27 diciembre 2016

Un lobo con piel de cordero

Cuando crees que ya estás curado de espanto te ocurre algo que supera con creces todo lo anterior. Os digo esto porque yo tenía una amiga en la que confiaba tanto que nombré durante un tiempo administradora de mi página de facebook y, por supuesto, conocía la contraseña (la misma que uso para la cuenta de amazon y para el correo electrónico). Esta señora, y digo señora porque ya es mayor, me ha ido pisoteando poco a poco, casi sin yo detectarlo. Primero puso en el cielo mis libros, hacía propaganda de ellos, me llamaba por teléfono; más tarde empezó a despreciarlos de manera sutil, a los libros y a mí. Todo lo que decía yo, ella lo contradecía, yo nunca llevaba razón, la soberbia le impedía darme la razón en nada. Yo soy humilde y reconozco mis errores, pero ella pretendía hundirme. 

Me llamaba casi todos los días y me obligaba a devolverle la llamada porque si no se enfadaba. Cada vez que me llamaba hacía sentirme tan mal en ese aspecto que decidí espaciar esas conversaciones. Ella me llamaba una y otra vez, al fijo y al móvil, si no contestaba me enviaba un wassap enfadada,  obligándome a llamarla cuanto antes. 

Un día, una seguidora mutua de tuitter,  de la que hacía tiempo que no sabía nada me envió un MD diciéndome las lindezas que iba hablando esta señora de mis libros (por cierto, algo muy común en ella: a mí también me hablaba mal de otros) y que tuviera cuidado con ella. Un buen día, decidí no cogerle más el teléfono, entre otras cosas no me apetecía hablar con una persona que me hacía sentir tan mal. Me envió mensajes de wassap obligándome a llamarla. Le contesté contándole lo que me había dicho la seguidora de twitter y se puso como una fiera (ahí ya se le cayó la piel de corderito y empezó a verse su verdadera imagen). Me dijo que yo no era nadie, que de ella nadie pasaba y que me iba a enterar de dejar de ser su amiga (tengo los mensajes guardadados, por supuesto). A eso no le di mayor importancia hasta dos días después. 

La tarde del día 25 de diciembre recibo un mensaje de una escritora diciéndome que le faltaba la opinión que le puse en el libro que tiene en amazon y que le parecía raro que yo hubiera hecho algo así. Esta chica, recién publica y solo tienía mi opinión. Efectivamente, al día siguiente entro en amazon y me encuentro que ya no estaba la opinión de cinco estrellas que en su momento le puse. Me meto en mi cuenta de amazon y ¡ohhhhh! yo ya no era yo, mis comentarios estaban firmados con otro nombre, había comentarios eliminados en libros que recuerdo perfectamente haber comentado y, lo peor, había comentarios nuevos, en total 5, tres de una estrella, uno de dos y uno de cinco. Esos escritores ya están al corriente de lo ocurrido excepto dos que me han bloqueado y no tengo manera de contarle lo que sucede. Por ahora no puedo demostrar quién ha entrado en mi cuenta y se ha hecho pasar por mí, pero blanco y en botella, ¿no? 

Amazon ya está al corriente de lo sucedido y fueron ellos los que me aconsejaron que cerrara la cuenta y volviera a abrirme una nueva, por supuesto eso he hecho, y también con mi página y con la cuenta de gmail. Lo de los comentarios no me afecta tanto, porque mi conciencia está muy tranquila. Menos mal que Elisa me avisó y confió en mí, no como otros que a la primera me han puesto de envidiosa y me han bloqueado. En fin, allá ellos. Lo que sí me afecta y mucho es que la señora, mi querida "amiga" no contenta con hacerse pasar por mí, se ha atrevido a anular la publicación de los libros autopublicados que aún tenía en amazon, se trata de los cuentos educativos. Solo se ha quedado el que tengo con editorial y porque ese no lo puede tocar desde mi cuenta cuenta de KDP. 

A mi querida "amiga" decirle que lo he puesto en conocimiento de la policía y que no pienso parar hasta saber la IP desde donde me han hecho la escabechina en la cuenta de amazon. Pienso llegar hasta el final. De esto, desgraciadamente, solo saco una conclusión, y es no fiarme de nadie tanto como para darle mis claves. Y a los/as que me han insultado, desconfiado y bloqueado no les voy a decir nada porque no merecen la pena, bueno sí, darles un consejo: preguntad primero antes de insultar a la ligera y sed un poquito más humildes para no creerse tan importantes como para pensar que el mundo está pendintes de vosotros. En fin, como he dicho, no merecen la pena. 


14 noviembre 2016

Más allá del horizonte: un drama humano que todos debemos conocer.





Said Salek, un inmigrante de Costa de Marfil, va a ser expulsado a su país en un vuelo regular junto a otro marfileño. Durante las once horas que dura el vuelo, mantiene una larga conversación con el policía-escolta que lo acompaña, Paco Benítez, durante la cual le cuenta toda su historia: desde que sale de su país a finales de noviembre de 2010, huyendo de la guerra civil que provoca el desplazamiento de miles de personas, hasta que es expulsado un año después de España. 

Said Salek narra en primera persona y en forma de recuerdo todas las penurias que tiene que vivir para alcanzar la “Tierra Prometida”, teniendo que cruzar cuatro países y subirse en un viejo cayuco hasta llegar a las Islas Canarias. Durante la dura travesía se va encontrando con distintos personajes y protagonistas que, de un modo u otro, forman parte de estas redes de inmigración irregular.
Una vez en España, no se detienen las penurias por las que tiene que pasar Said; no obstante, encontrará un gran apoyo en Ana, la voluntaria del CEAR, que le ayuda en todo lo concerniente a la solicitud de asilo y de la que se enamorará.

Más allá del horizonte es una novela llena de empatía y de valores humanos que permite al lector conocer mejor el problema de la inmigración ilegal en España, entendiendo las características de estos movimientos y las causas que favorecen el éxodo masivo de miles de personas que se ven obligadas a convertirse en refugiados en otros países.   



No cierres los ojos ante el drama de la inmigración. No te quedes solamente con la información que escuchas y lees en las noticias. Los medios de comunicación solo nos muestran la llegada masiva de cientos de inmigrantes a la valla de alguna de las dos ciudades autónomas o de personas hacinas en pobres embarcaciones pero no ahondan más allá. Haciendo uso de una analogía, la problemática de la inmigración irregular es como un iceberg: solo vemos la punta, lo que aflora en la superficie; sin embargo, por debajo hay un inmenso bloque de hielo, ahí es donde está la base del drama de la inmigración, en lo que no se ve, en el origen, en los problemas de diferente índole (y a los que debe acudir la Comunidad Internacional al completo) que asolan estos países subsaharianos.


Más allá del horizonte es una novela de ficción pero narra una historia que podría ser verídica: el sufrimiento, la lucha, la angustia, los miedos de las personas que tienen que salir huyendo de sus hogares y las causas que provocan estas huidas están muy bien representadas en la novela.
Este es su mayor atractivo, el poder conocer y comprender a través de la historia que se cuenta en ella qué hay más allá de lo que se conoce de la inmigración.


Más allá del horizonte la puedes adquirir tanto en versión digital como en papel, en Amazon, Casa del Libro y El Corte Inglés; así como en las principales librerías. 

Además, descargándote el ebook a través de amazon, estarás ayudando a los refugiados ya que todos los beneficios de la venta del ebook van a parar a ACNUR, conforme al acuerdo de colaboración firmado entre la oenegé y la autora.



31 octubre 2016

La última noche (Concurso Historias de miedo de Zendalibros e Iberdrola)





Germán siempre ha tenido miedo a la oscuridad. No lo podía evitar. A pesar de la edad, de saber que la oscuridad no hace daño, que no contiene monstruos ni criaturas extrañas ni malvadas —como así les decía a sus dos hijos cuando eran pequeños—, cada noche sentía un escalofrío que recorría todo su cuerpo cuando se apagaba la luz del dormitorio y aparecía la oscuridad, la confusión y el silencio. Germán miraba debajo de la cama disimuladamente para que Patricia, su mujer, no se diera cuenta de la estupidez que estaba haciendo. Tenía la certeza de que no se iba a encontrar nada raro, quizá unas cuantas pelusas si miraba detenidamente, aun así se asomaba, formaba parte de su “ritual del sueño”.
Ya sé que puede parecer ridículo, que a un adulto como Germán no le podían estar pasando esas cosas, que eso solo ocurre cuando eres niño y que con los años se va pasando, pero era irremediable. El miedo se apoderaba de él —o de su imaginación— con tanto afán que llegaba a ver claramente sombras en las sombras, puntos diminutos de luz blanca moviéndose a su alrededor, bultos con forma de silueta humana…  Cerraba fuertemente los ojos, pero su oído se agudizaba y comenzaba a escuchar todo tipo de ruidos: pasos que se acercaban cada vez más, el susurro de una respiración justo a su lado, el sonido de lo que parecía el roce de un cuerpo arrastrándose por el pasillo. Se imaginaba incluso que la oscuridad se concentraba delante de él y se convertía en un ser horrible que se lo tragaba. A veces, la desesperación que su quimera le provocaba era tal que encendía de un manotazo la lámpara de su mesita de noche —no sin antes tirarla—, se sentaba en el borde de la cama envuelto en sudor y, con los ojos casi salidos de las órbitas, escrutaba todos y cada uno de los rincones que pudiera haber en la habitación y en el trozo de pasillo que la abertura de la puerta le permitía ver. Patricia, alertada por los ruidos, se despertaba, lo observaba durante unos segundos con pena e impotencia y le daba un beso para, seguidamente, recostarlo de nuevo en la cama, como si de un niño se tratase, abrazándolo hasta el amanecer.
Germán conoce a la perfección la raíz de ese vergonzoso mal que lo atormentaba noche sí, noche también: su padre y su cinefilia. Era rara la noche en que su padre no llegara con una película de miedo para verla en el recién comprado vídeo VHS, sin detenerse a pensar que un niño de 9 o 10 años no es apto para empaparse de escenas tan sangrientas y repugnantes como las que se sucedían en Carrie o en El día de los muertos o en Zombie; ni tan macabras como las que se podían vivir en El resplandor o en El abominable Dr. Phibes o en Hellraiser.
Ahora, Patricia ya no está para calmarlo; se fue para siempre del lado de Germán hace dos años. Ya no tiene que disimular a la hora de aquietar sus temores nocturnos con un grito, ni molesta a nadie si un día decide dormir con una luz encendida. Ya no, pero da igual porque, últimamente, no se asoma debajo de su cama. El sueño y el cansancio comienzan a aparecer cada vez más pronto, sus ojos se cierran y se abren despacio, con parsimonia, como si estuvieran siguiendo el ritmo de Audrey Hepburn y su Moon river en Desayuno con diamantes. A Germán le encanta esa película, no en vano la habrá podido ver unas veinte veces a lo largo de sus 68 años de vida. Muchas son las veces en que, recostado en su cama, la ha vuelto a ver, escena por escena, en su memoria que permanece intacta, no así su cuerpo que cada día se degrada más y más y se encuentra a merced de su incurable enfermedad.
Germán ha heredado de su padre la pasión por el cine, sí, pero no por el mismo género y tiene motivos suficientes para llegar a odiar como lo hace las películas de miedo, por banales que sean. Desde que su padre murió, siendo él un adolescente, nunca más ha vuelto a ver una cinta de miedo, ni siquiera un capítulo de una serie de misterio pero, a pesar de los años transcurridos, los recuerdos le perseguían sin descanso y, en su cabeza, seguía resonando el horrísono ruido que hacía aquella esfera metálica voladora persiguiendo al protagonista de Phantasm por un frío pasillo de un tétrico panteón o el estridente sonido que hacían las uñas desesperadas de aquellos nauseabundos zombies cuando arrancaban de cuajo las puertas y las ventanas de las casas para comerse los cerebros de los vivos en aquellas sangrientas escenas de La rebelión de los muertos.
Últimamente, Germán está demasiado agotado para acordarse de esas horribles escenas y es algo que, aunque parezca una actitud propia del desafuero y el masoquismo, agradece de alguna manera. Ya no se acuerda cuánto tiempo lleva acostado, ni siquiera sabe exactamente qué hora es. Lo único que le importa es respirar y descansar. Su cuerpo le pide a gritos fundirse plácidamente en esas sábanas blancas que cada dos días le cambia Rafaela, la cuidadora que también se encarga de bañarlo, darle de comer y afeitarlo, siempre con cariño y delicadeza.
Ayer tampoco vinieron sus hijos a verlo. Pero le dio igual, porque ayer fue la única noche que no sintió miedo cuando vio aquella intensa luz en el pasillo, sino paz y sosiego. Cerró sus ojos y no escuchó pasos acercándose ni el susurro de una respiración justo a su lado. Aquella última noche escuchó su nombre.
 —¡Germán!
—¡Patricia! Gracias por venir a buscarme.

11 octubre 2016

LAS ARRUGAS DEL TIEMPO, lectura recomendada por Casa del Libro.

Casa del Libro y Autores Tagus han incluido mi novela de ficción histórica, Las arrugas del tiempo, entre las imprescindibles para este otoño.
Mil gracias!!
Podéis leer la noticia AQUÍ.



29 julio 2016

Reseña de El amante japonés, de Isabel Allende


Son las 6:12 a.m. Llevo despierta un rato, dando vueltas en la cama. Todos duermen. Las aspas del ventilador de techo se mueven sin cesar, aportando ese aire fresco que en esta parte del mundo es tan necesario incluso a estas horas de la mañana.
Y es que en Austin el calor es sofocante: altas temperaturas mezclado con alta humedad, hacen del ambiente irrespirable.

Normalmente no me despierto tan temprano. Quizá el motivo de mi insomnio matutino haya sido el hecho de haber acabado de terminar hace apenas unas horas El amante japonés, de Isabel Allende, y algunas frases convertidas por mi imaginación en escenas hayan estado dando vueltas y más vueltas en mi cabeza como las aspas del ventilador.
"...y quien diga que todo fuego se apaga solo tarde o temprano, se equivoca: hay pasiones que son incendios hasta que las ahoga el destino de un zarpazo y aun as'i quedan brasas calientes listas para arder apenas se les da oxígeno."
Otra de las causas puede ser que esta va ser la primera reseña que haga desde EE.UU. A pesar de los inconvenientes que eso conlleva, pues el teclado en el que estoy escribiendo es inglés y no tiene ni acentos ni eñe ni interrogación abierta (menos mal que está internet), me produce un cierta emoción hacerlo desde tan lejos de mi Granada.

Dicen que si sales indemne de un libro es que nunca has entrado. El amante japonés no me empezó gustando. Sus primeros capítulos me parecieron lentos y pesados; tengo que reconocer que tardé bastante en meterme en la historia. Algunas veces me suele pasar, pero no abandono, continúo leyendo y es cuando me llevo la sorpresa.

No sé si ha sido mi impresión pero en El amante japonés lo mejor está al final. Los últimos capítulos son magistrales y, como siempre, deseas que nunca acabe el libro.

Alma, esa mujer tan fuerte, a veces de hielo, durante buena parte del libro, y también de su vida, se cubre al final de ambos con una buena capa de romanticismo y ternura. Es entonces cuando piensas que sí, que no saldrás indemne del libro, que has entrado en la vida de Alma Belasco, de Irina Bazili, de Ichimei y de Nathaniel.

He leído un libro excelente, muy bien escrito tanto en estructura como en narración, con esa prosa sencilla y sin artificios innecesarios de Isabel Allende. Un libro lleno de lugares, de hechos históricos, de anécdotas, de luchas internas, de fracasos y éxitos, de enseñanzas..., en definitiva, de vida.
Una historia de amor fascinante y peculiar. Una historia de amor eterna, que sobrevive a los problemas y dificultades. Una historia de amor libre, que podría haber ocurrido de otra manera, y a lo mejor no hubiera sido tan fascinante, quien sabe, pero que los miedos y convencionalismos lo impidieron. Una historia de amor que no es una sino muchas, lo que nos enseña que el corazón es lo bastante grande para ello.

El amante japonés no es solo una novela romántica. Cuenta una historia a lo largo de 50 años, donde se engarzan otras vidas y otras historias, como las de Irina Bazili. Isabel Allende, en El amante japonés nos cuenta las crueldades de la II Guerra Mundial, el Holocausto, los campos de concentración, las injusticias sufridas por muchos inmigrantes japoneses en EE.UU.
El tema de la vejez también aparece a lo largo del libro, desmitificando muchas ideas que se suelen dar por sentadas.

En definitiva, un libro que ha llenado muchos ratos durante mi estancia en Texas, que me ha ido absorbiendo poco a poco.

Ya ha salido el sol. La imponente encina que veo desde mi ventana bajo la que estoy escribiendo me permite la luz necesaria para ello sin que los rayos de sol abrasen mis brazos.
Buenos días!
 


DOCE TRÍOS Y DOCE A SOLAS #concursoindie2016


"He empezado un relato, chicas, y se me ha ocurrido una idea: ¿qué tal si lo continuais vosotras?"

Así comenzó este experimento literario, consistente en empezar cada una  de nosotras un relato y continuarlo la otra. Algo así solo puede surgir de nuestra pasión por las letras.

Somos tres las que firmamos este libro, DOCE TRÍOS Y DOCE A SOLAS, que ahora presentamos para la tercera edición del concurso indie de Amazon, Esther Santana Correa, Ana Larraz y yo. Y nuestro deseo es que os divirtáis leyéndolo tanto como nosotras lo hemos hecho al escribirlo.


Hemos aprendido mucho las unas de las otras porque cada una de nosotras es única, diferente al resto, con una manera distinta de pensar que queda patente en el papel, y eso hace que nuestros 12 relatos compartidos tengan esa particularidad de cambiar de rumbo cuando menos te lo esperas. Y por eso son únicos, no hay nada escrito igual. 

También hemos incluido en el libro los 12 relatos originales, los que cada una comenzó. De esa manera podéis tener una visión más clara de las diferencias entre ellos y de cómo van cambiando de rumbo en los relatos compartidos. 




Lo podéis adquirir en ebook en Amazon (ya sabéis que participa en el #concursoindie2016) y también en papel

Pincha en la imagen para descargar. Muchas gracias!!






20 mayo 2016

La cocinera, la ninfómana y la bruja


Relato escrito por Ana Larraz Galé, Purificación Estarli
y Esther Santana Correa.
 
Ana Larraz Galé
Maquita se miró al espejo antes de salir. Llevaba bien colocada la cofia y el color dorado de su piel, que había adquirido en los muchos años que había pasado en el desierto, le pareció en aquel momento  que le hacía parecer más joven, que le favorecía, y se sintió guapa.
No era la primera vez que la llamaban para felicitarla por su trabajo. Ella había sido la cocinera principal de Gadafi, el antiguo presidente de Libia y le había acompañado en sus múltiples viajes por el desierto. Muchas veces el coronel, le había llamado a su jaima para darle la enhorabuena por su comida, pero ahora, todo eso había quedado atrás. Estaba segura de que ya no volvería a ver las arenas amarillas de su tierra y que nunca más cocinaría en el desierto. Todo había acabado. Su jefe estaba muerto y ella había conseguido escapar con vida de milagro. Casi no sabía  cómo, pero cuando todo el tumulto empezó, ella consiguió llegar al puerto de Trípoli y allí montar en un barco que le llevo a La Valeta en la isla de Malta. La suerte la acompaño porque allí estaba anclado un crucero de los que hacían el circuito del mar mediterráneo. La cocinera principal del buque había enfermado, estaban buscando una y ella se presentó y consiguió el trabajo.
Maquita, nunca había salido de Libia, pero en esos momentos, pensó que cuanto más lejos estuviera de su país, mejor le iría y sin dudarlo, se enroló en el barco. Ya llevaba más de una semana de viaje y hasta ese momento, todo había ido sobre ruedas.  Hacía tres días que habían hecho escala en Venecia y allí consiguió su primer  permiso y pudo  bajar a tierra. La libia, se quedó fascinada al contemplar la ciudad, le pareció la más bonita del mundo.
           Allí fue  donde embarcaron las dos mujeres que ahora la estaban esperando en el comedor. Charlé, el camarero que había ido a decirle que cuando acabara el turno se acercara a su mesa, se lo había dicho. Ella ya lo sabía. Había subido detrás de ellas y además, les había ayudado con sus maletas de mano, aunque estaba segura de que las dos mujeres, no la recordarían.
La verdad es que no sabía si le gustaban mucho las nuevas viajeras. A la rubia, la que llevaba un vestido tan ceñido que parecía que se lo hubieran cosido a la piel, la había vuelto a ver la primera noche en un sitio muy poco usual para los pasajeros. Salía del camarote que compartían los cuatro pinches de cocina que estaban a sus órdenes y por los gritos y risas que dieron los chicos cuando la rubia se alejó, su visita no había sido solo social. No es que a Maquita le importaran las vidas de los demás, pero le sorprendía que la veneciana hubiera ido a buscar sus conquistas a la bodega del barco. Tampoco sabía que pensar acerca de la otra, de la acompañante de la rubia. Era todo lo contrario que su amiga. Bajita, morena, bastante feúcha y vestida totalmente de negro. Solo le faltaba una verruga en la nariz y un sombrero de pico para parecer una bruja. Y ése era el nombre con el que le había apodado la tripulación. Desde que ella subió al barco, no habían dejado de pasar cosas extrañas y siempre a las personas que estaban cerca da ella.
La camarera encargada del camarote donde se alojaban las dos mujeres, había tropezado en un chaleco salvavidas que las ocupantes habían dejado en el suelo y se había roto una pierna, eso sí, después de que les hubiera interrumpido muestras dormían la siesta. El sumiller que les servía el vino, había derramado el contenido de la botella sobre la mesa, cuando se estaba llevando el caldo que ellas habían rechazado porque decían que estaba picado.
La cocinera dio un gran suspiro, movió la mano cerca de sus ojos como si quisiera apartar los malos pensamientos, echo una última mirada al espejo y  dio por terminada la comprobación de su aspecto y con muchos nervios en la boca de su estómago, salió del vestidor de la cocina y con paso decidido entró en el comedor que ya se había quedado vacío, al encuentro de las dos mujeres que le habían hecho salir de sus dominios.
 

Purificación Estarli
Allí estaban las dos, la rubia ceñida y la de negro, sentadas en una mesa del comedor principal, con una copa de vino cada una en la mano.
La rubia, al ver aparecer a la cocinera, le hizo un gesto con la mano queriéndole indicar que se acercara a donde ellas estaban.
—Hola —dijo la cocinera al llegar en inglés.
—Hola —respondió la mujer vestida de negro, también en inglés—. Solo queríamos felicitarla por su trabajo. Mi hermana y yo hemos quedado sorprendidas gratamente con sus exquisitos platos.
—Muchas gracias —fue la corta respuesta de Maquita—. Siempre es agradable que reconozcan tu trabajo.
—Mi nombre es Gabriella —se presentó la de negro. Luego, señalando a la rubia, dijo—: Y ella es Fiorella, mi hermana. Somos de Venecia. Veo que su acento es algo particular, ¿de dónde es usted?
—Mi nombre es Maquita y soy de Libia.
—¿Lleva usted mucho tiempo trabajando en este crucero?
—Pues la verdad es que no, solo llevo una semana. Este es mi primer empleo a bordo de un barco. Siempre he trabajado en tierra firme, y siempre en mi país.
Fiorella llamó a un camarero y pidió otra botella de vino igual al que se acababan de beber, un Ribera del Duero. Invitaron a sentarse a la cocinera y a tomarse una copa con ellas.
Maquita no supo si aceptar la invitación o no. Miró su reloj de muñeca y pensó que ya había acabado su jornada en la cocina y que parecían dos mujeres interesantes. La curiosidad por saber más de las dos mujeres venecianas le pudo y, finalmente, se sentó y aceptó esa copa que ya Fiorella le estaba llenando.
—¿Viajan ustedes dos solas? —preguntó Maquita.
—Así es.  Mi cuñado —comentó la rubia ceñida mirando a su hermana— falleció hace seis meses y mi hermana necesitaba salir y olvidarse un poco de todo.
—Esta era la última voluntad de Marcos —añadió Gabriella—, hacer el crucero que él nunca pudo hacer por culpa de su maldita enfermedad.
—Lo siento mucho —señaló la cocinera—. Ya me extrañaba a mí que una mujer tan joven vistiera de negro riguroso.
—Bueno, la verdad es que el negro siempre ha sido mi color favorito. No visto así por estar de luto ni mucho menos.
Fiorella la interrumpió, añadiendo:
—Mira que se lo digo, pero ella no me hace caso. El negro no favorece. Una falda, un detalle, pero ¿toda la ropa negra? La gente es cruel con esas cosas, y comienzan a burlarse.
—¿Se burlan de ti por vestir de negro? —quiso saber Maquita, asombrada.
—Me llaman la bruja Befana —contestó Gabriella a la pregunta de la cocinera después de dar un buen sorbo a su copa de vino.
—La bruja Befana es una figura de ficción, una leyenda, que reparte regalos a los niños en Venecia el 6 de enero. Las mujeres se visten de brujas y participan en una regata simbólica —explicó Fiorella—. Es una fiesta muy importante y especial para los niños. Mi hermana siempre ha participado en dicha regata, como muchas mujeres, pero era la única que vestía de negro íntegramente, por lo que desde entonces su apodo es la bruja, sobre todo entre los niños del barrio donde vivimos.
Gabriella se llenó de nuevo la copa y miró a Fiorella de manera extraña, al menos eso es lo que le pareció a Maquita. Intentó cambiar de tema para que no siguiera su hermana hablando de ella.
 

Esther Santana
Fiorella brindó con la copa en alto, tomó un sorbo del exquisito vino y con una amplia sonrisa miró a su hermana.  Después tocó suavemente la copa de Maquita en señal de brindis y ambas bebieron, Fiorella saboreando con placer el vino y Maquita temiendo que la conversación no terminara en una discusión entre las hermanas, dada la mirada que entre ambas se produjo.
—No te preocupes, hermanita, no seguiré hablando de ti y de tu apodo. Aunque, pensándolo bien, ¿no crees que es peor cómo me llaman a mí?
Dicho esto soltó una carcajada y ambas hermanas rieron sin tener en cuenta que Maquita se encontraba totalmente ajena, mirando expectantes a las dos, esperando que no la dejaran con la incertidumbre. Estaba acostumbrada a no hacer preguntas, se limitaba a hacer su trabajo y dar las gracias cuando la felicitaban. Su misión como cocinera es preparar los platos que están en el menú del día, y cuando trabajaba con Gadafi cumplía los deseos culinarios de su amo sin rechistar, por lo que ahora no se atrevía a preguntar cuál era el apodo de la rubia, esperó pacientemente hasta que alguna de ellas se decidiera a hablar.
—Lo dices tú o lo cuento yo —dijo Fiorella mirando a su hermana con una sonrisa burlona—. De acuerdo, no te pondré en ese compromiso, lo contaré yo. Me conocen como “ la lucciola”.
Dicho esto tomó otro sorbito de vino y sonrió mirando a Gabriella,  tenía un semblante serio, pero Fiorella ya estaba acostumbrada por lo que no le dio importancia. Soltó la copa, se ajustó el vestido, se recompuso el pelo agarrándolo con unas trabas plateadas y miró hacia Maquita, observando que tenía una expresión de desconcierto y de no saber a qué se estaba refiriendo.
—“La lucciona” es prostituta en italiano.
Si ya Maquita estaba desconcertada cuando escuchó a Fiorella no pudo fingir su asombro y en el fondo malestar. Pero no quería ser descortés y menos opinar sobre dos clientas las cuales no le habían pedido su opinión.  En su país la prostitución estaba prohibida, aunque todos sabían que existían mujeres que eran utilizadas para el desahogo de muchos hombres, sobre todo cercanos al régimen, pero no cobraban por “su trabajo”, simplemente eran esclavas sexuales. Sin embargo, había escuchado que en otros países mujeres que se dedican a estos menesteres cobran por “su trabajo”.
—Ya que has contado cómo te apodan, creo que deberías explicar toda la historia. Has dejado a nuestra cocinera favorita desconcertada.
A Gabriella no le gustaba nada hablar sobre el apodo de su hermana. Habían sido muchos años de escuchar, unas veces en su propia cara y otras a sus espaldas, cómo se referían las personas de su entorno cuando hablaban de Fiorella, y en más de una ocasión tuvo problemas por defenderla, pero en su ciudad la gente no era tan respetuosa como a ella le hubiese gustado.
—Maquita, en realidad no soy prostituta. No cobro por estar con los hombres. Soy, como me definió acertadamente un especialista al que me llevó mi madre, una “ninfómana”. Verás —prosiguió para aclarar mejor la situación ya que la cara de Maquita era un puro poema de desconcierto teniendo en cuenta que no conocía esa palabra—, me encantan los hombres, de todo tipo, de toda condición, y me encanta tener sexo con cada uno de ellos. No lo puedo controlar y si te digo la verdad, no quiero controlarlo. Soy feliz, disfruto con lo que cada uno me da y sigo mi vida sin molestar a nadie. Mi lema es “disfruta y no hagas daño”.  A pesar de que en mi ciudad, en mi entorno, las personas han querido hacerme sufrir con sus comentarios, he salido adelante con el convencimiento de que cada uno es libre de actuar como quiera, siempre que las consecuencias no perjudiquen a los demás. Así he vivido y así seguiré viviendo hasta que este hermoso cuerpo aguante.
Dicho esto, Fiorella tomó su copa, la levantó en alto e invitó a sus acompañantes para que brindaran con ella. Las copas chocaron como chocaron todas las emociones y sentimientos en el interior de Maquita, pero no pudo articular palabra alguna, brindó, bebió y soltó su copa suavemente sobre la mesa.
—Y ahora, si me lo permiten, debo ausentarme, hay un señor justo detrás de la barra que no deja de mirarme. Ya lo dije, no lo controlo y no lo voy a controlar. Ha sido un placer hablar contigo, Maquita. Brujita nos vemos después.
Cómo terminó el crucero es otra historia para relatar en otro momento, cada uno puede sacar sus propias conclusiones.

09 marzo 2016

El acuerdo de la vergüenza

Foto: google

Largo es el camino y larga es la espera. El cansancio se nota en cada suspiro emitido detrás de la valla de concertinas que separa Grecia de Macedonia. Miradas vacías, condenadas a la tristeza y a la desesperación de un futuro incierto, que no se vislumbra por más que se empeñen. Esos ojos que miran más allá del horizonte están gritando el horror vivido mientras esperan algo que ya parece imposible: la apertura de la frontera.
Todas esas personas que esperan, ¿conocerán ya el destino que les aguarda? ¿Alguien les habrá informado que no van a abrir la frontera entre Grecia y Macedonia, que su futuro pasa por Turquía, que van a convertirse en moneda de cambio? No creo que tengan esa información, o lo mismo sí. Si no les llega el agua suficiente para calmar la sed, ni las mantas necesarias para protegerse del frío, ¿cómo les va a llegar esa información? Sería una crueldad, pues a la ansiedad sufrida por la incertidumbre se uniría el pánico de ser devueltos a un país que, según la ONU, vulnera los derechos humanos.
Y es que a la Unión Europea se le ha ocurrido la gran idea de conversar con Turquía para quitarse de encima el "problema" de los refugiados sirios. No hay nada ratificado aún pero el principio de acuerdo no tiene desperdicio. Entre otras brillantes propuestas está la del retorno a Turquía de los refugiados que llegan a Grecia y que esperan hacinados en los campos de refugiados a que las fronteras se abran. Con esto solo ya nos estamos saltando a la torera derechos tan fundamentales como el derecho de asilo de todo individuo que huye de las consecuencias de una guerra civil en su país.
Somos así de eficaces, ¡qué le vamos a hacer!, y nos queremos quitar el "muerto de encima" trasladando nuestras fronteras exteriores hasta Turquía. Qué bien, ¿no? Y Turquía que no es tonta saca provecho: 3000 millones de euros que ya pedía, más otros 3000 millones de euros adicionales por las molestias causadas por la puesta en marcha de la nueva propuesta. Pero no solo pide dinero, también la libertad de los turcos de viajar a la UE sin necesidad de visado y reabrir las conversaciones para la inclusión de este país en el bloque. Como dicen en mi pueblo, nadie da duros a dos pesetas.
Todo esto me parecería bien si estuviéramos hablando de cajas de pescado, o de sacos de patatas..., pero resulta que estamos hablando de personas, de seres humanos con derechos, de niños que sufren, de mujeres, de padres de familia, de gente que estaba tan tranquila en sus casas, como lo podemos estar nosotros, que tenían sus trabajos, su vida, y que se han visto en la necesidad de echarse a correr con lo puesto, ante el miedo de que les caiga una bomba sobre la cabeza, en el menor de los casos, o de que le cercenen el cuello, en el peor.
Está claro que entre esas personas alguien malintencionado se puede colar, pero ¿solucionamos algo si trasladamos el problema a Turquía, si expulsamos en masa a todos, a los buenos y al que se haya colado y que no es tan bueno?
Estamos asistiendo al mayor éxodo de refugiados desde la II Guerra Mundial, una grave crisis humanitaria de la que no tiene la culpa la UE como tampoco tienen la culpa los sirios de la guerra civil de su país. Creo que no es un problema de unos pocos, precisamente de los que limitan con los países en conflicto, es una cuestión que debería ser resuelta por la Comunidad Internacional.
Estamos tan acostumbrados a estas noticias que ya no nos llaman la atención. Miramos para otro lado o nos encogemos de hombros. No se nos ocurre decir nada mejor sino frases de este tipo: ¿Y qué le vamos a hacer?... ¿Y dónde vamos a meter a tanta gente?... Pues que se aguanten en su país... Aquí no queremos a musulmanes... Pues acoge tú en tu casa a una familia, tanto que los defiendes....
No sé cual es la solución, no me dedico a la política ni tengo tan brillantes ideas como Merkel, Davutoglu y compañía, pero lo que sí es seguro es que no conseguiremos "frenar", como dijeron los Veintiocho en la reunión de Bruselas, el flujo de inmigrantes y refugiados hacia Europa cerrando fronteras e instalando vallas cada vez más mortíferas, sin tener en cuenta los valores ni los derechos humanos, solo llevados de la manos de los intereses políticos. 
No se le puede poner vallas al miedo ni a la desesperación. Mientras haya guerra va a haber flujo de migrantes forzosos.
Si algo hay que frenar eso son las guerras, atajar el problema de raíz, todos sabemos que las tiritas se terminan cayendo.

04 marzo 2016

El camino



Hoy os comparto El camino, un microrelato de Guillermina Jiménez Pérez.


Era a esa hora del día cuando la luz no es luz ni sombra. Caminaba imbuido en mis pensamientos. Una voz a mi lado me preguntó:
 
¿Adónde vas? 
 
Me volví.  No había nadie, y seguí caminando. «Serán cosas mías», pensé.  
 
No había andado mucho cuando la voz volvió a preguntarme que adónde iba.
 
Me detuve, miré hacia atrás y no había nadie. Pensé que sería el murmullo del viento, y seguí caminando. 
 
De nuevo la voz se hizo presente:
 
¿Adónde vas? insistió.
 
Me gire rápidamente para sorprender a quien me hablaba. No había nadie pero yo seguía oyendo la voz:
 
¡Te has equivocado de camino!  
 
¿Quién eres para saber que me he equivocado? ¡Déjate  ver!  
 
En él te aguardo. Me verás cuando llegues. 
 
¿Si yo quisiera seguir caminando por este?  ¿Quién eres tú para decirme cuál debo de tomar?  
 
No preguntes, estoy cansado de esperar.  
 
Seguí caminando sin escucharle.
 
Mis pies se precipitaron.
 
La sombra de la noche cayó rápida.
 
El camino empezó a oscurecerse.
 
No estaba ya el suave viento que me envolvía.
 
Las hojas oro de los arboles caían como lluvia.
 
El duro polvo del camino fue deshaciéndose y cegaba mis ojos.
 
Un fuerte viento empujo mi cuerpo en otra dirección… como una hoja de papel.