznante ruido desestabiliza el objetivo del que, escondido, graba lo sucedido, vaticinando lo que en más de una vez han visto sus ojos. Varios cuerpos caen al suelo sin vida, sin aliento y sin esperanza.
Y la muerte, de nuevo.
El sudor le resbala por las sienes, las manos le tiemblan, siente pinchazos en la nuca porque se siente observado constantemente por francotiradores arrebujados en sus perfectos escondites. Se acuerda de lo complicado que fue llegar hasta donde está en ese momento, los problemas que tuvo que solucionar para poder entrar en una Siria desestabilizada, sometida, destrozada vilmente. Los obstáculos que tuvo que salvar para hacer lo que más le gusta en la vida: enseñar a una parte del mundo lo que ocurre en la otra. Aunque en ocasiones, como es la que en ese momento se le presenta ante sus ojos, se arrepienta de tener que dejar inmortalizada una imagen tan tremebunda.
Es en ese momento, en el que se le desestabiliza su cámara digital, cuando el reportero repara en el muchacho de nuevo. Pero, ahora, el joven sirio no mira a la nada. Ahora sus abiertas pupilas se dirigen a los cuerpos de los rebeldes que yacen en el suelo sobre un charco de sangre. El muchacho se acerca cada vez más y, mientras lo hace, repite unas palabras que el reportero no distingue bien por la lejanía.
El muchacho sigue su camino desesperado, no puede correr, parece que le cuesta incluso respirar, sus ojos son el reflejo mismo del pánico y la impotencia, pero continúa sin cesar repitiendo, una y otra vez, las mismas palabras.
De un golpe seco, el niño se arrodilla sobre uno de los cuerpos, mira al cielo y clama a gritos: ¡Aabi! ¡¡Aabi!! ¡¡¡Aabi!!! (¡Mi padre! ¡¡Mi padre!! ¡¡¡Mi padre!!!)
La lente de la cámara del reportero se ha desenfocado, una lágrima sale de sus ojos impidiendo así continuar con su labor de inmortalizar imágenes.

Este relato forma parte del libro LA VIDA TAL CUAL a la venta en Amazon, tanto en ebook como en formato impreso.

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