02 julio 2018

Reto: reducir los plásticos en nuestra vida


El sábado pasado leí una noticia que, aunque necesaria, creo que es insuficiente para reducir el uso y consumo (excesivo) que hacemos de los plásticos. Y es que desde este domingo pasado ya se van a empezar a cobrar también por las bolsas de plástico ligeras en los comercios. 

¿Y cuáles son esas bolsas ligeras a las que se refiere la noticia?
Las bolsas de plástico se clasifican, según su peso, en tres grandes categorías: las muy ligeras (menos de 15 micras), que se utilizan para productos de higiene, frescos o a granel, como frutas, carne o pescado; las ligeras (menos de 50 micras), que se entregan de forma gratuita en muchos comercios; y las gruesas (más de 50 micras), por las que los comercios cobran una pequeña cantidad y que se suelen reutilizar. 

Se trata de una medida transitoria porque lo que se pretende es que se eliminen estas bolsas de la circulación en 2021.

Desde mi punto de vista la medida está bien pero se queda corta para remediar el daño que estos productos hacen en el medioambiente y en nuestra salud, por lo que me he planteado un reto: eliminar de mi vida a los plásticos en la medida de lo posible. Sé que es un reto difícil ya que si nos fijamos en nuestro alrededor veremos que en nuestra vida cotidiana estamos rodeados de plásticos, desde envases como el detergente, botellas de agua, geles de baño..., pasando por las bolsas de plástico, bandejas de fruta, recipientes de cocina... y terminando por bolígrafos, muebles de jardín, juguetes, piezas de electrodomésticos, de vehículos... La lista sería interminable. 



Creo que la reducción de estos productos por parte de los consumidores es la mejor medida para reducir el daño que al medioambiente producen los plásticos. Claro que también está el reciclaje. En mi cocina hay un cubo de basura amarillo destinado a los envases de plástico y nada más llegar del supermercado lo lleno hasta arriba debido a la cantidad de envases desechables y completamente innecesarios que traen algunos alimentos, como son por ejemplo las frutas y verduras. 

En la mayoría de los casos el reciclaje consiste en la separación de los distintos tipos de plásticos y en la incineración, que genera gases tóxicos. La reutilización también es eficaz, por ejemplo, ciertos envases como los del yogurt se pueden utilizar para manualidades de nuestros hijos, al igual que las cápsulas del café que sirven incluso para hacer collares y pendientes.

Pero, a pesar de todas estas medidas, la problemática de qué hacer con el exceso de estos materiales en nuestros hogares se podría acabar con la reducción a la hora de la compra. Vivir sin ningún tipo de plástico en nuestra casa suena a utopía. Yo llegaría al súper con mi recipiente de cristal y lo rellenaría de detergente, o de gel, o de champú, pero desafortunadamente no se puede. He oído hablar de ciertos comercios ecológicos donde esto es posible, pero son pocos y no en todas las ciudades existen. 



Hasta que podemos hacer estas acciones, que serían ideales, podemos intentar hacer otras más asequibles, más a nuestro alcance. Por ejemplo, podemos fabricarnos nuestras propias bolsas de la compra con retales de tela que seguro tenemos por casa, o incluso volver a las de papel, un material mucho más fácil de reciclar y menos contaminante; usar botellas de agua de cristal en lugar de las plástico, algo que nuestra salud nos agradecerá; utilizar maceteros de barro en lugar de los de plástico para nuestras plantas, que además son más bonitos; utilizar recipientes de cristal para guardar los alimentos en lugar de tupper o fiambreras de plástico... y, por supuesto, algo de lo que podemos prescindir en nuestras vidas es a los envases que en algunos supermercados presentan las frutas y verduras, siempre es mejor comprarlos a granel y llevárnoslos a casa en nuestra bolsa de tela.

Bueno, ¿qué os parece el reto? Yo creo que es asequible y que merece la pena hacer el esfuerzo por nuestro medioambiente y nuestra salud.

Os dejo, que voy a fabricarme mi bolsa de tela para las frutas y verduras y... ya sabéis, os reto a hacer el reto conmigo. ¿Os atrevéis?

¡Saludos!



25 junio 2018

Una ligera mano de pintura a la inmigración


El domingo pasado, como una especie de anticipo o minicumbre al Consejo Europeo que se va a llevar a cabo el próximo jueves, 28 de junio de 2018, se reunieron de manera informal los mandatarios europeos --bueno, todos no-- para acercar posturas sobre el tema de la inmigración. Y como era de esperar no se ha llegado a grandes acuerdos.



Y mientras se discute sobre el tema en despachos climatizados, otro barco cargado con "carne humana" como ha declarado el líder italiano Salvini, en concreto con 224 migrantes rescatados frente a costas libias, está navegando por aguas del mediterráneo sin que ningún puerto cercano les tienda la mano.



Lo del Aquarius fue una autentica revolución, una noticia de llegada de migrantes que asaltó los medios de comunicación, pero no nos equivoquemos, están llegando prácticamente todos los días migrantes a las costas del sur de España en pequeñas embarcaciones procedentes del norte de África, o bien asaltando las vallas de Ceuta o Melilla. Pero es que antes del Aquarius hubo más llegadas y más crisis humanitarias. Todos tenemos en la retina el naufragio de cientos de imigrantes en el Mediterrámneo en 2013 y su rescate y llegada a la isla italiana de Lampedusa.


Estamos ante una auténtica crisis humanitaria que comenzó, no ahora, sino hace ya bastante tiempo, como vemos, y a la que los líderes europeos en conjunto no le buscan solución. Se conforman con soluciones individuales, a caso una ligera mano de pintura para tapar el óxido que hay debajo de todo este asunto.

Ya lo he dicho más de una vez, la inmigración es como un iceberg: solo vemos la parte que aflora, una minúscula porción de hielo en comparación con todo lo que hay debajo. Detrás de todas esas imágenes de migrantes llegando en pateras o en grandes bracos de rescate está el origen de estos movimientos forzosos. Sí, forzosos, porque nadie se atreve a tirarse al mar y a enfrentarse a días de auténtica agonía si no es porque en tierra están peor. 

La solución no es blindar las fronteras, tampoco se consigue mucho abriendo las puertas, --algo de lo que estoy completamente de acuerdo desde el punto de vista de los derechos humanos y que siempre he respetado--, porque aunque sepan que la travesía es dura, que el Mediterráneo se traga a miles de ellos en su intento cada año, aunque dejen atrás su vida, su familia, su tierra, a pesar de todo eso, seguirán viniendo, sencillamente porque en sus países de origen hay miedo, hambre, violencia, guerras inhumanas, torturas..



Y ahí, en el origen y en los países de tránsito, cuna de las mafias de tráfico de personas, es donde deben hacer los esfuerzos los líderes de la UE por atajar el problema de la inmigración, todo lo demás es un lavado de cara, una ligera mano de pintura a la inmigración.

16 mayo 2017

Reseña de Me cambiaría por ti


Me cambiaría por ti, es un libro que sorprende. De esos que no te esperas lo que verdaderamente atesora. A pesar de conocer que es autobiográfico y que, como suele ocurrir en estos géneros, la realidad, la mayoría de las veces, dura, te hace presagiar que alguna lágrima va a rodar por tus mejillas, jamás me inaginé la dureza de la realidad vivida por Esther Santana, autora del libro. 
Como madre que soy pienso que la pérdida de un hijo es algo antinatural y, por lo tanto, debe ser complicado de soportar y, ya ni digo, de superar. 
Me cambiaría por ti, está escrito de manera epistolar, através de un diario que Esther iba escribiendo en aquellos momentos de incertidumbre y complicados durante la enfermedad de su hijo, desde que nace hasta el desenlace final.
No hay florituras ni añadidos, solo realidad, vivencias del día a día, tal cuales ella las sentía en ese momento. Una transcripción literal de un diario que te romperá en muchas ocasiones el corazón, otras veces sentirás rabia y a veces alería con cierta dosis de esperanza.
Me cambiaría por ti es un libro que puede ayudar a muchos padres que estén pasando por ese mismo trauma a soportar un poco mejor el duelo, a ver la vida de otra manera y a soportar el dolor de la pérdida de un hijo.
Su escritura es sencilla, clara y amena. Recomiendo leerlo porque creo que es imprescindible para valorar muchas cosas a las que no damos importancia. Yo lo he leído en papel, pero también lo puedes encontrar en formato digital en Amazon. Abajo pongo el enlace para su descarga. 
Enhorabuena, Esther, por este libro tan maravilloso. 


29 marzo 2017

Yo fui víctima de un troll


Mi historia comienza con una relación de apoyo como escritora. Esa persona apoyaba mi obra literaria compartiendo en Facebook y tuiteando contenido que sobre mis libros yo hacía en Redes Sociales. Un apoyo incondicional, sin pedir nada a cambio, hasta que un día nos intercambiamos los teléfonos y aquella relación online pasó, en cierto modo, a ofline. 

Prácticamente todos los días, escuchaba aquella voz de señora mayor contándome toda su vida e interesándose por la mía y por mis libros como si fuera lo mejor que había leído en su vida. En aquellas llamadas también criticaba y tiraba por los suelos a otros escritores a los que también apoyaba en redes. Enardecía mi faceta de escritora como si fuese lo mejor de todo lo que había leído.

No me gustaban aquellas conversaciones, pero siempre que me llamaba descolgaba el teléfono y dejaba que hablara, algunas veces más de una hora, sobre ella y sobre los demás. Al ser una mujer mayor, jubilada, y con mucho tiempo libre pensaba que se sentiría útil ayudándo a los escritores y de alguna manera, me sentía en la obligación de contestar. Era como una especie de tasa a pagar por su fiel apoyo en redes sociales. 

Hasta que mi paciencia dijo !Basta!, entonces dejé de contestar al teléfono y a los wassaps. Eso a ella nunca le gustó, y algunas veces, al ver que no cogía el teléfono, me llamaba insistentemente una y otra vez hasta que descolgaba y me hablaba en tono enfadado por no haberle contestado la primera vez. 

Dejé de frecuentar las RRSS y eso tampoco le gustaba, me decía que estaba despreocupándome de mis libros y que eso una escritora que se precie no lo podía hacer. Comenzó entonces a infravalorar mi escritura. 

Empecé a preocuparme y me di cuenta de que aquello era un acoso en toda regla. Y un buen día decidí no volver a cogerle el teléfono. Ese día sonó el teléfono fijo y el móvil más de 50 veces. Pero ya no lo descolgué. Los indultos por el wassap comenzaron a aparecer pronto, entre los que se colaron alguna que otra amenaza, advirtiéndome de que yo no era nadie para no contestarle al teléfono y que no podía pasar de ella. Pero lo hice, y su amenaza se hizo realidad metiéndote en mi cuenta de Amazon y haciéndose pasar por mí. 

Esta señora conocía mi contraseña, y por supuesto, mi email. Por aquel entonces usaba la misma para mí página de Facebook y para mi cuenta de Amazon, contraseña que ella conocía porque había sido administradora por un tiempo de la página. Hizo una escabechina en mi cuenta, empezando por quitar comentarios de cinco estrellas a libros que yo había leído, poner otros de una estrella cambiando mi nombre, hasta, lo más grave de todo, anular la venta de uno de mis libros. 

En fin, toda una venganza por haber dejado su "amistad", si es que se puede llamar a eso así. Una maravilla de amistad la de esta señora, que no voy a decir su nombre porque yo no soy tan mala como ella, a pesar de que ahora me consta que está haciendo lo mismo con otros/as escritores/as, primero té gana con sus halagos y después, te hunde.

Mi historia es un caso de acoso a cara descubierta, que finalmente no ha llegado a más, esta señora ya ha salido de mi vida, afortunadamente. Pero cuidado a quien confías tu amistad porque puede salirte caro. 


26 enero 2017

Todo cambia


Siempre es un placer y un honor colaborar en un blog, pero en este caso la satisfacción es mayor, si cabe, porque su dueño, Juan Antonio González Ruiz-Henestrosa, ha estrenado nuevo blog y me ha pedido que estrene yo una de sus secciones. El blog se llama Tarayuela, un blog de letras, de artículos, de relatos..., pero sobre todo, un blog de sentimientos.

Podéis leer mi colaboración, de título Todo cambia, entrando en el blog Tarayuela o pinchando en la imagen.

https://juanantoniogonzalez.wordpress.com/2017/01/25/todo-cambia-2/
 

27 diciembre 2016

Un lobo con piel de cordero

Cuando crees que ya estás curado de espanto te ocurre algo que supera con creces todo lo anterior. Os digo esto porque yo tenía una amiga en la que confiaba tanto que nombré durante un tiempo administradora de mi página de facebook y, por supuesto, conocía la contraseña (la misma que uso para la cuenta de amazon y para el correo electrónico). Esta señora, y digo señora porque ya es mayor, me ha ido pisoteando poco a poco, casi sin yo detectarlo. Primero puso en el cielo mis libros, hacía propaganda de ellos, me llamaba por teléfono; más tarde empezó a despreciarlos de manera sutil, a los libros y a mí. Todo lo que decía yo, ella lo contradecía, yo nunca llevaba razón, la soberbia le impedía darme la razón en nada. Yo soy humilde y reconozco mis errores, pero ella pretendía hundirme. 

Me llamaba casi todos los días y me obligaba a devolverle la llamada porque si no se enfadaba. Cada vez que me llamaba hacía sentirme tan mal en ese aspecto que decidí espaciar esas conversaciones. Ella me llamaba una y otra vez, al fijo y al móvil, si no contestaba me enviaba un wassap enfadada,  obligándome a llamarla cuanto antes. 

Un día, una seguidora mutua de tuitter,  de la que hacía tiempo que no sabía nada me envió un MD diciéndome las lindezas que iba hablando esta señora de mis libros (por cierto, algo muy común en ella: a mí también me hablaba mal de otros) y que tuviera cuidado con ella. Un buen día, decidí no cogerle más el teléfono, entre otras cosas no me apetecía hablar con una persona que me hacía sentir tan mal. Me envió mensajes de wassap obligándome a llamarla. Le contesté contándole lo que me había dicho la seguidora de twitter y se puso como una fiera (ahí ya se le cayó la piel de corderito y empezó a verse su verdadera imagen). Me dijo que yo no era nadie, que de ella nadie pasaba y que me iba a enterar de dejar de ser su amiga (tengo los mensajes guardadados, por supuesto). A eso no le di mayor importancia hasta dos días después. 

La tarde del día 25 de diciembre recibo un mensaje de una escritora diciéndome que le faltaba la opinión que le puse en el libro que tiene en amazon y que le parecía raro que yo hubiera hecho algo así. Esta chica, recién publica y solo tienía mi opinión. Efectivamente, al día siguiente entro en amazon y me encuentro que ya no estaba la opinión de cinco estrellas que en su momento le puse. Me meto en mi cuenta de amazon y ¡ohhhhh! yo ya no era yo, mis comentarios estaban firmados con otro nombre, había comentarios eliminados en libros que recuerdo perfectamente haber comentado y, lo peor, había comentarios nuevos, en total 5, tres de una estrella, uno de dos y uno de cinco. Esos escritores ya están al corriente de lo ocurrido excepto dos que me han bloqueado y no tengo manera de contarle lo que sucede. Por ahora no puedo demostrar quién ha entrado en mi cuenta y se ha hecho pasar por mí, pero blanco y en botella, ¿no? 

Amazon ya está al corriente de lo sucedido y fueron ellos los que me aconsejaron que cerrara la cuenta y volviera a abrirme una nueva, por supuesto eso he hecho, y también con mi página y con la cuenta de gmail. Lo de los comentarios no me afecta tanto, porque mi conciencia está muy tranquila. Menos mal que Elisa me avisó y confió en mí, no como otros que a la primera me han puesto de envidiosa y me han bloqueado. En fin, allá ellos. Lo que sí me afecta y mucho es que la señora, mi querida "amiga" no contenta con hacerse pasar por mí, se ha atrevido a anular la publicación de los libros autopublicados que aún tenía en amazon, se trata de los cuentos educativos. Solo se ha quedado el que tengo con editorial y porque ese no lo puede tocar desde mi cuenta cuenta de KDP. 

A mi querida "amiga" decirle que lo he puesto en conocimiento de la policía y que no pienso parar hasta saber la IP desde donde me han hecho la escabechina en la cuenta de amazon. Pienso llegar hasta el final. De esto, desgraciadamente, solo saco una conclusión, y es no fiarme de nadie tanto como para darle mis claves. Y a los/as que me han insultado, desconfiado y bloqueado no les voy a decir nada porque no merecen la pena, bueno sí, darles un consejo: preguntad primero antes de insultar a la ligera y sed un poquito más humildes para no creerse tan importantes como para pensar que el mundo está pendintes de vosotros. En fin, como he dicho, no merecen la pena. 


31 octubre 2016

La última noche (Concurso Historias de miedo de Zendalibros e Iberdrola)





Germán siempre ha tenido miedo a la oscuridad. No lo podía evitar. A pesar de la edad, de saber que la oscuridad no hace daño, que no contiene monstruos ni criaturas extrañas ni malvadas —como así les decía a sus dos hijos cuando eran pequeños—, cada noche sentía un escalofrío que recorría todo su cuerpo cuando se apagaba la luz del dormitorio y aparecía la oscuridad, la confusión y el silencio. Germán miraba debajo de la cama disimuladamente para que Patricia, su mujer, no se diera cuenta de la estupidez que estaba haciendo. Tenía la certeza de que no se iba a encontrar nada raro, quizá unas cuantas pelusas si miraba detenidamente, aun así se asomaba, formaba parte de su “ritual del sueño”.
Ya sé que puede parecer ridículo, que a un adulto como Germán no le podían estar pasando esas cosas, que eso solo ocurre cuando eres niño y que con los años se va pasando, pero era irremediable. El miedo se apoderaba de él —o de su imaginación— con tanto afán que llegaba a ver claramente sombras en las sombras, puntos diminutos de luz blanca moviéndose a su alrededor, bultos con forma de silueta humana…  Cerraba fuertemente los ojos, pero su oído se agudizaba y comenzaba a escuchar todo tipo de ruidos: pasos que se acercaban cada vez más, el susurro de una respiración justo a su lado, el sonido de lo que parecía el roce de un cuerpo arrastrándose por el pasillo. Se imaginaba incluso que la oscuridad se concentraba delante de él y se convertía en un ser horrible que se lo tragaba. A veces, la desesperación que su quimera le provocaba era tal que encendía de un manotazo la lámpara de su mesita de noche —no sin antes tirarla—, se sentaba en el borde de la cama envuelto en sudor y, con los ojos casi salidos de las órbitas, escrutaba todos y cada uno de los rincones que pudiera haber en la habitación y en el trozo de pasillo que la abertura de la puerta le permitía ver. Patricia, alertada por los ruidos, se despertaba, lo observaba durante unos segundos con pena e impotencia y le daba un beso para, seguidamente, recostarlo de nuevo en la cama, como si de un niño se tratase, abrazándolo hasta el amanecer.
Germán conoce a la perfección la raíz de ese vergonzoso mal que lo atormentaba noche sí, noche también: su padre y su cinefilia. Era rara la noche en que su padre no llegara con una película de miedo para verla en el recién comprado vídeo VHS, sin detenerse a pensar que un niño de 9 o 10 años no es apto para empaparse de escenas tan sangrientas y repugnantes como las que se sucedían en Carrie o en El día de los muertos o en Zombie; ni tan macabras como las que se podían vivir en El resplandor o en El abominable Dr. Phibes o en Hellraiser.
Ahora, Patricia ya no está para calmarlo; se fue para siempre del lado de Germán hace dos años. Ya no tiene que disimular a la hora de aquietar sus temores nocturnos con un grito, ni molesta a nadie si un día decide dormir con una luz encendida. Ya no, pero da igual porque, últimamente, no se asoma debajo de su cama. El sueño y el cansancio comienzan a aparecer cada vez más pronto, sus ojos se cierran y se abren despacio, con parsimonia, como si estuvieran siguiendo el ritmo de Audrey Hepburn y su Moon river en Desayuno con diamantes. A Germán le encanta esa película, no en vano la habrá podido ver unas veinte veces a lo largo de sus 68 años de vida. Muchas son las veces en que, recostado en su cama, la ha vuelto a ver, escena por escena, en su memoria que permanece intacta, no así su cuerpo que cada día se degrada más y más y se encuentra a merced de su incurable enfermedad.
Germán ha heredado de su padre la pasión por el cine, sí, pero no por el mismo género y tiene motivos suficientes para llegar a odiar como lo hace las películas de miedo, por banales que sean. Desde que su padre murió, siendo él un adolescente, nunca más ha vuelto a ver una cinta de miedo, ni siquiera un capítulo de una serie de misterio pero, a pesar de los años transcurridos, los recuerdos le perseguían sin descanso y, en su cabeza, seguía resonando el horrísono ruido que hacía aquella esfera metálica voladora persiguiendo al protagonista de Phantasm por un frío pasillo de un tétrico panteón o el estridente sonido que hacían las uñas desesperadas de aquellos nauseabundos zombies cuando arrancaban de cuajo las puertas y las ventanas de las casas para comerse los cerebros de los vivos en aquellas sangrientas escenas de La rebelión de los muertos.
Últimamente, Germán está demasiado agotado para acordarse de esas horribles escenas y es algo que, aunque parezca una actitud propia del desafuero y el masoquismo, agradece de alguna manera. Ya no se acuerda cuánto tiempo lleva acostado, ni siquiera sabe exactamente qué hora es. Lo único que le importa es respirar y descansar. Su cuerpo le pide a gritos fundirse plácidamente en esas sábanas blancas que cada dos días le cambia Rafaela, la cuidadora que también se encarga de bañarlo, darle de comer y afeitarlo, siempre con cariño y delicadeza.
Ayer tampoco vinieron sus hijos a verlo. Pero le dio igual, porque ayer fue la única noche que no sintió miedo cuando vio aquella intensa luz en el pasillo, sino paz y sosiego. Cerró sus ojos y no escuchó pasos acercándose ni el susurro de una respiración justo a su lado. Aquella última noche escuchó su nombre.
 —¡Germán!
—¡Patricia! Gracias por venir a buscarme.