09 marzo 2016

El acuerdo de la vergüenza

Foto: google

Largo es el camino y larga es la espera. El cansancio se nota en cada suspiro emitido detrás de la valla de concertinas que separa Grecia de Macedonia. Miradas vacías, condenadas a la tristeza y a la desesperación de un futuro incierto, que no se vislumbra por más que se empeñen. Esos ojos que miran más allá del horizonte están gritando el horror vivido mientras esperan algo que ya parece imposible: la apertura de la frontera.
Todas esas personas que esperan, ¿conocerán ya el destino que les aguarda? ¿Alguien les habrá informado que no van a abrir la frontera entre Grecia y Macedonia, que su futuro pasa por Turquía, que van a convertirse en moneda de cambio? No creo que tengan esa información, o lo mismo sí. Si no les llega el agua suficiente para calmar la sed, ni las mantas necesarias para protegerse del frío, ¿cómo les va a llegar esa información? Sería una crueldad, pues a la ansiedad sufrida por la incertidumbre se uniría el pánico de ser devueltos a un país que, según la ONU, vulnera los derechos humanos.
Y es que a la Unión Europea se le ha ocurrido la gran idea de conversar con Turquía para quitarse de encima el "problema" de los refugiados sirios. No hay nada ratificado aún pero el principio de acuerdo no tiene desperdicio. Entre otras brillantes propuestas está la del retorno a Turquía de los refugiados que llegan a Grecia y que esperan hacinados en los campos de refugiados a que las fronteras se abran. Con esto solo ya nos estamos saltando a la torera derechos tan fundamentales como el derecho de asilo de todo individuo que huye de las consecuencias de una guerra civil en su país.
Somos así de eficaces, ¡qué le vamos a hacer!, y nos queremos quitar el "muerto de encima" trasladando nuestras fronteras exteriores hasta Turquía. Qué bien, ¿no? Y Turquía que no es tonta saca provecho: 3000 millones de euros que ya pedía, más otros 3000 millones de euros adicionales por las molestias causadas por la puesta en marcha de la nueva propuesta. Pero no solo pide dinero, también la libertad de los turcos de viajar a la UE sin necesidad de visado y reabrir las conversaciones para la inclusión de este país en el bloque. Como dicen en mi pueblo, nadie da duros a dos pesetas.
Todo esto me parecería bien si estuviéramos hablando de cajas de pescado, o de sacos de patatas..., pero resulta que estamos hablando de personas, de seres humanos con derechos, de niños que sufren, de mujeres, de padres de familia, de gente que estaba tan tranquila en sus casas, como lo podemos estar nosotros, que tenían sus trabajos, su vida, y que se han visto en la necesidad de echarse a correr con lo puesto, ante el miedo de que les caiga una bomba sobre la cabeza, en el menor de los casos, o de que le cercenen el cuello, en el peor.
Está claro que entre esas personas alguien malintencionado se puede colar, pero ¿solucionamos algo si trasladamos el problema a Turquía, si expulsamos en masa a todos, a los buenos y al que se haya colado y que no es tan bueno?
Estamos asistiendo al mayor éxodo de refugiados desde la II Guerra Mundial, una grave crisis humanitaria de la que no tiene la culpa la UE como tampoco tienen la culpa los sirios de la guerra civil de su país. Creo que no es un problema de unos pocos, precisamente de los que limitan con los países en conflicto, es una cuestión que debería ser resuelta por la Comunidad Internacional.
Estamos tan acostumbrados a estas noticias que ya no nos llaman la atención. Miramos para otro lado o nos encogemos de hombros. No se nos ocurre decir nada mejor sino frases de este tipo: ¿Y qué le vamos a hacer?... ¿Y dónde vamos a meter a tanta gente?... Pues que se aguanten en su país... Aquí no queremos a musulmanes... Pues acoge tú en tu casa a una familia, tanto que los defiendes....
No sé cual es la solución, no me dedico a la política ni tengo tan brillantes ideas como Merkel, Davutoglu y compañía, pero lo que sí es seguro es que no conseguiremos "frenar", como dijeron los Veintiocho en la reunión de Bruselas, el flujo de inmigrantes y refugiados hacia Europa cerrando fronteras e instalando vallas cada vez más mortíferas, sin tener en cuenta los valores ni los derechos humanos, solo llevados de la manos de los intereses políticos. 
No se le puede poner vallas al miedo ni a la desesperación. Mientras haya guerra va a haber flujo de migrantes forzosos.
Si algo hay que frenar eso son las guerras, atajar el problema de raíz, todos sabemos que las tiritas se terminan cayendo.

04 marzo 2016

El camino



Hoy os comparto El camino, un microrelato de Guillermina Jiménez Pérez.


Era a esa hora del día cuando la luz no es luz ni sombra. Caminaba imbuido en mis pensamientos. Una voz a mi lado me preguntó:
 
¿Adónde vas? 
 
Me volví.  No había nadie, y seguí caminando. «Serán cosas mías», pensé.  
 
No había andado mucho cuando la voz volvió a preguntarme que adónde iba.
 
Me detuve, miré hacia atrás y no había nadie. Pensé que sería el murmullo del viento, y seguí caminando. 
 
De nuevo la voz se hizo presente:
 
¿Adónde vas? insistió.
 
Me gire rápidamente para sorprender a quien me hablaba. No había nadie pero yo seguía oyendo la voz:
 
¡Te has equivocado de camino!  
 
¿Quién eres para saber que me he equivocado? ¡Déjate  ver!  
 
En él te aguardo. Me verás cuando llegues. 
 
¿Si yo quisiera seguir caminando por este?  ¿Quién eres tú para decirme cuál debo de tomar?  
 
No preguntes, estoy cansado de esperar.  
 
Seguí caminando sin escucharle.
 
Mis pies se precipitaron.
 
La sombra de la noche cayó rápida.
 
El camino empezó a oscurecerse.
 
No estaba ya el suave viento que me envolvía.
 
Las hojas oro de los arboles caían como lluvia.
 
El duro polvo del camino fue deshaciéndose y cegaba mis ojos.
 
Un fuerte viento empujo mi cuerpo en otra dirección… como una hoja de papel.