13 diciembre 2017

Habitación 604. Capítulo 9: Me dejo vencer por el sueño.



Habitación 604
Capítulo 9. Me dejo vencer por el sueño

La planta primera del hospital está desierta. No hay nadie aún en la recepción de admisión de pacientes. Son las 7:25 de la mañana, demasiado temprano.  «En la Ronda Sur no suele haber tráfico y menos a esas horas. Con que salgamos a las 7.30 llegamos a tiempo.», me había advertido Fran varias veces. Tenía la operación programada para las 8 de la mañana y no quería llegar tarde y estar con nervios añadidos. «Más vale llegar con tiempo, y esperar allí, que ir con prisas.», respondía yo. Así que aquí estamos, sentados en una hilera de sillas junto al mostrador de recepción, esperando a que llegue alguien.
Estoy nerviosa, mis manos tiemblan descontroladamente, pero estoy feliz, porque dentro de unas horas estaré libre, por fin, del tumor. Sea cual sea su naturaleza, ya no estará en mi cuerpo. En estos momentos no pienso en los resultados de la punción, esa preocupación que tantos malos momentos me ha dado en estos últimos catorce días, ha quedado relegada a un segundo plano dentro de mi mente, y eso hace que me sienta con una gran fuerza interior y no sé muy bien de dónde ha salido.
Tenía dos posibilidades, operarme lo más pronto posible o ir poco a poco para ver cómo evolucionaba el tumor. Hacer la punción, ver si es maligno o benigno tranquilamente y, en función de eso, tomar las medidas más pertinentes. Desde el primer momento tuve la cosa clara: coger el toro por los cuernos y lanzarme al ruedo. No le temí nunca a las posibles complicaciones derivadas de cualquier operación, tampoco dudé de mi decisión cuando supe de los efectos colaterales de una parotidectomía. Siempre lo tuve claro, y en estos momentos, a escasos minutos de meterme en un quirófano, mi determinación sigue siendo la misma. Ya no hay marcha atrás.
Abro la cremallera frontal de la maleta y saco una carpeta con las autorizaciones para la hospitalización. Prefiero tenerlas a mano.
Es viernes. Hasta el lunes o el martes no me darán el alta, eso me dijo el doctor Ortiz. Miro a Fran, está sentado a mi lado. Mueve la pierna repetitivamente mientras lee algo en el móvil. «Estupendo plan para pasar un fin de semana en pareja», pienso con ironía.
—¡Tranquila, cariño! —me dice, y me abraza acercándome hacia él.
No me he puesto el reloj, tampoco los pendientes. No me lo han dicho, pero sé que no se puede llevar nada metálico al quirófano, por eso del bisturí eléctrico o algo así.
—¿Qué hora es? —le pregunto.
—Van a dar las menos cuarto —dice mirando detrás de mí.
Me vuelvo. Acaba de entrar una pareja por la puerta de la calle. Es un muchacho joven, unos veinticinco, con cara de susto, «seguro que también viene a operarse de algo», y una mujer mayor con una bolsa de deporte,  que parece ser la madre. Nos miran y se acercan a nosotros con intención de preguntarnos algo. En ese momento sale por una puerta de detrás de recepción una mujer joven. Lleva un traje de chaqueta azul marino, no sé si de falda o de pantalón, solo la veo de cintura para arriba. Supongo que es una administrativa del hospital. Me levanto y me acerco al mostrador, sin dejar de observar sus movimientos.
—En un minuto les atiendo —dice la chica de recepción mirando alternativamente a la pareja que acaba de entrar y a mí.
La madre y el chico joven se detienen junto a la hilera de sillas. Nos saludan y les devolvemos el saludo. El chico se sienta, echa el cuerpo hacia atrás y resopla con los ojos muy abiertos. Cruzamos las miradas unos segundos, pero suficientes para sentir nuestro temor en los ojos del otro, y consolarnos mutuamente sin palabras, gracias a la empatía.
La chica de recepción nos llama. Le doy toda la documentación que llevo. Me hace una serie de preguntas sobre mis datos, dirección, documento nacional de identidad, número de tarjeta sanitaria..., y me da una serie de papeles para firmarlos. «Los consentimientos y la información sobre los posibles efectos adversos de la operación.», supongo. No los leo, los firmo todos y se los entrego.
—Pues esto ya está listo —dice la administrativa después de cumplimentar todos los requisitos. El corazón me acaba de dar un vuelco—. Suban a la tercera planta y entreguen esto en la recepción que hay allí.
Tomamos el ascensor hasta la tercera planta. Fran me agarra la mano y nos miramos. Un intenso deseo de llorar me sobreviene. Trago saliva y respiro hondo. Consigo que se me pase. Debo ser fuerte. Junto a la recepción de la tercera planta están las puertas de acceso a los quirófanos. Precisamente ahí dentro, en una sala anexa, fue donde el anestesista, un hombre de unos cincuenta años, con una barba entrecana muy espesa y voz dulce, me hizo el favor —gracias al doctor Javier Ortiz— de atenderme y ver las pruebas de la anestesia sin cita previa. Acababa de salir de una operación: llevaba aún la mascarilla colgando sobre su pecho y un gorro azul colocado en la cabeza. Me invitó a que me sentara mientras él se desprendía de esas prendas de protección y se lavaba las manos.
Las pruebas estaban perfectas. Me midió, me pesó y, después de indagar un poco sobre mi historial médico: intervenciones quirúrgicas, enfermedades, procesos crónicos…, me hizo la pregunta perfecta.
—¿Alguna duda sobre la operación o sobre cualquier otra cosa?
Por supuesto que tenía dudas. Me lo explicó todo de tal manera que sentí al instante una gran tranquilidad. Todos mis miedos y dudas sobre la anestesia y el proceso en sí de la parotidectomía se evaporaron y dejaron paso a la confianza. Ese médico me produjo un sentimiento de confianza tan alto que me sentí protegida, una especie de sentimiento paternal como cuando era pequeña y tenía miedos nocturnos y llegaba mi madre a arroparme y a decirme palabras de cariño. Ahora sé que ese momento también influyó en mi cambio de pensar. Ese fue otro de los motivos que me hizo engendrar fuerza y valor para enfrentarme a lo que la vida me tuviera preparado.
Acabo de entregar en el mostrador la documentación que me han dado abajo, en la primera planta. Me dicen que me siente, que en cuanto el doctor Javier Ortiz les avise me dirán que pase.
Nos sentamos en la fila de sillas que hay enfrente del mostrador. No estamos solos, la pareja de madre e hijo también han llegado. Pienso en mis hijos. «Si me pasara algo… Son demasiado pequeños para vivir sin una madre…» Los pensamientos negativos no han tardado mucho en aparecer.  El pesimismo y la desesperación se apoderan de mí, me devoran la confianza y la seguridad que había logrado reunir. Soy débil ahora mismo, indefensa como un pájaro herido, permeable a cualquier miedo o duda y a los malos pensamientos.
Anoche, después de cenar, los dejamos con mi cuñada Elena. Yo me quedé en la casa. Fue Fran quien los llevó. Le di un beso a cada uno y ellos me correspondieron con un abrazo. Hoy es viernes. No van a poder ir a clase. Ya estoy deseando de verlos y abrazarlos.
Fran me agarra la mano y la sujeta entre las suyas.
—Estás temblando.
—Tengo frío —le digo mirando nuestras manos unidas.
«¡Tengo miedo!», me gustaría gritar. Estoy temblando de miedo. Miro hacia las puertas grises de los quirófanos. Están quietas. Ni un solo movimiento: nadie sale, nadie entra. Trago saliva y respiro bien hondo.
—Todo va a salir bien. Relájate, María.
—Tengo miedo, Fran.
—Ya lo sé, cariño. —Me abraza—. Es normal, pero debes relajarte. Piensa en los niños, en mí, piensa en… cosas bonitas, alegres. Además… que te digo yo que todo va a salir bien. —Me sonríe.
La sala de espera empieza a llenarse de gente. Acaban de entrar dos mujeres, una más joven que la otra, y un hombre. La joven no para de hablar con sus dos acompañantes. Se ríe, se toca el pelo llevándoselo hacia un lado. Me fijo en ella: se sienta, mueve las piernas, se levanta. Parece nerviosa, pero se la ve feliz, como si estuviera a punto de salir a un escenario a cantar. «Parece que ella no es la que se va operar. Lo mismo es el chico que va con ella o la mujer mayor», me digo. La chica joven se vuelve a sentar, ahora en otra silla, junto a un macuto azul deportivo, lo abre y saca una goma del pelo, se recoge el pelo en una coleta baja de manera informal.
—¿María Estévez? —Una voz pronunciando mi nombre me saca del entretenimiento momentáneo en el que estaba sumida y que ha hecho relajarme al menos unos minutos.
El corazón me da un vuelco y miro hacia las puertas grises. Me levanto de golpe de la silla. Una enfermera con un pijama verde y gorro del mismo color está entre las dos puertas del quirófano, mirándome. Fran se levanta, me mira. En sus ojos puedo ver inquietud, desasosiego. Su abrazo me reconforta y su “Te quiero” me da la fuerza necesaria para caminar hasta esas puertas y adentrarme en el interior.
La enfermera me dirige hacia una sala no muy lejos de las puertas de entrada, donde hay unas taquillas y un pequeño mueble junto a ellas. Sobre el mueble hay varias cajas con ropa de quirófano verde en su interior. Me indica que me desnude completamente, dejándome solo las braguitas, y que me ponga una bata atada hacia adelante, unos patucos en los pies y un gorro cubriéndome el pelo. Dejo la ropa dentro de una de las taquillas y hago lo que me ha dicho. Salgo de la sala. La enfermera me está esperando. Me conduce por una serie de pasillos, atravesamos varias puertas, hasta llegar finalmente al quirófano donde se supone que me van a operar. Lo primero que veo es al anestesista sentado junto a la mesa de operaciones. Está de espaldas, pero sé que es él. Se da la vuelta, alertado supongo por el ruido de las puertas del quirófano al abrirse.
—Hola, María —me dice. Leva un gorro como el mío, pero azul, y una mascarilla tapándole la boca que hace que el sonido de sus palabras llegue a mis oídos algo amortiguado.
—Hola —contesto. Le sonrío, no tanto por cortesía como por los nervios.
Al entrar no me había fijado, pero hay más personas en el quirófano, cada una haciendo algo: colocando instrumental, tocando aparatos y cables, doblando sábanas azules…
—Túmbate, María, que voy a empezar a ponerte la vía —me dice el anestesista.
La mesa de operaciones no está muy alta. «Tendrá un mecanismo para subirla a la hora de operar», pienso. Me tumbo sobre las sábanas azules que recubren su superficie. La cabeza está un poco reclinada, algo que agradezco. El anestesista me acaricia el brazo izquierdo.
—Tranquila. Para ti será un segundo, un abrir y cerrar de ojos. Bueno…, en este caso al revés. —Sonrío. Me siento tranquila en este momento—. No te vas a enterar de nada. Ni siquiera cuando te ponga la vía. Te voy a poner un poquito de anestesia local —dice mientras me hinca una aguja pequeña en la muñeca, prácticamente imperceptible.
Miro hacia el techo. Además de las alargadas lámparas que hay incrustadas en el falso techo, un gran lámpara está suspendida sobre mi cabeza. Es un gran foco circular, que consta a su vez de muchos focos más pequeños, me recuerda a un ojo de araña.  Ahora mismo está apagada.
Miro hacia mi brazo. El anestesista ya me ha colocado la vía. Pienso en el frío que hace siempre en los quirófanos.
—¡Qué frío hace aquí!
El anestesista palpa con la mano la mesa de operaciones.
—¿No han puesto la manta de calor? Te la vamos a poner ahora mismo.
 Entre varios sanitarios me elevan como si estuviera hecha de plumas y me colocan debajo una especie de colchoneta negra que enseguida me empieza a producir un leve calor muy agradable. Enseguida comienzo a sentirme tremendamente relajada, y no sé si ha sido efecto del calor o de que ya me está haciendo efecto la anestesia, pero estoy hasta cómoda aquí, tumbada en la mesa de operaciones. Dejo de mirar al anestesista y fijo la mirada en el gran foco que tengo encima. No pienso en nada, mi mente se ha quedado en blanco. De pronto, una cara conocida se interpone entre el foco y yo. «¡El doctor Javier Ortiz!»
—¿Qué tal, María? —me pregunta. Su voz la escucho un poco lejos a pesar de estar a pocos centímetros de mí.
—Bien —logro decir. Estoy tan relajada que apenas puedo mover la mandíbula.
Empiezo a sentir sueño y su cara se me desdibuja por momentos. Sé que me está diciendo algo pero tengo tanto sueño que no consigo entenderlo bien. Parece que está feliz, está sonriendo.
—…una buena noticiaaaa, el resul… de la punción… negativooooo
«Negativo», repito en mi mente. Sonrío. Ahora mismo no siento nada. La cara del doctor Ortiz se nubla del todo. Dejo que mi cuerpo termine de relajarse y me dejo vencer por el sueño.


Continuará...

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Tu opinión cuenta. Déjame un comentario.