20 junio 2014

¡Qué sano es caminar!




Abrí la puerta izquierda del armario de mi dormitorio y comencé a rebuscar por las perchas más alejadas de la entrada, precisamente ahí es donde guardo la ropa que no suelo usar muy a menudo. «¡Aquí estás!», exclamé descolgando una percha de madera oscura donde había colgados unos pantalones cortos grises. Me los compré precisamente cuando nos apuntamos un amigo y yo al gimnasio que hay a dos manzanas de mi casa. «Están completamente nuevos», pensé mientras los revisaba a conciencia por delante y por detrás. Algo normal si tenemos en cuenta que no duré en el gimnasio ni un mes. Y es que, sinceramente, lo que a mí me gustan son los espacios abiertos, hacer deporte al aire libre. Sí, así es, ahora lo veo claro porque tengo fehacientes pruebas de ello: también abandoné la natación, el pádel  y el yoga.


Me puse los pantalones cortos con urgencia; casi pierdo el equilibrio. «¡Tranquilo!», me exhorté a mí mismo. Elegí, para completar el atuendo, una camiseta negra de tirantes anchos. No es que fuera una prenda especialmente deportiva pero daba el pego y, lo más importante, era transpirable.

Baje las escaleras con presteza. Ya en la puerta de la casa, y antes de abrirla para salir, emití un corto pero profundo suspiro para insuflarme ánimo y… ¡hala!, a la calle a caminar esa hora que me propuse a diario a partir de ese día. 


Miré el reloj: las 19:58 h. Como todas las tardes se había levantado un poco de aire. «Tanto mejor», pensé, al menos aliviaría el incipiente calor de un verano que estaba a la vuelta de la esquina. Y hablando de vueltas, ese día me sentía ligero, ¿sería el viento que soplaba a mi favor? No lo sé, el caso es que me sentía tan bien que decidí darle la vuelta a la Base Militar Aérea que hay próxima a mi casa. Vamos, que solo tengo que cruzar la carretera que está a cincuenta metros de mi casa y ya estoy en el camino que bordea la alambrada perimetral del campo militar. Un camino al que unos han bautizado cono “la ruta del colesterol” y otros “la ruta del biquini”. Busquen ustedes mismos la analogía.


Me extrañó no ver a mucha gente haciendo deporte; normalmente, es un camino frecuentado por multitud de ciclistas, senderistas, paseantes, corredores… «Claro, el mundial», deduje. Esa misma tarde, a la 21:00 h se enfrentaba España con Chile, buscando su pase a octavos de final. Al final no pudo ser. No es que yo sea un apasionado del balompié pero tengo que confesar que cuando juega la selección española siento cierto cosquilleo en el estómago que me hace mirar con más frecuencia la pantalla de la TV durante el partido, mucho más que cuando juega cualquier otro equipo de fútbol aunque sea español.


Firme en mi sana decisión, comencé decidido a andar por el camino de tierra. A cada paso, y conforme avanzaba adentrándome en el camino y alejándome de la carretera, escuchaba el agradable sonido del chasquido de la tierra bajo mis pies. Me gustaba porque me relajaba. Presto atención a mi alrededor, ya no tanto con la vista como con el sentido del oído, para percibir todos esos ecos, silbidos, chasquidos, siseos y murmullos que no acostumbramos a escuchar o que simplemente pasan desapercibidos amortiguados por otros más fuertes, quizá, o más constantes y rutinarios como el claxon y el motor de los coches.


El aire mecía las ramas más débiles de los plátanos de sombra que bordean el camino junto a la Base Aérea y, a su vez, estas mecían suavemente a las hojas. Percibí también el seductor canto de los mirlos que a esas horas de la tarde se intensifica y que te hace imaginar por un momento que no estás en una ciudad. Sonidos perfectos, rítmicos, naturales…: un ambiente ideal para caminar.


Miré el reloj: las 20:14 h. Llevaba caminando quince minutos. No estaba cansado, aunque comencé a sudar, lo que me hizo dudar si quizá no tendría que haber salido un poco más tarde. Un hombre se aproximaba corriendo en dirección contraria a la mía. Me fijé en él: llevaba unas zapatillas de color verde –flúor y camiseta a juego totalmente empapada en sudor, su rostro estaba desencajado debido al cansancio. «Ese hombre es el esfuerzo y el sacrificio personificados», me dije. Solo de mirarlo ya me dolía cada uno de mis músculos. Era mi primer día y pensé que lo mejor sería comenzar caminando, eso sí, a buen ritmo, con el tiempo lo mismo haría incluso footing como el hombre de las zapatillas verde-flúor.


Unas pisadas más fuertes que las mías escuché que se acercaban por detrás. Alguien se acercaba a un ritmo más ligero que el mío, lo supe porque el chasquido de la grava se intensificaba cada vez más. Aceleré el paso. Fue inútil. Un segundo hombre, esta vez caminando, me acababa de sobrepasar. Vamos, que me había adelantado literalmente sin dificultad. Me fijé en él: calculé que tendría unos veinte años más que yo, lo que me hizo sentirme tan mal como si todos los plátanos de sombra se me hubieran echado encima a la vez. O ese hombre caminaba excesivamente rápido o, lo que mi inconsciente no quería admitir, yo caminaba como una tortuga. Y encima lleva unas zapatillas de deporte del mismo verde-flúor que el hombre que corría en sentido contrario al mío. «¿Será ese el color de moda?», me pregunté observando las zapatillas.


Me miré los pies: mi calzado deportivo consistía en unas viejas, o mejor dicho, anticuadas, zapatillas blancas de deporte. Enarqué las cejas e intenté aligerar el paso un poco más. Comencé, entonces, a respirar con mayor dificultad por el “esfuerzo”, a la vez que el sudor se intensificaba. Dicen que se tarda en dar la vuelta completa a la Base Aérea algo menos de dos horas a paso ligero.


Miré de nuevo el reloj: las 20:21 h. «¡Solo!», exclamé con frustración en mi voz. Aflojé el paso poco a poco, sin apenas darme cuenta de ello. Las piernas me pesaban como si en lugar de huesos tuviera plomo. Las rodillas empezaron a hacerse notar. «Ya decía yo que hoy estaban muy calladitas», susurré. Desde que me caí aquel día sobre el empedrado de la calle Alhambra y paré indefectiblemente el golpe con ambas rodillas, no ha habido un solo día en el que no haya notado su presencia al subir escaleras, al levantarme, al meterme y salir del coche…


Miré otra vez el reloj: las 20:25 h. Me paré y, apoyando las manos en las rodillas, comencé a divagar: «Casi llevo media hora caminando. Si en este punto me doy la vuelta habré caminado, hasta llegar de nuevo a casa, prácticamente una hora. Además, no sé cómo se me ha ocurrido salir así vestido. Tengo que comprarme ropa deportiva decente. Sí, me compraré algo verde-flúor que parece que está de moda. Aunque… tendré que ir ya la semana que viene porque lo que queda de esta lo tengo hasta arriba de trabajo y… seguro que la semana que viene aprieta el calor, tendré que salir más tarde, pero… ¿y la partida con los amigos?...»


Me di la vuelta.


Purificación Estarli

6 comentarios:

  1. El mejor ejercicio para todo el mundo, la marcha. Me alegro que escribas sobre el deporte. Veo que no dejas ningún tema en el tintero. Me gusta. Además, hoy mismo he estado por la base aérea con la bicicleta. Otras veces voy andando.

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    1. Caminar es un ejercicio que puede todo el mundo hacer, y deberíamos hacer, para acabar con el sedenterismo. Pero a veces cuesta.
      Reme, muchas gracias por entrar en el blog y comentar.
      Un beso!

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  2. Leí un artículo ayer sobre lo que la gente sobreestima la intensidad del ejercicio que hace y creen que queman muchas más calorías de las que queman...pues eso, toda la razón. Aunque yo recientemente me compre unas zapatillas rosa fluorescente. Quizás equivoqué el color!

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    1. Jajaja, parece que está otra vez de moda el color flúor. Habrá que comprarse unas zapatillas en esos colores.
      Muchas gracias por leer el relato y comentarlo.
      Un beso!

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