29 enero 2016

La última noche en Samarkanda

Como ya comenté en el anterior post, estrenamos esta nueva ronda de relatos con la colaboración de el escritor granadino, compañero de agencia y letras, Manuel G. Tristante, autor, entre otras novelas, de El sabor del dolor, disponible en digital y papel. 
Se trata de un relato a dos manos, la mía y la suya, un relato al alimón, donde la diferencia y características propias de cada estilo ha dado lugar a un relato original y único.
Os dejo con el relato. Espero que os guste.



La última noche en Samarkanda

  


(Comienzo del relato escrito por Purificación Estarli)
Me despertó, como siempre, el desagradable calor de aquel país. Mi cuerpo, empapado en sudor, se resistía a despegarse de las sábanas de lino que lo habían arropado tantas noches. La habitación estaba envuelta en una penumbra sutil que permitía a los sentidos descubrir los restos de una noche de excesos: la última noche en Samarkanda.

      Me quedé sentado en la cama, aturdido, mientras mi vista se iba acomodando a la oscuridad. No sabía qué hora era. Un intenso pinchazo en la parte derecha de la cabeza y ese maldito regusto ácido en la boca me impedían pensar con lógica. Deduje que tendría que ser aún muy temprano, a razón de la poca luz que entraba por la única ventana que había en la habitación. Una ventana por la que he podido presenciar cada mañana el mayor espectáculo que mis ojos han visto jamás: cómo el sol iluminaba con sus hegemónicos rayos una ciudad que, a pesar de no tener mar, es de un azul perturbador.

     Observé la habitación con detenimiento: todo estaba revuelto. «¡Quiero recordar!», grité en mi interior. Botellas de cerveza vacías distribuidas por el suelo y los muebles, un cenicero rebosante de colillas y cigarros a medio consumir, restos de comida que no recuerdo hubiera probado y que ahora son festín para los insectos que campan libres por el suelo de la habitación… Demasiado para una sola persona. No hay nadie más conmigo. La misma soledad de siempre, aunque esta vez reforzada con toques amargos y crueles remordimientos provocados por el intenso dolor de cabeza que me sugiere que algo no hice bien.

     Me desperecé y me giré hacia el lado derecho, alargué todo lo que pude el cuerpo hasta que conseguí coger el móvil que descansaba, junto a una lamparita, en una especie de mesita de noche fabricada artesanalmente con un tablero rectangular sostenido a la pared con dos grandes alcayatas oxidadas. La intensidad de la luz proveniente de la pantalla de inicio del móvil me deslumbró los ojos. Tuve que mirar dos veces y de reojo para ver que eran las seis y dos minutos exactamente.

     Volví a dejar el móvil sobre la tabla y me recosté de nuevo. La sensación de humedad se hizo patente y real cuando mi espalda rozó la sábana mojada y fría. De un salto me incorporé sobre la cama. Unas imperiosas ganas de vomitar me obligaron a salir de la cama. El cuerpo me pesaba como si llevara sacos de plomo sobre mi espalda. El corazón me latía con ansiedad y la cabeza me retumbaba al compás de cada latido como si su lugar fuera las entrañas del cerebro en lugar del pecho.

     Solo di unos pasos, los suficientes para notar bajo mis pies descalzos algo húmedo y viscoso…



(Desenlace del relato escrito por Manuel G. Tristante)

…Un súbito frío subió desde mis pies hasta mi cabeza en un rictus de pánico. ¿Qué era aquello? Su textura era extraña. No parecía vómito. ¿Me atrevería a mirar? Claro, ¿por qué no? ¿O acaso temía algo? No recordaba nada de la noche, pero algo me decía que no mirara. Sin embargo, basta con que esa voz te lo diga para que lo hagas.

      Di un salto atrás y caí sobre la cama de espaldas, espantado. ¡Era sangre! Un gran charco de sangre con un reguero que se expandía en varias direcciones. ¿Qué significaba todo aquello? ¿Qué había ocurrido allí? ¿Qué había hecho? Miré en derredor. No. La culpa no era mía. No. Hubo más gente, pero ¿quién?

     Me incorporé sobre la cama y observé bien. Colillas, cervezas y… Miré detenidamente la almohada. ¿Qué era eso? ¿Semen? Pero no solo en la almohada, también por las sábanas. Me llevé las manos a la cabeza, sintiendo una horrible presión en el pecho. ¿Había montado una orgía? ¡Imposible! Era algo que detestaba. Bajé la cabeza y descubrí que estaba desnudo.

     Las ganas de vomitar se incrementaron. Me ladeé a un lado y vomité sobre la mesita donde, a la vez, descubrí unas cuerdas. Dirigí la mirada en derredor y atisbé que había más, pero estas en el cabecero y en las patas de la cama. ¡Dios mío! ¿Qué había hecho? No conseguía recordar nada por más que lo intentaba. ¿Alguien me había drogado y después violado? Cogí mi móvil y revisé mensajes y llamadas. Nada del día anterior. ¡Tal vez estaba soñando! Sí, era eso. Tenía que serlo. Necesitaba lavarme la cara y despertarme de esta horrible pesadilla. Corrí hacia el baño, teniendo especial cuidado de no pisar la sangre, que también iba hacia el mismo sitio. Sin embargo, se cortaba en la puerta. No di importancia. Abrí el grifo y metí la cabeza bajo el agua, fría como el hielo. Me sequé y me miré en el espejo. Tenía ojeras y… ¿Arañazos? ¡Eran arañazos! Bajé la mirada hacia mi pecho y piernas y vi que tenía más. Pero no parecían simples arañazos. ¡Eran cortes! ¡Cortes de cuchillo! ¿Cómo no había visto esto antes?

      Me tiré de los pelos a punto de llorar. ¿Qué horrible pesadilla era todo aquello? Necesitaba darme un baño. ¡Y en qué maldito momento descorrí la cortina de la bañera! ¡Había un hombre sin vida, ensangrentado, con la estrella de David sobre su pecho! Blanco como la leche, retrocedí con las piernas temblándome. Todo daba vueltas a mi alrededor. ¿Por qué había un hombre asesinado en mi bañera? ¿Y por qué tenía esa marca en el pecho?

      Vomité otra vez y de golpe las imágenes se agolparon en mi cabeza. Música, cerveza, diversión, hombres y mujeres en la habitación. Me ataron sobre la cama. Me violaron entre todos y todas. La imagen se volvió borrosa. Un chuchillo apareció en mi mano. Y sobre el pecho dibujé la estrella de David mientras el hombre gritaba de dolor. Su mano se precipitó sobre mi cara y me arañó y yo, con las mismas, clavé el cuchillo en su cuello. El resto reían y aplaudían… Risas diabólicas que aún resonaban en mi cabeza.

      Me arrastré hasta una esquina del baño y me abracé a mis rodillas. Escuché la puerta abrirse. Alertado, corrí a cerrar la puerta del baño. Y me apoyé en ella con la respiración descontrolada. Elevé la vista hacia el espejo y mi respiración se detuvo. Me acerqué. ¿Qué me pasaba en la cara? Mi piel, mis rasgos… ¡Todo estaba cambiando! Hablé, pero no era mi voz. Era una voz sepulcral. Me palpé la frente. Dos bultos estaban naciendo. ¡Cuernos! ¡Eran cuernos! 


     «¿Extraño? Te acostumbrarás. Ahora vivo en ti»
     «¿Quién eres?»
     «Ni Alfa ni Omega. Solo tu peor pesadilla»

     La puerta se abrió y varias personas entraron en el baño, vestidos de negro y portando crucifijos invertidos.


     ―Bienvenido a la vida de nuevo, nuestro amo y señor.
 

     Me despertó, como siempre, el desagradable calor de aquel país. Mi cuerpo, empapado en sudor, se resistía a despegarse de las sábanas de lino que lo habían arropado tantas noches. La habitación estaba envuelta en una penumbra sutil que permitía a los sentidos descubrir los restos de una noche de excesos: la última noche en Samarkanda.

     Todo había sido una pesadilla. Un susto sin más.
     

     «No estés tan seguro. Ja, ja, ja».

-FIN-


¿Os ha gustado el relato compartido? ¿Os animáis a escribir uno conmigo?

26 enero 2016

Relatos "al alimón".




Esta mañana he visto un recuerdo en facebook de hace un año. Se trata del relato Una vida única, enmarcado en una ronda de relatos y artículos semanales que por ese tiempo llevaba a cabo en este blog. El tiempo pasa, las circunstancias cambian y también las prioridades.

Hoy, me he propuesto empezar esa nueva ronda de relatos o artículos literarios de interés que ya me estaba pidiendo el cuerpo. Y ha surgido espontáneamente --como nacen la mayoría de las buenas ideas-- hacer un relato a medias entre mi compañero de letras Manuel G. Tristante y una servidora; es decir que mi paisano y yo vamos a hacer un relato al alimón, como Neruda y Lorca llamaban a este tipo de colaboraciones. 

Yo lo empiezo y Manuel lo acabará.
¡Me encanta el reto!

Esto de escribir un texto a medias no es nada nuevo, ya se hacía años atrás. Se cree que las epopeyas homéricas están escritas de esa manera: hay quien ve, y distingue, la pluma de autores diferentes en ellas. También era frecuente estas colaboraciones en el siglo de Oro. 

Ahora, gracias a los avances en Nuevas Tecnologías es mucho más fácil llevarlo a cabo.  E, incluso, se ha dado un paso más allá: se trata de escribir un texto --puede ser una novela-- con hipertexto, es decir mediante enlaces, y es el lector quién decide por donde ir, qué camino tomar en el relato, e incluso elegir el final. A esto se le llama hiperficción constructiva o narrativa hipertextual.

Hasta ahí no voy a llegar --por ahora, jeje--. La idea es escribir un cuento corto cada semana, y lo haré en solitario o con tu ayuda, así que si te atreves y quieres escribir un relato a dos manos, contacta conmigo por aquí (dejándome un comentario) o bien a través de Twitter o Facebook.

Ya sabes, lo importante es escribir.