14 julio 2014

Un auténtico cobarde




 (imagen de google)

Hoy le toca el turno a Shakespeare, al inmortal Shakespeare. Virginia, mi profesora de Historia de la Literatura, se ha sentado en su ergonómico sillón, dice que hablar de William Shakespeare la agota por la intensidad de su obra. Y digo yo, ¿la comparará con su propia obra, con su propia vida, tal y como hago yo? La tragedia, la pasión sin medida, la inmortalidad, lo prohibido, forman parte de todos no solo de la obra del gran maestro de la literatura universal.

A mí no es que me agote Shakespeare es que me parece una broma de mal gusto que tenga que escuchar hoy, precisamente hoy en que la nostalgia se ha apoderado de mí con rabia contenida, los versos, los relatos y las historias de El Bardo y, lo que es peor, las románticas y dolorosas interpretaciones que la profesora de Historia de la Literatura, Virginia, hace últimamente con más frecuencia de la habitual de la obra de cualquiera de los clásicos. ¿Será que de ella también se ha apoderado la nostalgia?

«La vida está llena de recuerdos», dice Virginia. Si fuera eso, si la nostalgia que me atormenta ahora mismo fuera consecuencia de los recuerdos de momentos vividos… Yo no tengo recuerdos de ella, ni el roce de su piel sobre la mía de manera accidental ni su mirada en la mía ni su voz pronunciando mi nombre forman parte de mis recuerdos.
Nada. Entre ella y yo no hay nada y, sin embargo, siento que la necesito cada día, necesito sus palabras, su vida.

«Hay amores eternos», acaba de decir mi profesora de Historia de la Literatura. La eternidad es un “para siempre”, el amor entre ella y yo es para siempre porque nunca podrá existir, es inmortal porque nunca podrá morir.

A pesar del deseo, de las ganas de acariciar su piel o de besar sus labios, de susurrarle al oído que una vez el mar me habló de ella, a pesar de la nostalgia de lo que no ha sucedido, a pesar de todo eso nuestro amor será eterno, nuestro amor imposible.

Virginia repasa ahora, una por una, las comedias, dramas y tragedias del escritor inglés. Me mira, lo mismo le he recordado a uno de sus personajes, uno de esos tristes y sin arrojo que se dejaban llevar por preceptos autoimpuestos, uno de esos que dejan escapar el amor de su vida, el único tren de la felicidad verdadera, por pura cobardía.

Tiene gracia, mi vida es como una de esas obras de teatro de Shakespeare, donde el protagonista principal es un auténtico cobarde en eso del amor.

Purificación Estarli

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