16 octubre 2017

Habitación 604. Capítulo 3: Con las defensas bajas






Capítulo 3:
Con las defensas bajas

Solo cien metros separan la casa del coche y ya me arrepiento de haberme puesto el abrigo. Me lo quito y lo dejo en el asiento trasero antes de meterme en el vehículo. Para ser diciembre no hace excesivamente frío y eso que la humedad en Granada es baja: las lluvias siguen sin dar la cara.
Suelo dejar el coche aparcado en la acera de enfrente desde que lo compré hace tan solo dos años. Lo podría meter en la cochera, justo detrás del de Fran, pero no lo hago. La comodidad vence a diario a la sensatez y no puedo hacer nada por abandonar ese mal hábito. Supongo que la confianza en el próximo perdurará hasta que se demuestre lo contrario, como ocurre en tantos otros sectores de la vida.
Vivimos en una urbanización muy tranquila. Aquí todos nos conocemos y sabemos de qué pie cojeamos cada uno. Nunca hemos tenido problemas con ningún vecino, muchos de los cuales también presentan el mismo hábito que nosotros y dejan sus coches a dormir, viejos y nuevos, en la calle.
Conduzco yo. El Hospital Vithas La Salud no está lejos. Por la autovía llegamos en diez minutos. Por el camino nos vamos riendo, pensando en el día escogido para hacer la primera vistita al nuevo hospital. Un mastodonte de hormigón y cristales, bellamente iluminado, se deja ver nada más salir del túnel del Serrallo. Un gran edificio de fachada oscura que han construido sobre un monte y que hace que pienses en si no habría otra ubicación mejor para construirlo. Pero vamos, que no es por quejarme, a nosotros nos viene muy bien el lugar elegido por los responsables del grupo Vithas para construir el nuevo hospital, bastante mejor que la anterior ubicación tanto por distancia como por accesos.
Fran lleva el dedo vendado torpemente y a la ligera: no había tiempo de esmerarme. La sangre no se cortaba, y a la vista de cómo lleva el vendaje de manchado, sigue sangrándole la herida. A diferencia de mí, él ni se ha acordado del abrigo, solo lleva el forro polar sobre una camiseta de manga corta y un pantalón de chándal.
El calor me golpea la cara nada más atravesar las puertas automáticas de urgencias. Me quito el abrigo de nuevo, pensando en que debería haberlo dejado en el coche. Una iluminada sala se abre delante de mis ojos. El verde limón de las sillas contrasta con el blanco de paredes, techo y suelo. Hay muy pocas libres. La sala está llena de gente, la mayoría sentada, esperando su turno para entrar a consultas o acompañando a los pacientes.
—¡Y eso que es Nochebuena! —le comento a Fran, sorprendida.
Después de pasar por recepción para dar los datos nos sentamos a esperar a que nos toque como el resto de gente que hay allí.
—Creo que esto va para largo.
Fran se encoge de hombros. Se presiona contra el pulgar un puñado de gasas que le han dado en el control.
—Lo mismo me llaman pronto al ver que esto no para de sangrar.
—Apriétate fuerte.

Hemos subido desde el parking directamente al hospital, desconociendo que existe un acceso directo a la zona de urgencias, pero eso nos ha servido para conocer un poco las instalaciones. En la planta 1 está la recepción de pacientes y el punto de información. Supongo que en plantas superiores estarán las consultas y las habitaciones. Desde la planta 1 del hospital hay acceso a la calle y también a urgencias.

Las cristaleras, tanto de la zona de urgencias como del hospital, me permiten ver el interior de la planta 1 sin levantarme de la silla. Una escalera de hormigón serpentea hacia arriba suspendida en el aire. Me pregunto de qué manera se mantiene. Me coloco la mano sobre la mejilla derecha, pensativa. Me vuelvo a notar el bultito de la cara.

Lo único que me faltaba es que empezara a crecerme —pienso en voz alta.
Fran me mira ese lado de la cara.
—No se te nota nada —dice negando con la cabeza.
—No sé, quizá son cosas mías, pero creo que me ha crecido. No está muy profundo pero… Iré a que me lo vea D. Eloy primero a ver qué dice él.
No tardaron mucho en llamar a Fran. Le dieron un par de puntos de sutura en el dedo después de que varios sanitarios hicieran los correspondientes chistes con eso del jamón: que si qué hacía usted cortando tan pronto jamón, que si se podría usted haber acordado de mí y haberme traído un poquito, que si patatín que si patatán… El caso es que, en la primera visita al nuevo hospital, Fran no se fue demasiado contento: se quejó varias veces al médico de urgencias que lo atendió de la escasa movilidad del dedo desde el momento del corte, pero no le hicieron demasiado caso por no decir ninguno.

La Nochebuena ha pasado sin más pena que gloria. La cena, la televisión, la cháchara y… cada uno para su casa. Como todos los años, una noche más en la que comemos y bebemos demasiado. Y todo eso lo hacemos por tradición, porque sí, porque parece que si se no se hacen excesos esa noche no es Nochebuena. Para mí, dejando a un lado la anécdota del corte del dedo de Fran, que ha alterado un poco la inercia de la Navidad, es una noche cualquiera llena de recuerdos encarnados de momentos vividos con mi madre que ya no volverán.

El día 26 siempre hacemos un viaje. Este año hemos vuelto a irnos unos días a Madrid. A los niños les encanta el ambiente que se vive esta época en la capital, con su plaza Mayor llena de puestos de adornos de Navidad, bolsas de cotillón, gorros, disfraces…, y esos vendedores de bombetas que salpican la plaza de punta a punta y recargan el ambiente con su repetitivo pregón. Bullicio, luces de colores, hordas de gente, bares llenos a rebosar, música, compras y más compras…, todas esas cosas me recuerdan que estamos en una época especial del año, en la que parece que nunca hemos comido, ni salido, ni reído, ni comprado; una época de aparentar tener, de aparentar vestir, de aparentar ser feliz, de aparentar que te gusta la Navidad.

De un tiempo a esta parte, las sensaciones se mezclan en mí cuerpo como en un cóctel mal agitado: unas veces  estoy eufórica, otras me vengo abajo con el más mínimo recuerdo. Mira, en eso le parezco a mi hija y su montaña rusa. En mi caso no son las hormonas. Algunas veces creo que le doy demasiadas vueltas a las cosas y que debido a eso tengo las defensas por los suelos, llegándome a afectar todo demasiado, lo bueno y lo malo. Luego están las circunstancias que me rodean: la salud de mi padre, mi precaria situación en la literatura y, ahora este bultito en la cara, que me está empezando a preocupar, y es que cada día que me lo toco parece que haya crecido un poco más. No sé, solo de pensar que me tengan que hacer un corte en la cara  para quitármelo me da algo. Ya tengo la piel bastante marcada debido al acné que padecí en mi juventud como para que ahora me hagan otra cicatriz.

Este mes de enero también lo tengo cargado de citas médicas. El dedo de Fran sigue sin recuperar la movilidad. Durante una revisión de los puntos le dieron cita para que se lo viera el traumatólogo y valorara la posible pérdida de movilidad. La cita nos la han dado para el día 11 de enero a las 10.30, en el nuevo hospital, así que de nuevo lo vamos a visitar. Por la tarde también voy de médicos, esta vez con Julia, al dermatólogo, para la revisión del tratamiento  antiacné que se está tomando desde hace dos meses. Ese día lo aprovecharé para pedir cita para el cirujano. ¡Ah!, que no os lo he contado, ¿verdad? Me he quedado más tranquila con lo del bultito. Don Eloy, el médico de cabecera, le ha restado importancia. Según él se trata solo de una concentración de grasa, y eso que ni me lo ha tocado. Me ha dicho que pida cita al cirujano por si tuvieran que extirparlo, y que ahora que está pequeño es mucho mejor de quitar, desde el punto vista estético, que si fuera más grande.

Los días van pasando, uno tras otro. Pasó Nochevieja igual que pasó Nochebuena. Una cena de Fin de Año como otra cualquiera. Nada que resaltar: comer, beber, doce uvas, brindar, seguir bebiendo, bailar un poco, programas de televisión, sueño, dormir… No nos damos cuenta, pero el mundo gira rápido cuando echamos la vista atrás. Parece que fue ayer y ya estamos de vuelta a la normalidad. Julia y Pablo, hoy, 9 de enero, vuelven a su rutina escolar y yo, en mi casa, escribiendo la segunda parte del libro sin muchas ganas de hacerlo y es que, aunque haya acabado la Navidad, sigo con las defensas bajas.

 Continuará...

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