20 enero 2014

Esa delgada línea





 (imagen de Google)

Nunca he pensado en ella como ahora. Cuando se es joven ese inevitable acontecimiento se ve tan lejano que piensas que nunca te va a tocar a ti. Y, sin embargo, caminamos desde que nacemos hacia ella como el que camina incrédulo hacia un abismo, y al llegar al filo, se da cuenta que existía de verdad, que no era una falacia.


Son tantas las cosas que he dejado sin hacer… El mes pasado le envié una carta a un antiguo amor que nunca califiqué de imposible. Siempre he preservado en mi corazón ese rayito de esperanza que te agranda el alma, que te conserva eterna la ilusión a pesar de los años, a pesar del silencio y del paso del tiempo.

“Mientras hay vida hay esperanza”. Eso dicen y eso siempre he creído.


¡Vida!


Hace una semana recibí respuesta, pero no era ella la que escribía, sino su hijo. Ahora, y solo ahora, soy consciente de la imposibilidad de su amor. De su amor terrenal, claro, porque ¿quién sabe si al atravesar esa delgada línea ese rayito de esperanza de mi corazón se convierte en amor eterno?


¡Muerte!


Tengo ciento dos años. Mi debilitado corazón, mis ajadas manos, mis languidecidas piernas..., todo mi cuerpo se relaja conforme avanzo hacia ese ineludible acontecimiento. Es curioso, siempre me la había imaginado vestida de negro, con su túnica, su capucha y su espadaña. ¡Es mentira!


Hoy ha venido a buscarme mi madre. ¡Hacía tanto tiempo que no la veía!


Hoy atravieso con ella esa delgada línea que separa la vida de la muerte.




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14 enero 2014

Beso




BESO
(Un poema de Adán de Marías)


voy corriendo a tu encuentro
haciendo saltar la respiración

el pulso agitado
y los brazos como remando
ante la sorpresiva entrada
de un viajero amanecer

la boca abierta de los deseos  
corriendo presuroso y descalzo
como un desesperado animal del amor

fuertemente abrazados
en ese breve espacio afectivo
donde todo desaparece
y solo quedamos tú y yo

te entrego amor mío la delineada forma de mis labios
en tu boca la sonora humedad
se cierra con un beso


©  Adán de Maríass

11 enero 2014

Año nuevo... libro nuevo

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Año nuevo... libro nuevo.  

La vida tal cual es un libro de relatos de actualidad, de sucesos reales que los he convertido en ficción a través del cuento. 

Hay muchos lectores, e incluso escritores, que no le dan la importancia que se merece a este género literario.El relato o cuento es complicado, no por ser corto quiere decir que sea de menor calidad o que tenga menor importancia que una novela. El relato, un buen relato, es un género difícil porque hay que saber muy bien cómo se cuenta la historia, qué palabras utilizar en cada momento, qué ritmo debemos marcar en función del tipo de historia, del tiempo en el que se desarrolla... La novela te permite más confusión de personajes, más divagaciones en su desarrrollo por el simple hecho de ser más larga. 

Según Cortázar, el relato debe tener: intensidad, tensión y significación. 

Un relato ha de ser corto, breve pero intenso. Hay que eliminar todo lo que sobra y dejar solo lo importante para lograr esa intensidad de la que hablaba Cortázar. En un buen relato el lector no respira, está en tensión hasta el final. 

El relato debe introducir al lector en la historia que se está contando, debe atraparlo y para ello es muy importante el ritmo general y de cada párrafo. 

Un buen relato nunca está acabado, siempre hay que dejar esa puerta abierta al final para que la imaginación del lector se cuele. Esto es la significación, debe contar algo, debe emocionar y debe hacer pensar más allá de su lectura.

Esa es una de las principales características de los relatos de La vida tal cual, esa puerta que dejo abierta para que el lector también participe en su desarrollo. Una especie de conexión entre la mente del escritor y la del lector.

Andrés Neuman, narrador y poeta hispano-argentino, del que he aprendido mucho, dijo en una ocasión que "El cuento es el género que mejor sabe guardar un secreto". Ese secreto lo debe descubrir el lector, debe hacerle indigar, reflexionar sobre lo poco que ha leído.

El cuento o relato está en concordancia con los tiempos en los que vivimos. Sus mejores carácteristicas, la velocidad y la condensación de la historia. En La vida tal cual he plasmado 30 relatos cortos, veloces e intensos, que hablan de la condición humana, del miedo, del amor, de la traición, del odio, de la solidaridad... Y no he tenido que recurrir a artificios, me he basado en la realidad, en noticias reales que han aparecido en los periódicos. Son metáforas de la sociedad en la que vivimos. 

En definitiva, la vida tal cual.





05 enero 2014

El Pianista






Un relato de 


Abrí la puerta de la habitación, ahora en penumbra como mi alma, y que tantos momentos felices me dio entre sus paredes. Desde el umbral, contemplé las pesadas cortinas que cubrían el gran ventanal que daba al jardín. Me desplace para descorrerlas y un luz cegadora, deslumbró mi rostro haciéndome gritar; “No Quiero Luz!!!” … “no… quiero… luz”… me oí a mí mismo repetir entre sollozos, mientras soportaba que aquel torrente de luz bañara mi derrota. - Giré la cabeza, y lo vi. Ahí seguía.
Estaba tan hermoso como lo recordaba. De caoba, brillante, negro como el azabache. Me acerqué y deslicé mi mano con dificultad para acariciarlo. Miré a mi alrededor para asegurarme que nadie vería aquellas lágrimas rebeldes que brotaban impúdicas por mis ojos, ahora estáticos en un punto indefinido del resplandor de aquello que un día fue mi vida.
Levanté con dificultad la tapa, apareciendo las inmaculadas teclas del piano que, brillando en su sonrisa irónica, me saludaron con la frialdad del amigo que te ha dado la espalda y ya no lo esperas. O peor aún, no esperas ya nada de él, porque te ha abandonado.
 Notaba el corazón acelerado! ¡¡Mi pulso en las sienes a punto de estallar… Dios mío!! Agaché la cabeza en una oración de despedida, dejando caer inertes mis manos en el teclado, incapaz de nada más. Por unos instantes mis ojos fijaron su rabia en aquellos miserables dedos que debían moverse a mis deseos… y ya no querían hacerlo.
El reluciente brillo del mueble devolvía mi imagen de perdedor de la vida. Aquella que yo mismo había borrado de sus ilusiones, de sus risas. La que había apagado con el alcohol y estúpidamente, con mi imprudencia temeraria al volante de mi condena de muerte en vida.  
Diez segundos de recuerdo, antes de desvanecerme entre amasijos de hierros, y tres meses en un hospital, entre la compasión, y también el desprecio de las gentes que me atendían o venían a verme. Unos y otros supieron de mi altivez, ahora derrotada, en las revistas que se ocupaban de mi carrera, pero también de mis despropósitos.  
Afortunadamente, en aquél último, iba yo solo. Peor aún, llevaba de copiloto mi condición de estrella mediática intocable, a la que el destino le era fiel en sus triunfos y popularidad.
¡El destino!… cruel paradoja a la que nos referimos cuando nuestros estúpidos actos entorpecen nuestro propio camino.
Una mueca que quería ser sonrisa, intuí dibujada en la cara al recordar mi último concierto en Nueva York. Largas filas de gente para sentir y ovacionar las emociones que transmitían mis veloces dedos sobre el estático teclado que yo hacía vibrar ¡¡Volar!!
Por unos segundos, mi mente estaba en el concierto… saludando, estrechando manos, recibiendo felicitaciones que apenas oía desde mi desdén, por acostumbradas. Por repetitivas.
¡¡Cuán equivocado estaba! Adónde habían ido ahora. Miré a ambos lados buscando un escenario, espectadores, ¡Flores!!... Aquellas flores que me entregaban lindas muchachas, orgullosas de hacerlo en cada concierto.
¿Dónde estaba mi fervoroso público? ¿Adónde mi galanura? ¿Adónde mi arte?
La voz de mi madre me volvió a la realidad. Su tono dulce, abatido, llegaba a mis oídos como algo lejano entre las sombras de mis pensamientos.
-          ¡Anda, hijo, el doctor ha venido.
Me volví a mirarla con ternura. Su sonrisa de madre, hizo brotar, tímida, la mía de hijo agradecido. Todo mi mundo ahora, estaba encerrado en esa sonrisa. Quizá el accidente me había reseteado de nuevo, al menos en mi cerebro, recuperando los valores importantes que nunca debí dejar de lado. Los auténticos.
Asentí en silencio, y haciendo girar la silla de ruedas, me dirigí hacia la puerta, no sin antes, escuchar una melodía que provenía del piano. Me volví, y allí estaba yo, mirándome a mí mismo, como un nivola inmerso en mi propia tragedia, tecleando a Bach. Quizá después de todo, pudiera seguir siendo músico. Aunque fuera sólo en los recuerdos. Esos que perduran por encima del individuo.
Salí de la habitación, mientras mi madre cerraba la puerta tras mi paso. Su dulce caricia en mi cuello, hizo que sintiera un leve estremecimiento por el costado derecho de mi cuerpo.  Quién sabía si un día la ciencia…