25 febrero 2016

A los pies de la ceiba



Otra vez la misma palabra. Sucesión de letras aisladas que aparecen y desaparecen como imágenes en blanco y negro, danzando unas alrededor de las otras en una danza ancestral y mágica, hasta convertirse en algo concreto y con sentido, en una palabra bella y maldita al mismo tiempo: esperanza.
Imposible pensar con lógica en un lugar donde hasta respirar se hace insoportable, donde el calor supera a los deseos de avanzar. La sombra de la ceiba calma un poco esa ansiedad de lo que podría ser…, de lo que ha sido ya.
«Ceiba sagrada con olor a cayuco precolombino y tacto espinoso, tú que has dado sombra a otros que lo lograron y a tantos otros que duermen eternamente en su tumba de arena caliente, ofréceme a mí y ahora tus frondosas ramas y tu protección sagrada, y guíame por el sendero que me lleve hasta esa palabra que se abre en mi cabeza como alas de mariposa».
Esperanza de una vida mejor, de una vida en definitiva. La muerte, esa, ya es presente.
No hay marcha atrás. La “bestia” espera. Ya no existe el pasado.
Pies cansados antes de comenzar a caminar; espaldas polvorientas lejos del desierto; hombros ya quemados…
Un suspiro a los pies de la ceiba se pierde en el aire:
«¡Adiós, mi tierra. ¡Adiós! Hay mucho camino que recorrer».

12 febrero 2016

"Cuatro, tres, dos...", un relato a cuatro manos.

Hoy traemos un relato escrito por cuatro manos diferentes. Lo comenzó Rita Gardellini, prosiguió Ana Larraz Gale, continué yo y lo terminó Esther Santana Correa. Una experiencia que nunca antes habíamos saboreado y, la verdad, la recomiendo por ser un ejercicio muy enriquecedor.

Aquí os dejo un poco de información sobre cada una de mis compañeras:

Bueno, os dejo con el relato, espero que os divirtáis leyéndolo tanto como nosotras escribiéndolo.

Cuatro, tres, dos…

 

By Rita María Gardellini

Cuatro, tres, dos… Respiro en una bocanada profunda, satisfecha, y compruebo de nuevo.

Primero chequeo la soga, a continuación si la mochila se encuentra bien agarrada con el cinturón al frente. Ya saben, nada de improvisaciones toscas e inútiles. Costó su buen dinero en efectivo pero adquirí una de esas mochilas profesionales que también se sujetan por delante. Recuerdo al imbécil del comerciante y la risita infame al explicarme que era una mochila demasiado grande para mi tamaño. ¿Iba a inventar que era para obsequiar? No, claro que no. Lo miré con mi displicente asco y la elegí: perfecta. Me llevó casi veinte días encontrar todo el peso para cargarla. No es tan sencillo como parece, la mayoría de las cosas son de materiales livianos y yo quería que con el menor volumen pesara lo que más se pudiera. Obvio, ya dedujeron: primero la subí vacía a la escalera y la fui completando hasta llenarla.

Sí, las escaleras: dos, de esas de pintor que se abren como tijeras, y bien seguras. No voy a indicar que demandó tantos días pero sí lidiar con otro empleado idiota que miraba cómo las ubicaba en el local, cuando se sumaron otros tres empleados a observarme. Casi estoy tentada a pagarla en cuotas, pero no: efectivo. Tengo muy buen ojo en lo que a geometría topológica se trata no quiero interrumpir a nadie con la búsqueda de un diccionario pensando que es un detalle relevante, así que facilito y les aclaro: geometría topológica es la geometría del espacio, así que al tercer intento ya había seleccionado las escaleras. Imaginé la escena: al subir por la escalera “A”, me permitiría colocarme la mochila en la espalda que estaría ubicada arriba en la escalera “B”, que es un poco más alta, sin tener que maniobrar ni mover la mochila, solo lo indispensable para pasar mis brazos y ajustarme el cinturón del frente.

Al mencionar lo de la tentación, vale indicar que sentí el impulso de otras opciones pero las descarté por una cuestión de género, adoro ingresar en estadísticas no previstas.

Así que listo. La soga negra logrará un efecto perfecto en mi piel tan pálida y, además, con acabado sedoso me molestaba la idea de algo rústico raspándome. No voy a subestimarlos narrando la precisión con la que está colgada, el cartel rojo sobre mis pechos desnudos con las bellas letras doradas que dicen: “¡Váyanse al Carajo!”, en perfecta depilación, maquillaje, aseo y perfumada: no quiero a nadie confundiendo el hecho con depresión por mi “estado de dejadez”. Luego pateo la escalera y el peso de la mochila me tira ¡nada más ridículo que quedar pataleando por minutos!.  Averigüé y cuando la humanidad comenzó a ser un poco decente empezaron a realizarlas calculando el peso y sumándole piedras en los pies. Sí, sé que opinan igual, es mejor la mochila, suple el mismo resultado y en lo estético la diferencia es notable, y… ¡Fin!, termino con todo.

Iba a decir el ansiado “uno”, cuando escucho el timbre. Como supondrán estoy más que ocupada como para dispensarme de los buenos modales, así que iba a eludirlo y seguir en lo mío, no obstante resultó tan ¡odiosamente insistente! De solo pensar que, en lugar de la sonrisa que iba a desorientar a todos, iba a aparecer un rictus de fastidio…

 

By Ana Larraz Galé

…y como no voy a consentir que ese rictus aparezca en mi cara en un momento tan trascendente, me bajo, me pongo una bata y voy a la puerta.

—Buenos días, señorita González.

Es uno de los tres estúpidos vendedores que estuvieron mirándome mientras probaba las escaleras en la tienda. Mi cara debe reflejar el asombro que siento al verle allí, aunque el individuo sigue hablando.

—Me envía nuestro departamento de calidad. Usted hizo una compra el día 15 en nuestro centro y se le olvidó rellenar este cuestionario acerca de su grado de satisfacción con el artículo, la facilidad en el manejo y las explicaciones recibidas sobre su uso. Necesitamos que lo haga.

—Oiga —le digo sin poder contener mi irritación; está haciendo que me retrase—. Los artículos que compré son dos escaleras. ¿Qué explicaciones necesito?  Su mecanismo es más sencillo que el de un chupete…

—¿Eso quiere decir que no las recibió? No se preocupe señorita, si me deja pasar yo se las daré. La política de la empresa así lo exige. No se preocupe, no tardo nada.

A estas alturas, el impertinente ya tiene medio cuerpo dentro de mi piso, así que le dejo que meta el resto. He pagado al contado y no estoy dispuesta a quedarme sin algo que me corresponde, aunque sean unas explicaciones.

—Ah, ya veo el uso que le va a dar a nuestros materiales —dice mientras echa una ojeada a mi maravilloso cartel olvidado encima del sofá, a la mochila ya cargada en la escalera y a la soga negra que pende de la lámpara del techo—. Lo siento pero tengo que informarle que esta acción no está cubierta por la garantía. Nuestros productos no son los más indicados para este trabajo y no lo cubrimos. En caso de que usted quiera hacer una reclamación no se la podríamos atender y…

—Pero, ¡si yo no voy a hacer ninguna reclamación! Venga, explíqueme lo que quiera y váyase.

—No me ha dejado terminar de hablar. Le estaba diciendo que como la garantía no lo cubre tengo que retirarle nuestros productos porque usted está haciendo un mal uso de ellos y la compañía no puede consentirlo.

—¿Está usted de la cabeza? ¿No ve lo que tengo montado aquí? ¿Cómo me dice que se va a llevar mis escaleras?

—Le vuelvo a repetir que nuestra garantía no lo cubre. Usted está usando nuestros artículos sin las correspondientes medidas de seguridad: no lleva puesto el casco, no tiene las escaleras calzadas, no lleva bridas ni chaleco de seguridad. Así no puede subirse. Me las voy a llevar ahora mismo.

Evidentemente este tipo está loco o es tan idiota como me pareció en el centro comercial. Pero tengo que pensar algo porque si se empeña en llevárselas me va a destrozar todo mi trabajo. Ayer fui a la peluquería y me he pasado media mañana maquillándome. No voy a consentir que, por culpa de este tipejo, mi aspecto no sea el correcto.

—No se preocupe, amigo mío, vera cómo lo solucionamos —le digo mientras….

 

 

By Purificación Estarli

...mientras comienzo a deshacer con una mano, y con bastante destreza dicho sea de paso, el nudo de la lazada que ata la bata a mi cintura.

Por uno más no me voy a quebrar. Lo tomaré como un motivo más para seguir adelante con mi propósito de mandarlo todo al carajo. ¿Y que es uno entre un millón? Un millón sí, un millón, lo han leído bien, hombre arriba, hombre abajo. ¡Nada, no es nada! Además, este no es como muchos otros con los que he tenido que aguantarme los deseos de vomitar, con esas babas rodando por sus pliegues cutáneos, el sabor a sal de la piel, los pestilentes olores corporales... Este, aunque su cara parezca hecha a martillazos porque otra cosa no sé, pero feo es con avariciaparece aseado, algo que hubiera agradecido en otros tiempos. Lo mejor de él: su cuello. Un precioso, largo y liso cuello, propio de su juventud.

La seducción forma parte de mi penca y larga vida. Y si algo sé hacer es seducir, espero no defraudarme a mí misma en mi último “trabajo”, aunque no sé si llamarlo así porque en realidad no lo voy a disfrutar mucho. Esta vez será un mero trámite para quitarme al pesado de las escaleras de encima y continuar con lo mío.

Mira, mira como se relame observando muy atento el movimiento de mis manos. Parece como si supiera lo que va a ocurrir en unos minutos, jajaja. ¡Pobre muchacho! No tiene ni idea lo que voy a hacer con él.

Sus ojos ya han atravesado mi bata, me han desnudado y ya está gozando dentro de mi ser como un poseído antes siquiera de tocarme. ¡Qué ingenuo!

Si es que no falla. Nuestro poder es incalculable. Solo necesitamos mirar a los ojos fijamente y... ¡ya son nuestros!

Dejo resbalar la bata por mi piel, me acerco a mi víctima despacio, acaricio sus hombros, luego su espalda… Mis ágiles manos suben rápidamente hasta su cabeza, no puedo resistir un segundo más, me duele la mandíbula solo de pensar en ello. Allí está su cuello, su delicioso y terso cuello; y aquí están mis colmillos, mis blancos y duros colmillos. Abro la boca y....

 

By Esther Santana Correa

…le paso suavemente la lengua por el cuello, despacio, no hay prisas, esta vez no. Por primera vez soy yo la que decide el tiempo, la que decide cómo hacer que en cuestión de segundos se derrita todo su ser. Mientras, sigo acariciando su espalda, con las puntas de mis dedos, como si estuviese tocando al piano una melodía que te invita a cerrar los ojos e imaginar un paisaje donde te sientes invadido por paz y armonía. ¡Ya es mío! Deja caer suavemente los papeles, que hasta hace unos minutos quería que firmara. Ya no le importan las escaleras, ni mi seguridad, ni el miedo a la reclamación que, insistentemente y con miedo, quería evitar. Ahora solo le importa el placer que recorre todo su ser. Y por unos minutos, a mí también me ha dejado de importar lo que  estaba planeando con la mochila, con la cuerda, con la escalera. Por primera vez no hay placer a cambio de dinero. Por primera vez yo controlo y yo decido. Y siento satisfacción. No por sentirme atraída por el hombre que tengo bajo mi poder, sino porque era la dueña de mis actos. ¡Dios, cuánto tiempo hacia que no sentía el placer que está recorriendo todo mi cuerpo!

De repente un ruido estremecedor me hacer volver a la realidad. La mochila se ha ido al suelo con todo el peso que tiene dentro y los dos nos hemos sobresaltado.  ¿Qué estoy haciendo? Mi mente no reacciona. Miro la escalera y miro al pobre muchacho que del susto se ha quedado más paralizado de lo que ya estaba con mis encantos. Mis ojos observan su cuello, ese que besaba con pasión hacía apenas unos segundos y pienso que si le clavo mis colmillos le podría dar un susto que sumado al que se ha llevado por la caída de la mochila, en vez de espantarlo podría ocasionarle un infarto.

A ver cómo les explico ahora al portero, a los vecinos, a los de urgencias y a la policía qué hace una escalera en medio de mi salón con una soga colgada del techo, las hojas de reclamación esparcidas por el suelo y, por supuesto, al pobre hombre tirado en la entrada de mi casa y, por si era poco, yo  medio desnuda.

Por suerte, el muchacho reacciona antes que yo, recoge con nervios los papeles y el bolígrafo después de tres intentos, balbucea que debe visitar a otros clientes y que ya vendrá en otro momento y sale corriendo escaleras abajo sin esperar el ascensor.

Cierro la puerta procurando no hacer ruido, no vaya a ser que algún vecino fisgón haya oído el mismo estruendo que nosotros y esté observando por la mirilla de la puerta.

Me pongo la bata y reacciono. Me siento en el sofá que se encuentra justo enfrente de las escaleras y comienzo a reír, primero tapándome la boca, aún con el miedo a ese vecino, y poco a poco la risa va subiendo de tono convirtiéndose en unas carcajadas que no puedo controlar. Me revuelco en el sillón y no puedo dejar de reír. ¿Cuándo fue la última vez que me había sentido tan libre? No lo recuerdo, pero no me importa. Miro la escalera, miro la mochila y me vuelve el ataque de risa incontrolado.

¿Qué iba a hacer con mi vida?  ¿En manos de quién había puesto mi felicidad?

Por fin me siento libre, y rio, y bailo y me vuelvo a revolcar en el sillón. Y decido empezar de nuevo, he vuelto a nacer y de ahora en adelante seré la dueña de mi felicidad.

—Fin—