13 diciembre 2017

Habitación 604. Capítulo 9: Me dejo vencer por el sueño.



Habitación 604
Capítulo 9. Me dejo vencer por el sueño

La planta primera del hospital está desierta. No hay nadie aún en la recepción de admisión de pacientes. Son las 7:25 de la mañana, demasiado temprano.  «En la Ronda Sur no suele haber tráfico y menos a esas horas. Con que salgamos a las 7.30 llegamos a tiempo.», me había advertido Fran varias veces. Tenía la operación programada para las 8 de la mañana y no quería llegar tarde y estar con nervios añadidos. «Más vale llegar con tiempo, y esperar allí, que ir con prisas.», respondía yo. Así que aquí estamos, sentados en una hilera de sillas junto al mostrador de recepción, esperando a que llegue alguien.
Estoy nerviosa, mis manos tiemblan descontroladamente, pero estoy feliz, porque dentro de unas horas estaré libre, por fin, del tumor. Sea cual sea su naturaleza, ya no estará en mi cuerpo. En estos momentos no pienso en los resultados de la punción, esa preocupación que tantos malos momentos me ha dado en estos últimos catorce días, ha quedado relegada a un segundo plano dentro de mi mente, y eso hace que me sienta con una gran fuerza interior y no sé muy bien de dónde ha salido.
Tenía dos posibilidades, operarme lo más pronto posible o ir poco a poco para ver cómo evolucionaba el tumor. Hacer la punción, ver si es maligno o benigno tranquilamente y, en función de eso, tomar las medidas más pertinentes. Desde el primer momento tuve la cosa clara: coger el toro por los cuernos y lanzarme al ruedo. No le temí nunca a las posibles complicaciones derivadas de cualquier operación, tampoco dudé de mi decisión cuando supe de los efectos colaterales de una parotidectomía. Siempre lo tuve claro, y en estos momentos, a escasos minutos de meterme en un quirófano, mi determinación sigue siendo la misma. Ya no hay marcha atrás.
Abro la cremallera frontal de la maleta y saco una carpeta con las autorizaciones para la hospitalización. Prefiero tenerlas a mano.
Es viernes. Hasta el lunes o el martes no me darán el alta, eso me dijo el doctor Ortiz. Miro a Fran, está sentado a mi lado. Mueve la pierna repetitivamente mientras lee algo en el móvil. «Estupendo plan para pasar un fin de semana en pareja», pienso con ironía.
—¡Tranquila, cariño! —me dice, y me abraza acercándome hacia él.
No me he puesto el reloj, tampoco los pendientes. No me lo han dicho, pero sé que no se puede llevar nada metálico al quirófano, por eso del bisturí eléctrico o algo así.
—¿Qué hora es? —le pregunto.
—Van a dar las menos cuarto —dice mirando detrás de mí.
Me vuelvo. Acaba de entrar una pareja por la puerta de la calle. Es un muchacho joven, unos veinticinco, con cara de susto, «seguro que también viene a operarse de algo», y una mujer mayor con una bolsa de deporte,  que parece ser la madre. Nos miran y se acercan a nosotros con intención de preguntarnos algo. En ese momento sale por una puerta de detrás de recepción una mujer joven. Lleva un traje de chaqueta azul marino, no sé si de falda o de pantalón, solo la veo de cintura para arriba. Supongo que es una administrativa del hospital. Me levanto y me acerco al mostrador, sin dejar de observar sus movimientos.
—En un minuto les atiendo —dice la chica de recepción mirando alternativamente a la pareja que acaba de entrar y a mí.
La madre y el chico joven se detienen junto a la hilera de sillas. Nos saludan y les devolvemos el saludo. El chico se sienta, echa el cuerpo hacia atrás y resopla con los ojos muy abiertos. Cruzamos las miradas unos segundos, pero suficientes para sentir nuestro temor en los ojos del otro, y consolarnos mutuamente sin palabras, gracias a la empatía.
La chica de recepción nos llama. Le doy toda la documentación que llevo. Me hace una serie de preguntas sobre mis datos, dirección, documento nacional de identidad, número de tarjeta sanitaria..., y me da una serie de papeles para firmarlos. «Los consentimientos y la información sobre los posibles efectos adversos de la operación.», supongo. No los leo, los firmo todos y se los entrego.
—Pues esto ya está listo —dice la administrativa después de cumplimentar todos los requisitos. El corazón me acaba de dar un vuelco—. Suban a la tercera planta y entreguen esto en la recepción que hay allí.
Tomamos el ascensor hasta la tercera planta. Fran me agarra la mano y nos miramos. Un intenso deseo de llorar me sobreviene. Trago saliva y respiro hondo. Consigo que se me pase. Debo ser fuerte. Junto a la recepción de la tercera planta están las puertas de acceso a los quirófanos. Precisamente ahí dentro, en una sala anexa, fue donde el anestesista, un hombre de unos cincuenta años, con una barba entrecana muy espesa y voz dulce, me hizo el favor —gracias al doctor Javier Ortiz— de atenderme y ver las pruebas de la anestesia sin cita previa. Acababa de salir de una operación: llevaba aún la mascarilla colgando sobre su pecho y un gorro azul colocado en la cabeza. Me invitó a que me sentara mientras él se desprendía de esas prendas de protección y se lavaba las manos.
Las pruebas estaban perfectas. Me midió, me pesó y, después de indagar un poco sobre mi historial médico: intervenciones quirúrgicas, enfermedades, procesos crónicos…, me hizo la pregunta perfecta.
—¿Alguna duda sobre la operación o sobre cualquier otra cosa?
Por supuesto que tenía dudas. Me lo explicó todo de tal manera que sentí al instante una gran tranquilidad. Todos mis miedos y dudas sobre la anestesia y el proceso en sí de la parotidectomía se evaporaron y dejaron paso a la confianza. Ese médico me produjo un sentimiento de confianza tan alto que me sentí protegida, una especie de sentimiento paternal como cuando era pequeña y tenía miedos nocturnos y llegaba mi madre a arroparme y a decirme palabras de cariño. Ahora sé que ese momento también influyó en mi cambio de pensar. Ese fue otro de los motivos que me hizo engendrar fuerza y valor para enfrentarme a lo que la vida me tuviera preparado.
Acabo de entregar en el mostrador la documentación que me han dado abajo, en la primera planta. Me dicen que me siente, que en cuanto el doctor Javier Ortiz les avise me dirán que pase.
Nos sentamos en la fila de sillas que hay enfrente del mostrador. No estamos solos, la pareja de madre e hijo también han llegado. Pienso en mis hijos. «Si me pasara algo… Son demasiado pequeños para vivir sin una madre…» Los pensamientos negativos no han tardado mucho en aparecer.  El pesimismo y la desesperación se apoderan de mí, me devoran la confianza y la seguridad que había logrado reunir. Soy débil ahora mismo, indefensa como un pájaro herido, permeable a cualquier miedo o duda y a los malos pensamientos.
Anoche, después de cenar, los dejamos con mi cuñada Elena. Yo me quedé en la casa. Fue Fran quien los llevó. Le di un beso a cada uno y ellos me correspondieron con un abrazo. Hoy es viernes. No van a poder ir a clase. Ya estoy deseando de verlos y abrazarlos.
Fran me agarra la mano y la sujeta entre las suyas.
—Estás temblando.
—Tengo frío —le digo mirando nuestras manos unidas.
«¡Tengo miedo!», me gustaría gritar. Estoy temblando de miedo. Miro hacia las puertas grises de los quirófanos. Están quietas. Ni un solo movimiento: nadie sale, nadie entra. Trago saliva y respiro bien hondo.
—Todo va a salir bien. Relájate, María.
—Tengo miedo, Fran.
—Ya lo sé, cariño. —Me abraza—. Es normal, pero debes relajarte. Piensa en los niños, en mí, piensa en… cosas bonitas, alegres. Además… que te digo yo que todo va a salir bien. —Me sonríe.
La sala de espera empieza a llenarse de gente. Acaban de entrar dos mujeres, una más joven que la otra, y un hombre. La joven no para de hablar con sus dos acompañantes. Se ríe, se toca el pelo llevándoselo hacia un lado. Me fijo en ella: se sienta, mueve las piernas, se levanta. Parece nerviosa, pero se la ve feliz, como si estuviera a punto de salir a un escenario a cantar. «Parece que ella no es la que se va operar. Lo mismo es el chico que va con ella o la mujer mayor», me digo. La chica joven se vuelve a sentar, ahora en otra silla, junto a un macuto azul deportivo, lo abre y saca una goma del pelo, se recoge el pelo en una coleta baja de manera informal.
—¿María Estévez? —Una voz pronunciando mi nombre me saca del entretenimiento momentáneo en el que estaba sumida y que ha hecho relajarme al menos unos minutos.
El corazón me da un vuelco y miro hacia las puertas grises. Me levanto de golpe de la silla. Una enfermera con un pijama verde y gorro del mismo color está entre las dos puertas del quirófano, mirándome. Fran se levanta, me mira. En sus ojos puedo ver inquietud, desasosiego. Su abrazo me reconforta y su “Te quiero” me da la fuerza necesaria para caminar hasta esas puertas y adentrarme en el interior.
La enfermera me dirige hacia una sala no muy lejos de las puertas de entrada, donde hay unas taquillas y un pequeño mueble junto a ellas. Sobre el mueble hay varias cajas con ropa de quirófano verde en su interior. Me indica que me desnude completamente, dejándome solo las braguitas, y que me ponga una bata atada hacia adelante, unos patucos en los pies y un gorro cubriéndome el pelo. Dejo la ropa dentro de una de las taquillas y hago lo que me ha dicho. Salgo de la sala. La enfermera me está esperando. Me conduce por una serie de pasillos, atravesamos varias puertas, hasta llegar finalmente al quirófano donde se supone que me van a operar. Lo primero que veo es al anestesista sentado junto a la mesa de operaciones. Está de espaldas, pero sé que es él. Se da la vuelta, alertado supongo por el ruido de las puertas del quirófano al abrirse.
—Hola, María —me dice. Leva un gorro como el mío, pero azul, y una mascarilla tapándole la boca que hace que el sonido de sus palabras llegue a mis oídos algo amortiguado.
—Hola —contesto. Le sonrío, no tanto por cortesía como por los nervios.
Al entrar no me había fijado, pero hay más personas en el quirófano, cada una haciendo algo: colocando instrumental, tocando aparatos y cables, doblando sábanas azules…
—Túmbate, María, que voy a empezar a ponerte la vía —me dice el anestesista.
La mesa de operaciones no está muy alta. «Tendrá un mecanismo para subirla a la hora de operar», pienso. Me tumbo sobre las sábanas azules que recubren su superficie. La cabeza está un poco reclinada, algo que agradezco. El anestesista me acaricia el brazo izquierdo.
—Tranquila. Para ti será un segundo, un abrir y cerrar de ojos. Bueno…, en este caso al revés. —Sonrío. Me siento tranquila en este momento—. No te vas a enterar de nada. Ni siquiera cuando te ponga la vía. Te voy a poner un poquito de anestesia local —dice mientras me hinca una aguja pequeña en la muñeca, prácticamente imperceptible.
Miro hacia el techo. Además de las alargadas lámparas que hay incrustadas en el falso techo, un gran lámpara está suspendida sobre mi cabeza. Es un gran foco circular, que consta a su vez de muchos focos más pequeños, me recuerda a un ojo de araña.  Ahora mismo está apagada.
Miro hacia mi brazo. El anestesista ya me ha colocado la vía. Pienso en el frío que hace siempre en los quirófanos.
—¡Qué frío hace aquí!
El anestesista palpa con la mano la mesa de operaciones.
—¿No han puesto la manta de calor? Te la vamos a poner ahora mismo.
 Entre varios sanitarios me elevan como si estuviera hecha de plumas y me colocan debajo una especie de colchoneta negra que enseguida me empieza a producir un leve calor muy agradable. Enseguida comienzo a sentirme tremendamente relajada, y no sé si ha sido efecto del calor o de que ya me está haciendo efecto la anestesia, pero estoy hasta cómoda aquí, tumbada en la mesa de operaciones. Dejo de mirar al anestesista y fijo la mirada en el gran foco que tengo encima. No pienso en nada, mi mente se ha quedado en blanco. De pronto, una cara conocida se interpone entre el foco y yo. «¡El doctor Javier Ortiz!»
—¿Qué tal, María? —me pregunta. Su voz la escucho un poco lejos a pesar de estar a pocos centímetros de mí.
—Bien —logro decir. Estoy tan relajada que apenas puedo mover la mandíbula.
Empiezo a sentir sueño y su cara se me desdibuja por momentos. Sé que me está diciendo algo pero tengo tanto sueño que no consigo entenderlo bien. Parece que está feliz, está sonriendo.
—…una buena noticiaaaa, el resul… de la punción… negativooooo
«Negativo», repito en mi mente. Sonrío. Ahora mismo no siento nada. La cara del doctor Ortiz se nubla del todo. Dejo que mi cuerpo termine de relajarse y me dejo vencer por el sueño.


Continuará...

01 diciembre 2017

Habitación 604. Capítulo 8: Me siento fuerte.





Habitación 604
Capítulo 8: Me siento fuerte 

Son las 7 de la mañana. Respiro hondo y cierro la puerta de casa tras de mí. Me tapo la boca con la bufanda que llevo al cuello: hace frío, o al menos yo lo siento. Fran va delante de mí, a unos diez pasos, y lleva la pequeña maleta que hice ayer tarde con lo necesario: un pijama; zapatillas de casa; ropa interior para cuatro o cinco días; un neceser donde metí el cepillo de dientes, la crema facial y corporal, el desodorante y un peine; un par de libros; una carpeta con los informes médicos y las autorizaciones para la hospitalización; y por último, una buena dosis de resignación y toda mi esperanza.

«Ya ha llegado el día, por fin me van a quitar “esto” de mi cara, y aún no sé si es bueno o malo», pienso metiéndome en el coche.

Solo tenía catorce días para realizarme las pruebas. Además de la punción (PAAF), debía hacerme un TAC y las pruebas de la anestesia (analítica, electro y radiografía de torax). Las pruebas de la anestesia me las hice el día 30 de enero, y después los resultados se los tenía que llevar al anestesista que era el que las tenía que valorar, pero la cita para el anestesista me la daban para el día 9 de febrero, no había otra fecha antes, y eso era demasiado tarde.

Para el TAC no hubo problema, el día 31 de enero lo tenía hecho. Lo malo es que me dijeron que el informe con los resultados tardaría unos ocho días, por lo que hasta el día 8 de febrero no lo tendría. Otro inconveniente más, al que había que añadir que la fecha más próxima para realizarme la PAAF era el día 6 de febrero, a solo cuatro días de la operación, por lo que lo más seguro es que no estuvieran a tiempo los resultados de la malignidad o no del tumor. Ese mismo día 31, cuando terminé de hacerme el TAC, llamé a la consulta del doctor Javier Ortiz para informarle de los retrasos con las pruebas. Me indicó que del TAC solo pidiera el cedé con las imágenes para que él pudiera verlas y valorarlas. En cuanto al resto me aseguró que él se encargaría,  que haría unas llamadas a ver si se podían adelantar las citas tanto de la punción como del anestesista.

«No hay mucho tráfico a estas horas», pienso de camino al hospital. Conduce Fran. Vamos en silencio. Ni siquiera ha encendido la radio, como suele hacer, para escuchar las noticias de Ondacero. Por qué negarlo, estoy muy nerviosa, y me imagino que Fran también. Lo miro. Está absorto en la carretera. Me mira. Mantenemos la mirada unos segundos y vuelvo a mirar al frente.

—No te preocupes, María. Ya verás cómo todo sale bien —me dice mientras me acaricia la pierna.

Catorce días de llamadas y de idas y venidas al hospital y a la consulta del otorrino. Catorce días de incertidumbre y de nervios, de miedos y noches sin dormir, de pensar más de la cuenta y leer más de lo debido en internet. Catorce días de espera en los que también hubo momentos de esperanza, momentos en los que encerraba en lo más hondo de mi mente todos los malos pensamientos y generaba optimismo y fortaleza para aparentar una normalidad que no existía. Y es que es muy duro esperar un diagnóstico que no termina de llegar.

Ahora me siento fuerte, tengo que serlo. No sé aún si el tumor que tengo en la parótida es bueno o malo, pero… ¿y qué más da? Lo que sea ya es, independiente de que lo sepa o no.  Una amiga escritora y coautora de un libro de relatos, siempre me lo repetía: “Enfócate siempre en lo positivo, de esa manera lo atraerás”. “¿Para qué preocuparte por algo que aún no sabes, que no ha ocurrido?”. “Lo que sea ya es, no le des más vueltas. Respira hondo y piensa siempre en positivo”. Estrella Santamaría, se llama, es la canaria que rompió hace tiempo con la editorial. A pesar de no habernos visto nunca en persona, la siento cercana. Solo nos comunicamos por Facebook o wasap, pero sus consejos me llegan como si estuviera a mi lado. Ella pasó hace mucho tiempo por un trauma personal, la pérdida de un hijo, y ha aprendido a enfrentase a la vida de frente y a sobrellevar todo lo que se le venga encima de la mejor manera posible. Algunas veces sus consejos de positividad me funcionan y mi cuerpo y mi mente se relajan, pero otras, la mayoría, mi mente se resiste y pueden más los pensamientos negativos. Es una lucha constante entre la negatividad y el optimismo, que me llega a agotar físicamente.

Aparte de Fran, mi hermana y mis cuñadas, poca gente sabe la verdadera razón de la operación que me van a hacer. Ni mi padre, ni mis suegros, ni, por supuesto, mis hijos, conocen la verdad. Solo saben que me van a quitar el bultito que tengo junto al lóbulo de la oreja derecha. Lo demás, que es un tumor, que estoy esperando el resultado citológico de la naturaleza de ese tumor y las posibles secuelas de la operación, es un secreto que he querido guardarme. La única persona ajena a la familia que lo sabe es Estrella Santamaría. ¿Por qué se lo revelé? Porque necesitaba liberarme de alguna manera. Contarlo, desprenderme del secreto con otra persona suponía una forma de compartir los temores y las dudas como si de esa manera se hicieran más pequeños e irrelevantes.

Miro el reloj del coche: las 7:08h. «En un momento estaré en el quirófano, me dormiré y cuando despierte—pienso tocándome la cara— este maldito bulto ya no estará en mi rostro.» Eso es lo importante. Solo espero que el doctor sepa lo que tiene que hacer porque, según me indicó en la última consulta cuando le llevé los resultados del TAC, era fundamental conocer la naturaleza del tumor a propósito de la operación, ya que si el tumor es maligno, habría que realizar una parotidectomía total, extirpando también los ganglios anexos.

Aquel día, el doctor Javier Ortiz me dijo que la punción no se podía adelantar, que teníamos que esperar hasta el día 6 de febrero sin más remedio con lo cual no sabíamos si los resultados estarían para el día 10. Allí mismo, en su consulta, intentó sacarme una muestra del adenoma introduciéndome una aguja y aspirando.  

—No logro obtener casi material —decía mientras metía y sacaba la aguja dentro de la lesión—. Es un cuerpo demasiado sólido.

«¿Y eso qué significa?¿Eso es bueno o es malo? ¿Es un buen síntoma o por el contrario hay que preocuparse?» Me hacía un montón de preguntas, pero no abrí la boca. Me relajé y me dejé hacer. Ni siquiera me opuse a que me pinchara por miedo al dolor. Esa era, y sigue siendo mi prioridad, conocer qué hay ahí dentro.

El doctor preparó un portaobjetos con la muestra que me logró sacar con la idea de llevarla al laboratorio a ver si había suficiente material como para tener unos resultados fiables lo antes posible. No fue así. Tuve que esperar hasta el día 6 de febrero para que, en la consulta de Anatomía Patológica del hospital Vithas La Salud, me sacaran las muestras debidamente. Y de nuevo, un inconveniente: los resultados estarían al cabo de diez o quince días. Yo no tenía tantos días, en escasos cuatro días me operaban. De nuevo puse al doctor Javier Ortiz en aviso y me dijo que él se encargaría de llamar al laboratorio para que le dieran prioridad.

A esperar. Y cada día miraba el móvil unas mil veces por si tenía alguna llamada perdida de la consulta del otorrino o de cualquier otro número desconocido, pero no fue así.

Ayer por la noche, a eso de las 21:30h mis esperanzas de que me llamaran antes de la operación se agotaron. Y entonces por la cabeza se me pasaron varias opciones: «No están aún los resultados», «Ya lo sabe el doctor Ortiz, pero o bien se le ha olvidado llamarme o ya era demasiado tarde», «Los resultados son malos y no me lo dice hasta después de la operación»…, y, como si de atletas se trataran, lucharon las unas contra las otras por permanecer en la mente como la opción correcta.

No me gustaba estar sola. De hecho, he procurado estarlo lo menos posible, inventándome mil sitios a donde ir. Me levantaba, desayunábamos los cuatro juntos y cada uno a su tarea: Julia se iba al instituto, Pablo al colegio, Fran a su trabajo y yo…, yo me quedaba sola, escribiendo la segunda parte de la novela, que últimamente tenía abandonada, con la única compañía de mis pesadillas, hasta la hora del mediodía que era cuando llegan todos.

No escribía ni un párrafo entero cuando ya me tenía que levantar. No había manera de concentrarme y seguir el hilo de la historia que ya había desarrollado con anterioridad en forma de esquema en una libreta. Es mi forma de trabajo, siempre realizo un completo esquema con las distintas partes de la historia, que voy ampliando con detalles conforme avanzo en la novela. Fechas, nombres de personajes, ubicaciones, tramas…, nada dejo a la improvisación del momento, todo lo planifico con antelación, lo que no significa que mis personajes no tengan vida propia y cambien de vez en cuando el rumbo de la historia en alguna parte de la trama, pero para eso estoy yo ahí, para esquematizarlo y reorganizarlo todo de nuevo.

Por mucho que me exigiera a mí misma que debía continuar mi vida como siempre, cumplir con los plazos establecidos y programados por la editorial para enviarles la segunda entrega de la bilogía, no conseguía centrarme en mi trabajo. Me levantaba, hacía la comida y me tiraba a la calle. No soportaba estar metida entre cuatro paredes, sobre todo cuando aparecían esas horribles voces en mi mente y esos malos pensamientos.

Caminar es lo que más me aliviaba, conseguía relajarme después de una buena caminata por el campo y olvidarme un poco de la operación, los resultados de la punción y otras cosas, como el nódulo tiroideo que me han detectado en el TAC. Pero ahora no quiero pensar en eso. El doctor Javier Ortiz me ha asegurado que no guarda relación alguna con el adenoma, que es muy pequeño y que es algo muy frecuente en mujeres de más de cuarenta años. La verdad, es que en mi cabeza ya no cabe ninguna otra preocupación, es como un bunker, recubierto con una gruesa pared de acero impenetrable, a prueba para cualquier agresión externa, pero por la que tampoco puede escapar nada.

Salir a caminar me generaba una cierta sensación de liberación de todos los fantasmas de mi mente que, de alguna forma, seguían ahí, y siguen a día de hoy. El no saber si el tumor será bueno o malo, me genera tanta tensión y ansiedad que, a pesar de conocer de boca del propio doctor que me va a operar las posibles consecuencias negativas derivadas de la propia intervención quirúrgica, estoy deseando operarme de una vez.

En un principio, si todo sale bien, me van  a realizar una parotidectomía parcial. Se trata de una intervención quirúrgica donde se remueve el lóbulo externo de la glándula parótida, la glándula salival más grande que tenemos. Hasta ahí todo bien, si no fuera porque el nervio facial están íntimamente relacionado con esta glándula. Yo no quise ahondar más, me quedé en silencio, poco me importaban las consecuencias de la operación, solo quería sacarme de una vez el maldito bulto de mi cara, pero Fran quiso saber más y siguió preguntándole al doctor Ortiz.

—Entonces, ¿no se extirpa solo el tumor y ya está?

—No —contestó el doctor Ortiz categóricamente—. Hay que quitar el lóbulo externo necesariamente, porque si solo removemos la lesión para preservar toda la glándula, corremos el riesgo de que haya contaminación de células tumorales a otras partes.
»El nervio facial recorre la glándula y lo primero que hay que hacer es detectar el nervio y sepáralo de la glándula, algo extremadamente complejo y delicado.

Entonces, Fran hizo la pregunta del millón, la que yo debería haber realizado, y cuya respuesta ya me imaginaba.

—¿Y qué pasa si… si se corta el nervio facial?

—Esperemos que eso no ocurra.

—Pero… ¿puede ocurrir? —insistió Fran.

—Sí, es un peligro real. —El doctor Javier Ortiz miró a Fran a los ojos para explicarle con detenimiento las consecuencias de un posible daño en el nervio facial—. Vamos a ver, el peligro existe, por eso es una operación delicada y larga. Dura unas cinco o seis horas. Lo primero que hay que hacer es monitorizar el nervio para seguir su recorrido desde la base del cráneo hasta el final de su recorrido por toda la glándula parótida.
»El nervio facial se ramifica hacia el ojo, boca, oreja…, si cortamos una rama del nervio se paraliza la zona que inerve esa rama.

—Pero… si eso ocurre, si se corta el nervio facial o alguna de sus ramas, ¿es irreversible el daño? ¿No se puede reparar de alguna manera?

—Si seccionamos el nervio facial en su base y completamente, me temo que… el daño es irreversible. No hay rehabilitación posible. Pero —dice el médico sonriendo y mirándome fijamente—, hay que ser optimistas y pensar que eso no va a ocurrir. Las precauciones que se toman en la operación son extremas, por eso es una operación compleja y larga.

Yo escuchaba estoicamente. Las ganas de verme liberada del tumor fueron mayores que todos los inconvenientes que pudieran aparecer por el camino. El riesgo existe, sí, estaba claro, pero llegué a confiar tanto en el buen hacer del doctor, y a pensar que eso no me iba a pasar a mí, que las palabras me entraban por un oído y me salían por el otro sin que me perjudicaran de ninguna manera.  

—Mi única preocupación ahora mismo es la naturaleza del tumor, lo demás… —solté encogiéndome de hombros— es secundario.

Acabamos de salir del túnel del Serrallo. La iluminación del hospital me llama la atención. Ahora, en este momento, habrá personas que, como yo, estén llegando al hospital o que ya estén en él, para ser operadas; habrá gente en las habitaciones cada una con su problema, sus miedos y sus esperanzas. Y yo estoy aquí, con el mío y pienso que tengo que estar agradecida de la vida, pase lo que pase.

Me siento fuerte. No sé en qué momento mi mente cambió. Los paseos por el campo me ayudaron mucho para reaccionar de una vez y pensar en lo positivo. También me sirvieron para valorar más esas pequeñas cosas que pasan desapercibidas en la cotidianidad de nuestros días: la belleza de esa pequeña flor que crece junto a la carretera, la sonrisa de la gente al pasar, el color azul del cielo, un abrazo espontáneo de un hijo, el aire que respiramos… El verdadero valor es enfrentarse a lo que la vida nos pone por delante. Claro que hay miedo, y temor, y dudas, y momentos de bajón, es irremediable porque somos humanos, pero hay que luchar y ser fuertes.

Siempre pienso que no estoy sola, que habrá más gente que esté esperando un diagnóstico como el mío, pero también habrá mucha gente que ya lo tenga en la mano. Esta es una de las cosas que también me hizo reaccionar y cambiar la forma de pensar. «Yo no tengo derecho a estar así, pensando en qué tendré o dejaré de tener, lamentándome por los rincones, porque hay gente que lo está pasando realmente mal y está luchando con todas sus fuerzas.» Pablo Ráez, un chico malagueño que vi por casualidad en Facebook, está librando una dura batalla contra el cáncer. Su lucha está centrada además en conseguir que haya más donantes de médula y lo está consiguiendo.

Estamos entrando en el parking del hospital. Mi corazón se acelera. Resoplo. Internamente, me acabo de hacer una promesa: en cuanto esto acabe, y esté recuperada de la operación, voy convertirme en donante de médula, por él, por Pablo Ráez y su lucha, y por tantos otros enfermos que lo necesitan.

Los nervios se están apoderando de mí. Respiro hondo un par de veces. Pienso en mis hijos. Tengo que ser fuerte. Me siento fuerte.

Continuará...

24 noviembre 2017

Habitación 604. Capítulo 7: Hecha de papel de cebolla.



HABITACIÓN 604
Capítulo 7: Hecha de piel de cebolla


 
Dicen que la salud es lo más importante. Una frase hecha que no atendemos a su verdadero significado hasta que no forma parte de nuestro contexto, hasta que no pasa a ser nuestra meta futura. Y es que nadie es capaz de comprender mejor su significado como aquel que está enfermo.

Quiero ser fuerte. Quiero, al menos, aparentar esa normalidad con la que, hace unos días, antes de que todo esto me sucediera, afrontaba el día a día. Unas jornadas rutinarias y siempre maratonianas, pero felices. Siempre hay algún problema que resolver en la cotidianidad de nuestras vidas: una discusión con algún familiar, con algún vecino, o incluso con algún desconocido que nos increpa mientras conduce; algún contratiempo económico; malos resultados en las calificaciones escolares de algún hijo…, cosas normales que suceden, que se resuelven y pasan de largo igual que llegaron.

La cotidianidad, esa cualidad de nuestras acciones o gestos, se ha quedado atrás en mi caso. Yo lo siento así. Mi día a día ya no es el mismo, ahora lo paso pensando en una misma cosa: mi salud. Y, a partir de hoy, con la añadidura de la incertidumbre sobre las características citológicas de lo que hay dentro de mi bulto.

Me operan el día 10 de febrero. Así de rápido. El doctor Javier Ortiz me ha dado posibles fechas y me ha advertido de que cuanto antes me lo quite mejor; por supuesto, no me lo he pensado dos veces y le he dicho que me anote para la primera fecha disponible. «Sea lo que sea, no quiero esto en mi cara».

La semana pasada el aspecto de mi rostro no era el que tengo ahora. Ni siquiera me he maquillado las pestañas para venir a la cita con el otorrino. El espejo del rellano del edificio me devuelve una imagen ojerosa, grisácea y apagada de una María Estévez desconocida para mí y para todos. Las ojeras se han hecho fuertes en mi rostro y no quieren abandonarme. 

«Me encuentro mal», pienso mirándome en el espejo. No es que quisiera mirarme; más bien no he tenido elección: para salir del edificio donde se encuentra la consulta del Dr. Ortiz, hay que pasar por el rellano inevitablemente, a no ser que seas Superman o tengas la valiosa capacidad de volar, en cuyo caso podrás salir con facilidad por la ventana. El fastuoso espejo bien iluminado que cubre una de las paredes laterales del rellano te lo encuentras de sopetón, de frente, antes de girar y bajas tres escalones para acceder a la puerta de la calle.

Nunca suelo salir de casa sin al menos ponerme un poco de máscara de pestañas y colorete. El color de mi piel es muy pálido, cetrino para ser más precisa, y me gusta ese toque de rubor que tienen algunos rostros de manera natural y que dan sensación de buen aspecto. Ni siquiera en verano consigo broncearme la piel del rostro, claro que tampoco es que lo exponga mucho al sol: lo protejo bastante con cremas por eso de evitar el envejecimiento celular.

Es curioso, cuando hemos entrado al edificio, ni me he percatado del espejo. Seguro que mi hermana, con lo coqueta que es, se habrá mirado, igual que lo está haciendo ahora, para colocarse bien el pelo o la pashmina que lleva al cuello.

La clínica está situada en el primer piso de un edificio antiguo, de esos que aún tienen portero. Está en la avenida Dr. Ortiz, en honor del abuelo del Dr. Javier Ortiz, el otorrino que me va a operar. Es la primera vez que vengo a esta clínica, a pesar de que siempre he sabido de ella y de su relevancia. Y es que, pensándolo bien, también es la primera vez que acudo a una consulta de Otorrinolaringología. A decir verdad, en lo primero que pensé fue en un maxilofacial cuando supe lo que realmente tenía. La cirujana que vio los resultados me sacó de dudas y me aseguró que tanto los unos como los otros lo pueden operar.

Una chica rubia, con una tirante cola de caballo y de aspecto muy afable nos ha recibido detrás de un reducido mostrador con una amplia sonrisa. Después de dar mis datos y la tarjeta médica, hemos pasado a una sala de espera donde una docena de sillas pegadas a la pared, así como dos sillones de piel blanca nos invitaban a sentarnos y esperar. Estaba tan nerviosa por entrar a la consulta del recomendado doctor Javier Ortiz, de que me dijera con toda certeza que no tenía importancia el bultito de mi cara y que nada de lo que había leído en Internet era cierto que ni me fijé en que había más pacientes en la sala, y entré sin saludar. Mi hermana saludó por mí antes de sentarse y cogió una de las revistas que, sobre una mesa cuadrada de cristal y patas de mármol gris, había muy bien ordenadas.

Para mi pesar, no hemos entrado enseguida a la consulta, hemos tenido que esperar casi una hora hasta que me han llamado. Pero no me puedo quejar, todo lo contrario. Digamos que me han hecho un favor, gracias a la doctora Adela Martín, la cirujana que vio finalmente los resultados de la ecografía, y me han dado un hueco para este mismo día.

Esta misma mañana he tenido la cita con la doctora Martín. Ya sé que no es el mismo cirujano que me vio por primera vez y que mandó hacerme la ecografía, pero es que mi prisa porque algún médico valorase los resultados fue superior a mi sentido común. La cita para Cirugía General me la daban para primeros de febrero. Yo no podía esperar tanto tiempo, por lo que le dije al teleoperador que me atendió ese día que me la diese para cualquier otro cirujano que pasase consulta lo antes posible.

—La doctora Adela Martín la podría ver el día 27, a las 10:30h. —dijo el teleoperador finalmente después de unos minutos de espera.

—¿No hay un hueco antes? —insistí mirando el almanaque de la cocina.

—No, lo siento. Es lo más pronto que me sale.

—Vale. Está bien. Anóteme entonces para el 27.

Y ahí que estaba yo hoy, 27 de enero, media hora antes de la hora prevista, con los resultados de la ecografía en la mano, sentada en la sala de espera de la planta cuarta del hospital nuevo Vithas la Salud, junto a Fran, esperando para entrar en la consulta de la tal doctora Adela Martín.

La cirujana, una mujer muy joven y guapa nos recibió con un apretón de manos. Tomó la ecografía y comenzó a leer los resultados en voz alta, para pasar sin pausa y sin tapujos a aclararme todo lo que yo quería saber y más. Ha sido ella la primera que me ha dicho que, efectivamente, es un tumor de parótida, pero que en realidad no se puede saber con certeza que se trate de un adenoma pleomorfo hasta que no lo confirmen los resultados de la punción; también me dicho que hay que quitarlo cuanto antes porque aunque se trate de un pleomorfo, un tipo de adenoma benigno, es un tumor mixto, con capacidad de crecer con rapidez y malignizarse.

Me vine abajo. No lo pude evitar, tampoco es que quisiera hacer nada por evitarlo. Necesitaba llorar, expulsar de algún modo todos los nervios y la angustia que llevo dentro desde hace unos días. Lloré, gimotee, y ninguno de los dos, ni Fran ni la doctora Adela, dijeron una palabra en contra de mi reacción. Me dejaron que me liberara. Fran me abrazó pasados unos minutos, y la cirujana me agarró la mano que tenía apoyada en la mesa, la acogió entre las suyas y me dijo con voz pausada:

—Tranquila, a veces es bueno soltar lo que llevamos dentro.

Me tranquilicé. Respiré hondo y me sequé las lágrimas con un pañuelo de papel que me ofreció Fran. Volví a respirar y miré a la doctora con la intención de que me dijera qué debía de hacer entonces.

—El doctor Javier Ortiz es otorrino pero opera también la parótida. Es un gran profesional.

—Pensaba que tenía que ser un maxilofacial —solté.

—Sí, también. Pero te recomiendo al doctor Javier Ortiz —insistió sacando su móvil—. Voy a ver si… lo mismo puede verte esta tarde y que te dé su opinión.

La doctora comenzó a teclear algo en su móvil. A los pocos segundos sonó y descolgó. Comenzó una conversación con un tal Javier, que supuse sería el otorrino del que me hablaba, el doctor Javier Ortiz.

“¡Hola, Javier! ¿Qué tal va todo? (pausa) Pues ya ves, por aquí como siempre. Mira, te llamaba porque tengo ahora mismo en consulta una chica con un posible pleomorfo y…(pausa). ¿No me digas? (pausa). Sería un honor, ya lo sabes (pausa). Perfecto, entonces. Se lo digo. Un abrazo.”

—¡Hecho! Te va a ver esta misma tarde —me confirmó—. Aunque he hablado con él, le voy a escribir esta carta con mi recomendación… A la atención del doctor Javier Ortiz… —me decía lo que iba escribiendo en la carta.

«¡Genial!», pensé. Fran y yo nos miramos y le sonreí demostrando cierto alivio. Al menos las esperas serán menores, algo que ayuda bastante a la hora de mitigar los nervios.

«Menos tiempo para pensar.»

Mi reflejo en el espejo de la entrada se desvanece y con él los recuerdos de esta mañana: se han apagado las luces automáticas. Vuelvo al edificio de la avenida Dr. Ortiz. Mi hermana ha vuelto a encenderlas.

Mi hermana. La miro. Ella siempre ha estado ahí cuando me ha hecho falta y no sé hasta qué punto yo estoy a su altura, dudo mucho de haber cumplido con mi deber de hermana siempre que a ella le he hecho falta. Algunas veces los seres humanos somos muy egoístas y no nos damos cuenta de la importancia de ciertas situaciones hasta que no somos nosotros mismos los protagonistas. Hace unos meses mi hermana pasó por una situación similar a la mía: le detectaron un bultito en la mama derecha y le hicieron una biopsia. Yo fui con ella el día en que le sacaron la muestra. Al cabo de unos veinte días le dieron el resultado: benigno. Supongo que pasaría los peores veinte días de su vida, pero yo en ese momento no fui del todo consciente de la situación, es ahora cuando me doy cuenta de la angustia por la que tuvo que pasar.

Extrovertida, de carácter abierto y distendido, mi hermana siempre ve el vaso medio lleno. Es de estas personas atrevidas para todo y, quizá por ello, tiene facilidad para las relaciones sociales. Es divertida y jaranera, y actúa igual que piensa. En muchos aspectos, ella es el día y yo soy la noche. A mí me cuesta más entrar a la gente. No es que sea introvertida pero tengo más reparo a la hora de entablar una relación de cualquier tipo con alguien; soy más seria, ella dice que soy la que pone las cosas en su sitio cuando se tuercen, la que les coloco a todos los pies en la tierra. Mi hermana es la soñadora, la niña; yo soy la antítesis de mi hermana.

Durante el tiempo que hemos estado en la sala de espera del otorrino, no ha parado de mirar revistas y comentar las fotos con total tranquilidad. Sé que lo hacía para distraerme, para quitarle hierro a la situación. Yo miraba a lo que ella señalaba pero no estaba allí, estaba metida en otro mundo, uno mucho más triste, un mundo lleno de dudas, incertidumbre, miedos y a menudo pánico.

En la sala de espera hay un monitor en una de las esquinas en el que aparecen, en una columna de la derecha, los nombres de los pacientes que quedan aún por entrar y, en grande, a la izquierda, el paciente que entra o está en consulta. Al cabo de un buen rato, por fin mi nombre apareció bien grande a la izquierda del monitor. Me levanté del sillón y eché a andar hacia la consulta. Mi hermana me siguió como pudo cogiendo de un puñado el abrigo y el bolso que había dejado colgados de un perchero que había junto al sofá donde estábamos sentadas.

Al pasar por el mostrador de recepción, la chica me ha indicado que pase a la consulta 3.

Dos butacas frente a una maciza y vetusta mesa de madera, detrás de la cual, el semblante serio pero agradable del que supongo es el doctor Javier Ortiz me atraviesa nada más entrar en la consulta. Mi hermana y yo nos sentamos en sendas butacas.

—Cuénteme. ¿Qué le pasa?

—Hola. Esta mañana la doctora Adela Martín ha estado hablando con usted. Yo soy la paciente del adenoma —digo al mismo tiempo que le tiendo el sobre de recomendación junto con los resultados de la ecografía.

—¡Ah, sí! ¡Perdone! No me llegó a decir su nombre por teléfono. Sabía que iba usted a venir esta misma tarde pero como no sabía su nombre… Bueno —dijo abriendo el sobre a su atención y dejándolo en un lateral para pasar a ver los resultados—… vamos a ver qué tenemos aquí.

Primero se fijó en las imágenes ecográficas. Sus grandes ojos marrones pasaban de una imagen a otra con total serenidad, sin que pudiera advertir en ellos nada elocuente. Leyó por encima el resultado y me invitó a que pasar a otra sala donde me iba a explorar.

Me señaló una silla parecida a las de los dentistas. Me senté y eché la cabeza hacia atrás, pegada al cabecero, tal y como indicó. Con suavidad me palpó la lesión de mi cara. No me dolió. Me revisó también el interior de la boca ayudándose de una luz.

—Hace tiempo que me molesta un poco el oído, siento picor y escozor. ¿No puede ser una infección del oído y por eso me ha salido un bultito?

—No, qué va —dijo sonriendo, como si hubiera dicho una barbaridad—. Esto no tiene nada que ver con el oído. Efectivamente parece ser un pleomorfo, pero no lo puedo confirmar hasta que no hagamos la punción. Pasemos al despacho para hablar con más tranquilidad.

De vuelta a la butaca, el doctor me explicó que se trataba de un tumor de la parótida. Me dijo que la semana pasada operó uno y que la punción dio como resultado un adenoma pleomorfo, que es la forma más frecuente dentro de estos tumores. El doctor fue claro:

—En la ecografía no se puede detectar si en benigno o maligno. Lo siento. Para eso es necesario realizar una prueba que se llama PAAF, es una punción con una aguja fina con la que se extraen células de la lesión por aspiración.

Por ahora, nada nuevo que escuchar. No me ha dicho que fuera maligno, pero tampoco me ha dicho lo contrario. La duda sigue estando presente, y así he salido de la consulta: con una fecha concreta para la operación y la duda cosida en mi alma.

Paso de soslayo mis ojos por el espejo por última vez. No me gusta lo que veo. Mi estado de ánimo se refleja en él como si estuviera hecha de papel de cebolla.



Continuará...