23 mayo 2018

Habitación 604. Capítulo 15: Lo prometido es deuda.



HABITACIÓN 604

Capítulo 15: Lo prometido es deuda

Es martes, catorce de febrero de 2017, es el día de San Valentín. María tiene el alta en la mano, se va por fin del hospital. El pequeño Juanito lleva desde ayer en cama, se le han bajado las defensas otra vez y hoy ha amanecido con algo de fiebre. Sobre la mesita, la cámara de fotos inmóvil aguarda a que su dueño la vuelva a usar, igual que todos los que se arremolinan alrededor de la cama del pequeño. 

María recuerda la última vez que esa cámara capturó una imagen suya. Fue la tarde del domingo. Fran estaba a punto de irse pero antes le preguntó a Juanito si quería que le hiciera una foto a los dos, a María y a él. María siempre recordará ese momento. 

María se acercó a Juanito y se sentó junto a él en el sofá. El niño sonrió, una sonrisa abierta, clara y luminosa, como un día soleado, y colocó el dedo pulgar hacia arriba. María lo miró de soslayo y también levantó el dedo pulgar mientras una espontánea sonrisa afloró en su boca.

«¿Dónde está hoy aquella sonrisa?», se pregunta María con demasiado mal sabor de boca. Se marcha en el justo momento en que empeora el estado de salud de su pequeño amigo. No sabe si volverá a verlo algún día y eso le produce un gran malestar y agrava la pena que siente en ese momento. En el fondo le gustaría pedirle a la madre el teléfono, una dirección…, o bien apuntarle el suyo en un trozo de alguno de esos papeles del alta que lleva en la mano. Nada de eso hace. Por un lado le gustaría seguir manteniendo el contacto con Juan José, el pequeño Juanito, que la ha conquistado por completo, y por otro, no se siente con la confianza necesaria para inmiscuirse en algo tan personal.

María Luisa, la madre del pequeño Juanito, se presentó en la habitación de María aquella tarde en la que el pequeño la visitaba por primera vez. Muy tranquila, y como si aquella acción la hubiera realizado en más de una ocasión, María Luisa tocó con los nudillos la puerta abierta de la habitación de María antes de decir con exagerado deje cariñoso:

—¿Dónde está mi pequeño granujilla?

El pequeño Juanito dejó la cámara en el sofá, primera vez que la soltaba en todo el rato que llevaba allí, y se lanzó como un poseído a abrazar a su madre, como si llevara una eternidad sin verla.

María Luisa, una mujer delgada y alta, caminaba hacia su hijo como si flotara en el aire, sus cansadas piernas tenían que resistir un poco más, solo un poco más. Llevaba el pelo rizado recogido en una coleta baja, que a María le pareció que se la acababa de hacer por la cantidad de mechones sueltos que chocaban en su cara, y tenía la piel tan pálida que, en algunos lugares, como en las sienes, se le transparentaban los capilares y azulaban la zona. A pesar del inevitable cansancio, que unas impertinentes ojeras no se cansaban de revelar, a María Luisa se la notaba feliz, al menos en ese momento a María le parecía que lo estaba: su sonrisa, su brillo en los ojos, su aparente energía a la hora de hablar, su entusiasmo de estar junto a su hijo, lo dejaban claro.

—¡Hola! —saludó María a la madre.

—¡Hola! Me llamo María Luisa, soy la madre de Juanito —se presentó mientras se acercaba a María —. Perdone, pero este granuja —dijo mirando al niño con una tierna sonrisa— es de todo menos tímido. ¿La ha molestado demasiado? —quiso saber observando el vendaje en su cabeza.

—No, para nada. Todo lo contrario. Ya le he dicho a Juanito que puede venir cuando quiera. —Miró al pequeño y prosiguió frunciendo el ceño—: esto es tan aburrido, ¿verdad?

—No sabe cómo se lo agradezco.

María Luisa le pidió a su hijo que se despidiera de su amiga que ya estaba la cena en su habitación. El pequeño Juanito se despidió de María con una nueva foto y con un ¡Hasta mañana!

Una vez fuera de la habitación, la madre se agachó y le dijo algo al niño. María observó que María Luisa vuelve a entrar.

—Gracias, de verdad.

—No tiene por qué. Es un encanto de niño, y muy educado.

—De todas formas, le agradezco que hable con él y lo distraiga. Aquí las horas son más largas, ya sabe. Yo, desgraciadamente, no tengo todo el tiempo disponible para estar aquí, debo trabajar… mi sueldo es el único dinero que entra en casa y no puedo hacer otra cosa.

—No se preocupe, aquí está bien atendido.

—Sí, eso lo sé, pero le falta mi presencia y, créame —le confesó con los ojos empañados—, sufro mucho por ello, pero… no puedo hacer nada. A veces doblo turnos, como hoy para estar con él toda la noche y la mañana siguiente.

—Supongo que será muy duro…

—Lo único que me reconforta y me deja algo más tranquila, es saber que Juanito es un niño muy resuelto, que enseguida saca amigos hasta de debajo de las piedras. Pero, sé que también puede ser un poco pesado y… si está usted cansada o no tiene ganas de… —dijo volviendo a mirar el vendaje de la cabeza de María— se lo dice y no pasa nada, que vuelva en otro momento.

—Sí, no se preocupe. Pero estoy bien, me gusta su compañía y no es una molestia en ningún sentido. Esto es solo una pequeña operación de la parótida —aseguró tocándose el carrillo derecho—, me han extirpado un… bultito —dijo María quitándole importancia.

—Pues nada, lo dicho, que muchas gracias por todo.

Esa fue la primera y única vez que María conversó con la madre de Juanito en persona. El resto de veces, un par o tres, fue por el teléfono de la habitación, de una habitación a otra, para preguntar si estaba allí su hijo. Por ello, María no se siente con la confianza necesaria para pedirle el teléfono, por miedo al rechazo o que le siente mal a la madre. María lo dejó pasar y se marchó con un nudo en la garganta, dejando al pequeño Juanito en su cama de la octava planta.

Ya en casa, María ha vuelto a la normalidad. Pero ahora sus pretensiones son otras: necesita saborear cada segundo como si fuera el último y percibir hasta el último detalle de las cosas y de los momentos vividos, y eso muchas veces es imposible de conseguir o bien acaba exhausta al final del día. Sonreír cada mañana y no volver a quejarse más por nimiedades es su meta básica diaria. Una normalidad diferente también porque ahora está Juanito en su mente, él es el motor de todas esas pretensiones. El pequeño Juanito es el que hizo que un día, cuando ya se encontraba en condiciones de conducir y ya no le molestaba el cuello al girarlo hacia la izquierda, y aprovechando que tenía que ir con su padre a una cita médica, María se hiciese donante de médula.

Caía el agua del cielo como de un torrente. Aquella mañana lluviosa de abril no era la más indicada para salir de casa, pero Miguel, el padre de María, tenía cita con el oftalmólogo. Otra vez su enfermera de cabecera le había detectado algo raro en el ojo izquierdo. Cada seis meses se somete a una revisión rutinaria de su vista por el hecho de ser diabético insulinodependiente. No es la primera vez que le detectan una anomalía, una especie de estrabismo, que surgió precisamente después de operase de cataratas. Miguel comenzó a ver doble con el ojo izquierdo poco tiempo después de su operación de cataratas y nunca, por más pruebas que le han hecho, le han dicho a qué se debe. Esta es la enésima vez que le solicita su enfermera una nueva revisión, esta vez en otro centro más especializado. «El centro de consultas externas de la calle Dr. Azpitarte, junto al Hospital Ruiz de Alda, tiene un área especializado en oftalmología. Quiero que te revisen allí los ojos, Miguel», le repitió la enfermera al padre de María con un tono más bien de orden que de recomendación. Miguel ya estaba un poco cansado de ir de un centro a otro con el mismo malestar en el ojo y no obtener ninguna mejoría. Nadie daba con la causa de ese pequeño estrabismo que le molestaba al mirar de frente, molestia que fue convirtiéndose poco a poco en una compañera de vida.  «Pero, si ya casi ni lo noto», le contestaba Miguel a la enfermera.

María, cuando supo la dirección del centro donde debía de realizarse su padre la nueva revisión de los ojos, lo espoleó para acudir sin falta. Cerca de allí, muy cerca, doblando la esquina, está el Centro Regional de Transfusión Sanguínea de Granada. Era su momento para ir, era el momento para hacerse donante de médula.

Mientras esperaba en la sala de espera a que saliera su padre de hacerse las pruebas, a María se le pasaban por la cabeza muchas cosas, pensaba que quizá no fuera apta para donar por lo cercana que estaba la intervención quirúrgica, pero rápidamente desestimó ese pensamiento porque se acordó que había leído que la primera vez solo te sacan una muestra de sangre para comprobar la compatibilidad de tu sangre. Es más tarde cuando, y si eres el mejor donante que hayan encontrado en todo el registro para un donante determinado, contactan contigo para acudir al centro a realizar la donación.

María quería formar parte de ese registro de donantes de médula, era su prioridad, quería aportar su granito de arena para ayudar en la curación de tantos enfermos que, como el pequeño Juanito, podrían necesitar un trasplante de médula. María lo supo desde el primer día, no hizo falta que se lo comunicase Mónica, la enfermera favorita del pequeño: «Juanito tiene leucemia». Era un secreto a voces. Nadie le dijo el grado de la enfermedad y si necesitaría o no un trasplante de médula en un futuro. María no quiso preguntar. No lo creía conveniente. No lo necesitaba, le bastaba con la alegría y la fuerza que desprendía Juanito.

Al salir del Centro de Consultas Externas, Miguel iba lamentándose del tiempo que había perdido y del que había hecho perder a María. De nuevo, la misma conclusión: «No vemos nada anormal, Miguel. Parece que todo apunta a un leve estrabismo oculto bajo la hipermetropía que padecía y ahora, al operarse y no necesitar gafas, ha vuelto a dar la cara.»

—Toda la mañana perdida para nada. Salgo igual que entré —se quejaba Miguel.

—Bueno, al menos ya tienes una posible razón para esa visión doble del ojo izquierdo —le dijo su hija abriendo el paraguas para refugiarse de la lluvia.

—Sí, eso es lo que dicen ellos, pero yo sigo asegurando que se le fue el bisturí al médico que me operó de cataratas y algo me ha dañado.

—Pero…, papá ¿cómo se le va a ir el bisturí? Qué cosas tienes. No seas tan mal pensado.

—¿No es por allí el parking? —dijo Miguel señalando con la mano en dirección contraria a la calle por donde se encaminaba María.

—Sí, es por allí. Pero… voy a ir a un sitio que…, es aquí al lado, no vamos a tardar nada —intentaba justificar María su cambio de dirección sin detenerse.

María no sabía muy bien dónde era, miraba a ambos lados de la calle, observando los edificios, en busca de algún letrero que le indicara que había llegado al sitio que buscaba. Y lo encontró al levantar un poco el paraguas. Un gran cartel vertical a escasos metros de donde estaban ellos, dispuesto sobre una columna construida con hierros y en la que se podía leer: 30 AÑOS CON LOS DONANTES, 30 AÑOS PARA LOS ENFERMOS,  le dio la pista necesaria para saber que estaban muy cerca del Centro Regional de Transfusión Sanguínea de Granada, lugar donde, había leído, había que ir para hacerse donante de médula. 

A María se le aceleró el corazón. Estaba a minutos de hacer lo que debía de hacer, lo que silenciosamente le prometió a Juanito mientras estaba en la cama aquella última mañana en el hospital. ¡Cuántas ganas tenía de volverlo a ver! Muchas veces lo pensó, pero los días pasaban y nunca se acercó al hospital a saber más de él por miedo a encontrarse con algo que quizá no le gustase.

A su izquierda, un edificio de cinco plantas se alzaba bajo la intensa lluvia. Un pequeño jardín se interponía entre el edificio y una verja azul. Justo en la fachada del edificio un cartel con la inscripción DONACIÓN DE SANGRE, no dejaba a dudas que aquel sitio era al que debía entrar.

Miguel leyó el cartel igual que ella y colándose junto a su hija en el interior del jardín por una puerta abierta, le preguntó:

—¿No sabía que quisieras donar sangre?

—No voy a donar sangre.

Miguel, ahora sí se detuvo, justo en el umbral de una puerta de hierro por la que se accedía al interior del edificio, como esperando una explicación de su hija a su presencia en aquel centro de donaciones de sangre.

—Voy a hacerme donante de médula.

—¿De qué?

María tiró de la puerta hacia ella y se coló dentro del centro. Una sala amplia se abrió ante sus ojos. A la derecha, un mostrador de recepción solitario donde varias pilas de panfletos informativos esperaban a ser leídos; a la izquierda un par de sofás tapizados en un verde apagado se disponían alrededor de una mesa baja de centro de madera. A María lo que le aceleró el corazón de nuevo fueron las cristaleras rugosas que tenía enfrente. Supuso que allí detrás sería donde se hacían las donaciones.

—¿Vas a donar médula? —volvió a insistir Miguel ante la parquedad de María.

—No, en realidad solo voy a inscribirme en un registro de donantes de médula.

—Ah, vale —dijo su padre tranquilizándose.

—Pero me tienen que sacar una pequeña muestra de sangre que analizarán para estudiar la compatibilidad.

Un señor canoso apareció de una puerta situada detrás de recepción. María y Miguel se quedaron mirándolo.

—¡Hola! ¿En qué puedo ayudarles?

—¡Hola! —contestó María con los nervios a flor de piel—. Quería… vengo a… quiero hacerme donante de médula.

—Perfecto. Tenga —el señor canoso cogió una hoja de debajo del mostrador y se la ofreció a María—, vaya rellenando este formulario y cuando lo tenga me lo entrega. Pueden sentarse allí —dijo señalando los sofás verdes.

Miguel se sentó junto a su hija, que ya había sacado de su bolso un bolígrafo para rellenar el formulario.

—¿No sabía que querías ser donante de médula?

María no dijo nada. Continuó rellenando el formulario. Miguel no insistió más y dejó de indagar en los motivos de la decisión de su hija, y añadió:

—¿Yo también puedo ser donante?

—Bueno, no sé… quizá por la edad…

María no sabía bien si la edad del donante era un factor a tener en cuenta. Duda que aclaró el hombre canoso de la recepción, que por lo visto había escuchado la conversación entre padre e hija.

—¿Qué edad tiene usted?

Miguel miró hacia atrás, sonrió y contestó:

—Tengo setenta y uno.

—Pues me temo que ya no puede entrar a formar parte del registro. La edad para ser donante de médula es la comprendida entre los dieciocho y los sesenta. Y a partir del año que viene será hasta los cuarenta años para nuevos donantes.

Miguel se levantó y se acercó a la recepción para seguir hablando con mayor comodidad con el hombre canoso que parecía dispuesto a aclararle las muchas dudas que sobre la donación de médula le surgieron.

María escuchaba atentamente las palabras del hombre de la recepción y se alegró de estar en ese momento allí, si hubiera atrasado un año más la decisión no hubiera podido entrar en el registro. En su mente volvió a asomarse el pequeño Juanito y pensó, terminando de rellenar el formulario y levantándose decidida, que lo prometido es deuda.

Continuará...

17 mayo 2018

Habitación 604. Capítulo 14: ¡Qué valiente eres, Juanito!



HABITACIÓN 604
Capítulo 14. ¡Qué valiente eres, Juanito!



En la vida de María han abundado los días monótonos, vacíos. Uno tras otro, se sucedían en silencio, sin molestar, casi de puntillas. Lunes, martes, miércoles…, siempre ha tenido la impresión de llegar al viernes demasiado rápido. «¡Los días pasan volando!», se quejaba. Más bien era ella la que pasaba por el día como uno de esos autómatas que repiten una y otra vez la misma secuencia de movimientos. La cotidianidad formaba parte de lo que le acontecía a diario.

Ahora, ha aprendido que ese tipo de días, los días vacíos y faltos de sentido, no existen, por muy insulsos, aburridos y simples que nos parezcan, siempre habrá algo que celebrar, algo que agradecer, algo que aprender, algo que escuchar, algo que hacer por los demás, algo por lo que sonreír…, siempre habrá un motivo por el que dar gracias por levantarnos cada mañana.

Ha aprendido que la vida es maravillosa y que hay que disfrutar de cada instante del día como si fuera siempre especial. No hace falta que tenga que ocurrir nada extraordinario, simplemente lo ordinario es suficiente para ser felices y desterrar los días vacíos. Respirar, hablar, andar, escuchar, besar, comer…; en definitiva, vivir. Eso es suficiente para que un día sea extraordinario, no se necesita nada más.

Ya son las diez y media de la noche. Por el ventanal de la habitación ya no se distingue nada, la oscuridad se ha hecho dueña del paisaje desde hace ya unas horas. Fran se ha quedado dormido con el libro abierto sobre el pecho. Antes de meterse en la cama, María se lo ha quitado y lo ha puesto sobre la mesita. «Quizá algún día lo lea.», piensa. A pesar de insistir en que se fuera a casa con los niños, se ha querido quedar hoy también con ella esta noche.

María se mira el brazo derecho; ya no tiene el suero, esta misma tarde han venido a retirárselo. Todo un alivio, la verdad, aunque ahora se tenga que tomar la medicación por boca. Era un engorro levantarse, ducharse y arrastrar con el porta sueros cada vez que se movía.

Aunque pretende que todos los días de su vida sean especiales porque sí, sin que tenga que haber ningún motivo fuera de lo común, hoy sí que puede decir que ha sido un día extraordinario. Esta tarde ha venido Juanito a verla y ha podido saber un poquito más de él y de su enfermedad. No estaba sola, sus hijos ya habían llegado, los había traído su cuñada a eso de las cinco de la tarde.

Sopa de fideos sin nada de sal; estofado de carne con zanahorias, también sin sal; un bollito de pan integral, un yogur de limón y dos mandarinas. Ese fue el pingüe almuerzo que le trajeron a María el primer día después de la operación. Tenía hambre, aun así, le pareció demasiada comida y solo se tomó la mitad de la sopa, un par de trozos de carne del estofado y una de las mandarinas.

Se sentó en el sofá junto a Fran a seguir leyendo. Cansada del sofá se tumbó en la cama y se adormiló. Fran le susurró que iba a bajar a la cafetería a tomarse un café. Decidió entonces encender la televisión para vencer al sueño. Quería estar despierta para cuando llegaran sus hijos, y que la vieran bien, con energía, como si no la hubieran operado, y de esa manera quitarle hierro a ese horrible aspecto de momia que le han dejado. Pero fue imposible, el sueño pudo con María y cuando abrió los ojos vio a sus hijos junto a la cama, mirándola asombrados. Pablo repetía “mami” en un susurro casi inapreciable, como si le diese miedo despertar a su madre. Julia estaba a su lado, sonriendo, feliz. María se espabiló enseguida y los atrajo hacia ella para abrazarlos.

El caso es que en un principio parecían algo sorprendidos, miraban a su madre desconcertados: la cabeza, el vendaje, el drenaje… Pero poco a poco fueron viendo que era más parafernalia que otra cosa, que estaba en perfecto estado, que podía levantarse, caminar, mover la cabeza con normalidad… Fue una tarde estupenda junto a sus hijos.

Pero las sorpresas no acabaron ahí. Cuando Julia y Pablo estaban a punto de marcharse, a eso de las siete y media u ocho, entró en la habitación el pequeño Juanito. ¡Qué alegría le dio a María verle! Llevaba en la cabeza un gorro de lana en color blanco y su rebeca azul marino encima del pijama del hospital. No llevaba las zapatillas de deporte blancas que le había visto por la mañana, sino unas babuchas de andar por casa azules con motivos infantiles que a María en un principio le parecieron coches pero que cuando se acercó comprobó que en realidad se trataba de veleros.

Los hijos de María se estaban poniendo los abrigos y ella estaba de pie frente a la puerta. Su cuñada y su marido ya habían salido de la habitación y estaban en el pasillo esperando a que los niños terminaran de ponerse sus abrigos y se despidieran de su madre para marcharse. El pequeño Juanito asomó primero la cabeza y cuando vio a María no dudó en entrar, pero se quedó parado en la pequeña entrada de la habitación.

—¡Hola, Juanito! Entra, no te quedes ahí.

Pablo y Julia que estaban de espaldas a la puerta se volvieron para ver quién era ese tal Juanito al que su madre había saludado.

—Mirad, este es Juan José, aunque yo le llamo Juanito —dice mirándolo y guiñándole un ojo—. Está también ingresado.

Julia lo mira enternecida y le sonríe. Pablo se queda un poco sin saber qué hacer ni qué decir.

—Es casi de tu edad, Pablo.

—Hola —dice finalmente Pablo acercándose a él para ver qué llevaba entre las manos—. ¿Es una cámara de fotos?

Juanito alarga la mano y le muestra al chico que tiene enfrente el objeto que tiene en la mano.

—Sí, me gusta mucho hacer fotos.

—A mí también, pero la mía se me ha roto. Quiero comprarme una acuática. Mi primo tiene una, ¿sabes? Es una pasada. ¿Esta es acuática?

—Sí, es una GoPro —asegura mostrársela.

—¡Oh, qué pasada¡ ¿Has buceado con ella? Mi primo hace unos vídeos subacuáticos geniales.

—No… solo la he usado aquí. Me la trajo mi mamá hace una semana. ¿Te gusta?

—Mira mamá —grita Pablo volviéndose hacia su madre con la intención de que se acercara para que viera la cámara—, es como la que yo quiero.

María observa unos segundos la cámara de fotos. No entiende de fotografía ni de cámaras pero sabe que ese tipo de máquinas no son baratas. Pablo lleva ya un tiempo queriendo tener una de esas que se sumergen en el agua, sobre todo desde que vio a su primo hacer fotografías bajo el mar, pero María siempre se ha resistido a comprársela. «Ese tipo de cámaras no son un juguete.», es la excusa más acertada que ha encontrado. María entiende que la de Juanito no será una cámara profesional, aun así mientras la observa piensa que es demasiado cacharro para un niño tan pequeño. Las circunstancias actuales de Juanito habrán llevado a la madre a permitirle todos sus caprichos, y María lo entiende, ella habría hecho igual. «Y si eso supone gastarse la paga de todo un mes en una cámara de fotos pues se hace y punto.»

Juanito se ha sentado en el sofá de piel roja nada más irse Pablo y Julia, por decisión propia, sin que nadie se lo haya pedido. Su voluntad es la de quedarse un rato con María, y hacer una nueva amiga. El pequeño, sin soltar en ningún momento la cámara de fotos de las manos, comienza a chequear la habitación como si buscara algo que se saliese de la normalidad, como si la suya fuera diferente y quisiera inmortalizar dicha diferencia para siempre. María y Fran lo observan expectantes, silenciosos. Juanito enfoca la cámara hacia María y pulsa el botón.

—Voy a ir a cenar algo antes de que cierren la cafetería —le dice Fran a María, simple excusa para dejarlos solos.

María se sienta en el sofá y le pide ver la foto que acaba de tomarle.

—Habré salido horrible, con estos pelos y… el pijama.

El pequeño Juanito se ríe tapándose la boca, después de echar un vistazo de nuevo a la cabeza de María, y le muestra la foto.

—Has salido con los ojos entreabiertos —dice el pequeño—, la volveré a repetir y, acto seguido, vuelve a lanzarle otro fogonazo de improviso.

Esta vez María no le pide verla. Se produce un silencio entre ellos que el pequeño Juanito rompe con su curiosidad.

—¿Cuándo te van a quitar eso? —dice señalando la cabeza de María.

—¿La venda? Pues… no lo sé. Me imagino que tendré que llevarla un tiempo. Solo espero que mañana cuando me curen la herida pueda arreglarme un poco mejor el pelo, que parezco una momia.

Juanito vuelve a reírse.

—La momia María, jajaja. Estás muy graciosa así.

María se levanta y se acerca al armario.

—Mira, me han traído mis hijos una bolsa de moras —dice mostrándole al pequeño los dulces de color rojo—. ¿Quieres una?

María se arrepiente al instante de haberle ofrecido y, a renglón seguido, le pregunta atropelladamente:

—¿Puedes comer dulces?

El pequeño Juanito no contesta. Se queda pensativo.

—Nadie me ha dicho que no pueda comer moras —contesta finalmente el niño—. ¿Me puedes dar una?

—Vale, una. Y cuando sepa si tienes el azúcar restringido o no, te daré toda la bolsa, ¿de acuerdo?

El pequeño Juanito se mete la mora en la boca y comienza a masticarla ruidosamente, pasándosela de un lado a otro, mientras continúa observando la habitación para sacar más fotos.

—Es una cámara muy bonita. ¿Te gusta la fotografía?

Juanito asiente con la cabeza.

—¿Ha venido tu madre? ¿Sabe que estás aquí? —María mira su reloj y comprueba que ya casi es la hora de la cena.

—Ahora vendrá y se quedará esta noche conmigo. Hoy trabajaba todo el día.

—¿Dónde trabaja tu madre?

—En el bar, en el bar de mis tíos.

—¿Y tu padre también?

El niño mira a María unos segundos antes de contestar que no tiene padre. María no sabe si pedirle perdón por haber sido tan indiscreta, o hacer como si nada, quitarle importancia al hecho de no tener padre. Opta por cambiar nuevamente de tema y girar la conversación hacia la fotografía.

—¿Te gusta mi habitación? ¿Cómo es la tuya?

—La mía es más pequeña, pero tengo muchos peluches y coches y una caja grande —dice abriendo los brazos— de piezas para construir que me compraron entre todos los enfermeros de la planta.

—¿En qué planta estás?

—En la última —dice señalando hacia el techo—. Cuando te vayas quiero que me traigan a esta habitación. Me gusta más que la mía, en la mía hay muchos aparatos que suenan.

—¿Saben… sabe alguien que estás aquí? Vaya que te estén buscando.

—Sí, se lo he dicho a Natalia.

«Natalia». «Será alguna enfermera de su planta», piensa María.

—De todas formas —señala María levantándose del sofá—, creo que lo más oportuno es avisar a alguien de que estás en mi habitación para que no haya dudas y así quedarme más tranquila.

Pero el pequeño Juanito se adelanta y le dice:

—Natalia es la mejor enfermera del hospital. Me deja irme. No como Miguel que siempre se inventa algún juego para no dejarme salir de la habitación, dice que puedo coger algún resfriado. Natalia sabe el número de tu habitación. Se lo he dicho yo.

—¿Cuánto tiempo llevas en el hospital? —quiere saber María, alertada por la familiaridad con la que habla del personal del hospital.

—Esta es la segunda vez que me ingresan. La primera vez estuve poco tiempo, no recuerdo cuánto, pero ahora llevo más de un mes seguido en la misma habitación. Ya estoy mejor, mira —dice saltando del sofá para demostrar que está bien, con fuerzas.

María escucha sin pestañear al pequeño. No sabe qué decir. La aparente naturalidad con la que habla de su estado la conmueve y a la vez la reconforta. El pequeño sigue hablando y le cuenta con naturalidad, como si de una película se tratase, cómo se le fue cayendo el pelo cada vez que acudía al hospital a que le inyectaran un líquido trasparente en las venas, cómo le regalaba los gorros de lana su enfermera favorita, Natalia, de los que se jactaba de tener más de diez, de colores y diseños diferentes, cómo algunas veces se quedaba sin fuerzas y tenían que ingresarlo como en esta ocasión, y cómo de fuerte se sentía en este preciso momento y las ganas que tenía de volver al colegio para jugar con sus amigos.

María traga saliva a menudo y se acuerda, reprochándoselo, de aquellos días en los que lloraba por las esquinas lamentándose de su mala suerte, adelantando acontecimientos de manera absurda y completamente injusta tanto para ella como para los que la rodeaban. No tenía derecho a sentirse así, «Fui una egoísta», se grita María en su cabeza. En esos días solo existía ella y su problema, no había nada más importante en la vida que su futuro, un futuro que María veía nublado, oscuro algunas mañanas, nunca soleado y, ahora, después de saber de la benignidad de su tumor se pregunta si todo aquello mereció la pena, si el resto de mortales actúa igual ante una situación similar, si ven, como ella, el vaso medio vacío, si es alguien capaz de desprenderse de los temores y de las dudas y solo acaparar el optimismo.

El pequeño Juanito continúa hablando, sus palabras han permanecido por un breve espacio de tiempo en un segundo plano para María, sus pensamientos se había superpuesto.

María mira con ternura a su nuevo amigo, el pequeño Juanito, y se responde internamente a todas esas cuestiones que antes se había formulado.

—¡Qué valiente eres, Juanito!

Continuará...

14 marzo 2018

Habitación 604. Capítulo 13: La vida a veces es tan injusta




HABITACIÓN 604
Capítulo 13: La vida a veces es tan injusta



Hoy ha amanecido lloviendo; y así lleva toda la mañana. El monte del Serrallo se recorta en un hermoso cielo gris. Estoy de pie, junto al sofá, mirando a través del gran ventanal. Pienso en Juanito, y pienso en mis hijos. Esta tarde vendrán a verme. ¡Tengo unas ganas de abrazarlos! No sé qué pensarán cuando me vean con este vendaje tan aparatoso, sobre todo Pablo. Quizá deberían haberme puesto un apósito en lugar del vendaje, pero supongo que si lo han hecho así habrá sido por un motivo más que justificado. Puede ser que haya sido para comprimir la zona y que no se produzca derrame…, no sé, quizá sea por eso. La próxima vez que me lo quiten para curarme los puntos me haré una coleta porque estoy hecha un adefesio con los mechones de pelo saliendo de entre las vendas.

    No me puedo quitar de la cabeza al pequeño Juanito. Cuando salí de hacerme la ecografía no lo volví a ver, supongo que él seguiría dentro: un TAC suele tardar bastante más tiempo en realizarse que una ecografía. 

     Fran está leyendo. Me siento junto a él. Observo el libro y leo por encima de su hombro.

     —¿Está bien? —Tuerzo ligeramente la cabeza para ver la portada.

     —Sí, está genial. Ya me queda poco para acabarlo. Tienes que leerlo, seguro que te gusta.

    —¿Desde cuando te interesa los temas de neurociencia? —le pregunto leyendo el título: Tu cerebro lo es todo. ¿Sabes cómo y por qué decides?

     —Pues aunque parezca mentira, la neurociencia está muy vinculada con el marketing, en concreto con la investigación de mercados. Nuestro cerebro condiciona el proceso de decisión y compra y eso es muy importante a la hora de saber cómo y porqué actuamos los consumidores de una manera determinada ante la publicidad. 

     —Muy interesante pero creo que me va a gustar más el mío —me levanto y me acerco al armario para sacar del bolso el libro que me había traído para leer. Me vuelvo a sentar a su lado.

    —Americanah —lee el título en voz alta—. Déjame adivinar… ¿de inmigración?

     —Como me conoces, ¿eh? Aún no he empezado a leerlo. No sé cómo estará. La autora, Chimamanda, y de apellidos impronunciables, es africana, de Nigeria, y eso solo es ya un punto a su favor; que trate sobre la inmigración se lleva el resto de puntos para que, muy posiblemente, me guste.

     El mismo día que fui al centro comercial a comprarme el pijama y una bata ligera para estar medio decente el tiempo que pasara hospitalizada, me compré esta novela. No buscaba nada en particular, simplemente alguna historia que me distrajese, que me permitiera evadirme fácilmente de la realidad durante un rato. Entré en Fnac sabiendo que no lo tendría nada fácil encontrar algo así, sin llevar con antelación elegidos algunos títulos en la cabeza. 

     Suele ocurrirme que cuando entro en una librería sin tener de antemano una idea de lo que voy buscando, salgo sin nada. Y es que simplemente me agobia ver tanto tomo junto, lecturas todas seguramente interesantes y, por ello, difícil de decirme por una sola. Sin embargo, en esta ocasión, no me supuso ningún esfuerzo salir de la tienda con un libro bajo el brazo. El nombre de la autora y la imagen de una mujer con el pelo afro, llamaron mi atención rápidamente. 

     Llevo ya muchos años investigando los movimientos migratorios forzosos, sobre todo en África; no en vano el tema de mi última novela es precisamente la inmigración y sus consecuencias desde un punto vista de los derechos humanos. No me preguntéis por qué, pero África me atrae profundamente, especialmente, el África subsahariana. Sus conflictos, sus problemas, sus culturas, sus estilos musicales… Toda África es fascinante. Fran asegura que sé más de algunos países africanos, como por ejemplo de Costa de Marfil, que del mío propio; y puede ser que lleve razón.

     Últimamente, estoy interesada en otros temas, más relacionados con la salud. Es curioso como tus vivencias, tus circunstancias personales y, más concretamente, los sucesos imprevistos que surgen y a los que debes hacer frente, condicionan tus intereses. Mi vida ha dado un giro de 180 grados desde que supe que tenía un tumor en la parótida y que había posibilidades de que fuera maligno. 

    Durante el tiempo que estuve esperando los resultados de la PAAF, la punción para extraer material del tumor para analizarlo, bajé al infierno: sentí el dolor, la angustia y el miedo que puede sentir cualquier persona en esa situación. Mi vida se convirtió en algo cerrado, estrecho, donde no cabía nada más que mi problema y donde solo estaba yo. Aquel 10 de febrero, tumbada en la mesa de operaciones, cuando me dijo el doctor Ortiz que el tumor no era maligno, pasé del infierno al cielo. Esa sensación de librarme de un pesado lastre que no me dejaba ni respirar, es la definición más cercana de cielo que puedo dar. A partir de ese momento un fuerte sentimiento de empatía recorre todo mi ser.

     Sí, desgraciadamente fue así. He tenido que esperar a que a mí “me toque”, aunque solo sea de pasada, para darme cuenta de lo importante que es la salud, y también de que realmente existe el sufrimiento, el dolor, y de que existen personas que en este momento lo están pasando mal. Ahora puedo llegar a entender, aunque solo sea un poco, la angustia, la impotencia, el desaliento, la incertidumbre…, y todos esos sustantivos que describen estados bajos de ánimo condicionados por la irrupción de una enfermedad. 

     La empatía, desafortunadamente, no sobra en esta sociedad. Y solo cuando pasamos por algo similar a lo que le pasa a otra persona, somos capaces de entender y de ponernos en su lugar. No digo que no seamos solidarios; lo somos. Creo que la solidaridad no es sinónimo de empatía, aunque ambos términos estén relacionados de alguna manera. La empatía va más allá, es meterse en el pellejo del otro y llegar sentir lo que él siente. Eso nos falta. 

    El mundo cada vez más tecnológico y el ritmo de vida que llevamos nos llevan a olvidarnos muchas veces de ella, de la empatía. Caminamos como zombis, sin mirarnos, sin importarnos lo que le pase al que se cruza con nosotros, metidos en nuestro mundo, un mundo cada vez más global externamente pero en el que estamos cada vez más aislados internamente. Yo lo veo así, lo siento así, y me avergüenza el hecho de haber estado toda mi vida en ese lado y no darme cuenta de mi error hasta que no he pasado por una situación complicada.

     Ahora, soy capaz de identificarme y compartir los sentimientos de toda esa gente que lo está pasando mal y siento la imperiosa necesidad de ayudar de alguna manera. Por eso pienso en Juanito. Me gustaría saber de él, conocer su vida, su historia y ayudarlo en lo que pueda, aunque solo sea con mi compañía el tiempo que esté en el hospital.

     —María, ¿te ocurre algo? Llevas un rato mirando la portada de tu libro.

     —Estaba pensando en Juanito.

     —¿En quién?

     —Esta mañana he conocido a Juan José, un niño que iba a hacerse un TAC. Me ha dado su permiso para llamarlo Juanito, como su madre le llama.

     —¿El niño que estaba en la sala de espera de la zona de Radiología?

     —Sí, ese mismo.

    —Por su aspecto —sugiere señalándose la cabeza— parece que está enfermo. Una pena.

     —Supongo, no se lo he preguntado. Él sí se ha interesado por mí. 

     —¡Ah, sí! 

     —Sí. Le hacía gracia el aspecto que yo tenía y le he explicado de qué me han operado. A mí, sinceramente, me ha dado reparo preguntarle.

     —Ya, es difícil preguntar algo así, sabiendo la respuesta.

    —El caso es que nos hemos hecho amigos —le digo abriendo el libro por la primera página—. Me ha preguntado hasta el número de habitación. Le he dicho que se pase si le apetece. 

     Fran me mira y asiente.

     —¿Sabes? Me gustaría conocerle más. No dejo de pensar en él y en lo que debe estar pasando. Debería estar prohibido ponerse malo a esa edad. 

     —Pues sí. Pero… —se encoje de hombros— la vida a veces es tan injusta.

Continuará...

06 marzo 2018

Habitación 604. Capítulo 12: El pequeño Juanito.



HABITACIÓN 604
Capítulo 12: El pequeño Juanito


Miro el reloj del móvil. Son las 8:10 de la mañana. Una enfermera me ha despertado al entrar en la habitación para cambiarme el suero o ponerme medicación; no sé muy bien qué es lo que ha venido a hacer porque aún estaba adormilada cuando ha entrado. Después de todo el tiempo que estuve ayer con los ojos cerrados, no sé cómo he tenido ganas de dormir, el caso es que he pasado muy buena noche. «No puedo decir lo mismo de ti, cariño», pienso mientras observo a Fran tumbado en el sofá, en posición fetal.
     
     Dejo el móvil sobre la mesita que tengo a mi izquierda y, con el mando a distancia de la cama, subo la zona de la cabeza hasta quedar casi sentada. Fran se despereza. Creo que lo estoy despertando con el ruido del mecanismo de la cama.
     
      —¡Buenos días! ¿Qué tal estás? —dice incorporándose como un resorte.
     
     —Bien. Me duele un poco— le digo tocándome la zona derecha de la cabeza—, pero supongo que será normal.
     
    —Has dormido toda la noche, ¿sabes? Has hasta roncado —asegura riendo mientras se calza los zapatos.
     
     —¿Roncar? Pero si yo no ronco —me encojo de hombros—. La verdad es que sí, he dormido como una niña pequeña. Tú, en cambio, parece que no has pasado una buena noche. Ya te dije que no te tenías que quedar.
     
     —Mujer, ¿cómo te voy a dejar sola, con todo lo que tienes enganchado?
     
     Me toco el fino tubo que sale del vendaje. El drenaje tendré que llevarlo más tiempo, supongo, pero espero que me quiten hoy al menos el suero: es una molestia que me impide moverme con facilidad.


Hoy es sábado y, a pesar de ello, después de desayunar, ha llegado el doctor Ortiz a visitarme. Me ha destapado el vendaje y me ha dicho que todo está perfectamente. Fran ha estado mirando mientras me curaban los puntos y por la cara que ha puesto no deben ser muy agradables las vistas. Le he comentado al médico que me molesta un poco la zona. Me ha dicho que es normal pero que quiere hacerme una ecografía para ver cómo ha quedado la parótida —bueno, lo que me queda de ella, porque me han extirpado todo el lóbulo superficial—.
     
     En una silla de ruedas, en pijama y con la cabeza liada con un vendaje por el que salen algunos mechones de pelo, de esta guisa voy por el pasillo de la sexta planta, junto a Fran y un celador, camino del ascensor que me lleve a la segunda planta donde me van a hacer la ecografía. El doctor Ortiz me ha recomendado que me la haga hoy mismo, esta misma mañana y así, mientras vista a otro paciente al que, por lo visto, también operó ayer, aprovechamos su presencia en el hospital para que vea el resultado.

     Hemos tomado otro ascensor diferente. No es el mismo por el que sube y baja la gente, parece exclusivo del personal sanitario, algo que agradezco sobremanera a la vista de la pinta que llevo. El área de Diagnóstico por la Imagen, comparada con otros días, es un desierto. Solo hay tres personas en la sala de espera: un niño y dos hombres que, por el traje de faena que llevan, parece que son pintores, uno de ellos lleva un brazo en cabestrillo hecho de manera rudimentaria con una venda. El celador me deja al final del pasillo, junto a la hilera de sillas. Solo un asiento me separa del niño. El pequeño me ha llamado la atención: lleva un pijama de hospital y una rebeca azul marino encima, no tiene ni un solo pelo en la cabeza y lo que más me ha sorprendido es que parece estar solo.

     Le sugiero a Fran que se vaya a desayunar a la cafetería mientras me hacen la ecografía. Todo indica a que hay dos personas delante de mí y, de cualquier manera, el celador me subiría a la habitación cuando terminase.
Parece ser que yo también he llamado la atención del niño porque no me quita la vista de encima. Debo de tener una pinta horrible. Lo miro, pero lejos de apartar la mirada de mí, la mantiene y me sonríe. Le devuelvo la sonrisa y dejo de mirarlo. Pero, cual es mi sorpresa cuando veo, de soslayo, que el niño se levanta y se sitúa a mi lado en el asiento vacío que había entre él y yo.

     —¿Qué te ha pasado? —me pregunta sin parar de mirarme el vendaje que me tapa la oreja derecha y parte de la cabeza.

     —Me han operado de un adenoma —le contesto.

     El niño no dice nada, pero sigue mirando el vendaje.

     —Es gracioso... el pelo revuelto y las vendas...

     El niño se ríe. Le está haciendo mucha gracia el aspecto que tengo.

     —¿Y te han tenido que hacer una raja en la cabeza?  

     —¡No!—exclamo tocándome el vendaje—. Es un pequeño tumor que tenía en una glándula salival, en el carrillo, cerca de la oreja —le explico mejor—. ¿Cómo te llamas?    

     —Juan José Padilla López —me dice el nombre completo.

     Un sanitario acaba de salir para llamar al siguiente paciente. El pintor con el brazo en cabestrillo se levanta, ha escuchado su nombre y, tras pasar por delante de nosotros, entra en una sala detrás del sanitario.

     —A mí me van a hacer un TAC. Ya es el segundo este mes. ¿Qué te van a hacer a ti?

     El chico tiene los pies colgando en la silla porque no le llegan al suelo, y no para de moverlos hacia adelante y hacia atrás. Me fijo en sus zapatos antes de contestarle. Lleva unas zapatillas de deporte blancas, bastante usadas pero muy limpias. Uno de los cordones se ha aflojado y está golpeando la pata de la silla en cada movimiento de vaivén.

     —A mí solo me van a hacer una ecografía —le contesto y, señalando con el dedo a sus zapatillas, le hago saber que se le ha desatado uno de los cordones.
Juan José da un bote y se apea de la silla para atarse los cordones. Lo observo fijamente. Le echo… unos diez años, más o menos. Está muy delgado y no es demasiado alto. Sí, eso diría que tiene, nueve o diez años. Juraría que es menor que mi hijo Pablo.

     —Yo me llamo María —le digo mi nombre.

     —¡María! ¡Como mi mamá! Mi mamá se llama María. Bueno María Luisa, pero todos la conocen por María. En mi familia todos tenemos dos nombres —asegura mientras se vuelve a subir a la silla—. A mí me dicen en el colegio Juan y mi mamá Juanito.

     —¿Si quieres yo también te llamo Juanito?

     El niño no contesta, se encoge de hombros.

     —¿Dónde está tu mamá? ¿Estás solo aquí, Juanito?

     —Mi mamá está trabajando. Viene a la hora del almuerzo. Algunas veces se queda por la tarde conmigo, pero si tiene que volver a trabajar se va y vuelve ya de noche. Pero no me aburro. Aquí tengo muchos amigos —dice esta última frase con un deje de orgullo e importancia.

     —Luego van a venir mis hijos a visitarme. Tengo un niño más o menos de tu edad. ¿Cuántos años tienes tú?

     —Voy a cumplir ya mismo once años.

    —Mi hijo tiene doce. Si quieres luego pasarte por mi habitación, estaría encantada con tu visita y... así conoces a Pablo, mi hijo.

     La puerta de la sala se abre y sale el pintor. El sanitario le dice a Juanito que entre con la cabeza. El niño se levanta y al pasar junto al enfermero chocan las manos en una especie de saludo de conocidos.

    —¡Hasta luego, María! —dice mirándome. Pero antes de meterse en el interior de la sala se vuelve—. No me has dicho cuál es tu habitación.

     —¡Ah, sí es verdad! La 604.

   Me he quedado con ganas de saber más del pequeño Juanito. Me ha impresionado su extroversión y su saber estar, y, sobre todo esa energía que desprende a pesar de saber, sin preguntar, que debe estar enfermo: su lampiña cabeza me indica que estará pasando por un proceso complicado.

     Fran acaba de llegar. Se ha pasado por la habitación y al ver que no estaba aún allí ha vuelto a bajar a la segunda planta.

     —Parece que va para largo, ¿no?

    —Supongo que al ser sábado habrá menos personal, lo justo para las pruebas de urgencias y cosas así.

     Una enfermera que ha salido de otra sala dice mi nombre y me conduce hacia adentro para hacerme la ecografía. Me levanto de la silla. Estoy un poco mareada. Si no llega a ser por la silla de ruedas no hubiera llegado hasta aquí por mi propio pie. Supongo que será normal, después de tantas horas acostada. 

     La enfermera me dice que me tumbe en la camilla que en un momento llegará el técnico a realizarme la ecografía. Es curioso pero no pienso en mí, ni en mi adenoma, ni en mi operación, ni en la ecografía que me van a hacer. Mis problemas han quedado relegados a un segundo plano. La verdad es que ya carecen de importancia. Ahora, en este momento, solo pienso en Juan José. Solo pienso en el pequeño Juanito. 

Continuará...

27 febrero 2018

Habitación 604. Capítulo 11: El punto de partida.


HABITACIÓN 604

Capítulo 11: El punto de partida

Los recuerdos se afanan por salir a la luz. No lo impido. Todo lo contrario: cierro los ojos unos segundos y visualizo aquellos momentos. La sensación me gusta, me hace sentirme viva y fuerte. Ya ha pasado medio año desde aquella vez cuando entré por primera vez en esta misma habitación que ahora tengo delante. «Nunca podré olvidarme de este 604 metálico que numera la puerta.», digo acariciando los fríos números con las yemas de los dedos.

     Ya sé que no debería estar aquí y, sin embargo, lo estoy. Observo la puerta, el pomo cromado, el número… Quiero entrar, quiero saber si él está aquí. Oigo ruidos. Camino unos pasos hacia atrás, alejándome de la puerta. Miro a ambos extremos del pasillo: no hay nadie, pero yo juraría que he escuchado pasos.

     Aquellos primeros momentos en la habitación después de la operación, los recuerdo nítidos. Fran, sonriente, sentado en el amplio sofá de piel color berenjena, detrás del cual un gran ventanal no dejaba ver nada más que la cara norte del monte del Serrallo. Yo, tumbada en la cama boca arriba, cuyo cabecero había dejado colocado el celador pegado a la pared, también con una sonrisa imborrable en mi rostro. Los dos solos, sonrientes, felices, y es que no era para menos. Tuvimos tiempo, antes de que comenzaran a llegar visitas, de hablar de la operación, de las largas cinco horas que tuvo que soportar Fran en la sala de espera de la tercera planta, sin saber nada de mi estado ni de mi evolución, ni tampoco del resultado de la biopsia, hasta el final de la operación cuando por fin salió el doctor para hablar con él.

     Para mí, aquella noche fue como un “volver a empezar”, como un renacer. En mi fuero interno estaba contenta porque todo había ido bien: el tumor había resultado ser benigno, la operación había ido sobre ruedas, no tenía ninguna secuela en mi cara…, pero me reprochaba a cada momento el hecho de haber pensado tan negativamente todo ese tiempo atrás y lo que me podría haber ahorrado en sufrimiento de haberlo hecho de una manera completamente contraria.

     Supongo que esos perversos fantasmas le aparecerán a todo el mundo en las circunstancias por las que yo pasé, con más o menos intensidad. El conocer, e interesarme, por historias de otras personas que realmente estaban pasando por un mal momento, como fue el caso de Pablo Ráez, fue uno de los detonantes que me hizo reaccionar y salir del pozo de angustia en el que me había metido yo sola. Fue como un revulsivo para darme cuenta de que fui un poco egoísta y que no tenía ningún derecho de torturarme y lamentarme por algo que aún no había pasado.

     Aquella primera noche eché de menos a mis hijos, ajenos a todo el calvario por el que llegué a pasar en esos días anteriores a la operación. Eché de menos a mi familia, a mi padre y a mi hermana. A todos los quería ver enseguida para abrazarlos y pedirles perdón silenciosamente por el tiempo perdido. Sí, el tiempo perdido, porque en ese momento es cuando te das cuenta de lo poco que decimos “Te quiero”, de lo poco que agradecemos a los demás, de lo poco que abrazamos porque sí, sin más, de lo poco que sonreímos… Esa noche me prometí a mí misma quererlos más si cabe, pasar más tiempo con ellos, mirarlos cada día a la cara y dar gracias por estar junto a mí. Esas son las cosas que verdaderamente importan. Los problemas del día a día, las facturas, las tiranteces con unos y con otros, los problemas en el trabajo… no nos dejan disfrutar de las pequeñas cosas que nos da la vida: el amor hacia los padres, ver crecer cada día a nuestros hijos felices, disfrutar del abrazo sincero de una hermana, una imple sonrisa de agradecimiento…

     Y ahora, aquí, delante de esta puerta, rememorando esa primera vez cuando la crucé, me siento agradecida por lo que la vida me ha dado, y pienso seguir dando gracias cada día que me levante. Eso es lo realmente importante: vivir, ser feliz y hacer felices a los demás.

     De esa primera noche de reflexión interna en la habitación 604, salieron más que palabras, salieron dos promesas que he ido cumpliendo con el paso de los meses. Una de ellas fue comenzar a hacer deporte con asiduidad en cuanto me recuperara. Caminar, apuntarme a Pilates, ir a la piscina a hacer acuagym…, cualquier cosa me servía para resarcirme de la culpa de no tener afianzado un hábito deportivo. He comenzado caminando casi a diario, pero en mi mente está practicar algún tipo de ejercicio de estiramiento como Pilates o Yoga, sobre todo para fortalecer la zona lumbar que tanto me hace falta.

     La segunda promesa, y la más importante, fue el deseo de donar médula. Deseo que nació tras conocer la historia de Pablo Ráez, ese muchacho malagueño que conocí en Facebook por casualidad y que he estado siguiendo paso a paso. Pablo murió hace unos meses, desafortunadamente. Fue salir del hospital y enterarme del fatal desenlace. Un golpe duro. Pero su entereza, su fuerza, su lucha fue un ejemplo a seguir para todos los que en ese momento pasábamos por momentos complicados. Gracias a Pablo, y más tarde a otros que, como Pablo, fueron verdaderos héroes, las donaciones de médula se incrementaron notablemente. Un deseo, el de donar médula, que también he cumplido, y que fue incrementándose cada vez más gracias a un fuerte sentimiento de solidaridad que nació entre otras cosas por la aparición inesperada de un pequeño personaje que me visitaba de vez en cuando en esta misma habitación que tanto le gustaba.

     Juan José, siempre me pareció un nombre muy grande y muy serio para un ser tan pequeño, por eso desde que lo vi en la sala de espera de Diagnóstico por la Imagen, a Juan José, ese niño sin pelo, menudo y con cara de pillín, junto al que me senté aquella primera mañana después de la operación, yo le llamo Juanito.

     Encontrarle un sentido a lo que me ha pasado es algo que me ha liberado del dolor y la impotencia que sentía en un primer momento. Saber que mi paso por esos momentos dolorosos y de incertidumbre no ha sido en vano, sino que ha servido para cambiar mi perspectiva sobre la vida, me ha hecho disfrutar más de ella, de esa vida única que tenemos. Y es que conocer a Juanito me ha cambiado la vida, él es el punto de partida.

Continuará...

06 febrero 2018

Habitación 604. Capítulo 10: Los dos estamos felices.



HABITACIÓN 604

Capítulo 10: Los dos estamos felices
Un breve murmullo llega a mis oídos. Poco a poco los sonidos se vuelven cada vez más inteligibles y cotidianos. Abro los ojos. La intensa luz procedente de unos alargados focos embutidos en un blanco techo me obliga a tener que volver a cerrarlos. Por un momento no sé dónde estoy ni qué me ha pasado, pero pronto los recuerdos se desperdigan en mi mente como un rebaño de ovejas sin control. «Me acaban de operar y… ¡estoy feliz! ¡Estoy eufórica!»

Vuelvo a abrir los ojos, esta vez despacio. No estoy en el quirófano, los focos no son iguales. Muevo la cabeza hacia la izquierda con la intención de observar dónde me encuentro. Una fuerte tirantez en el lado derecho del cuello me obliga a volver a la posición inicial. Me palpo la cabeza: tengo un vendaje rodeándome la cara y tapándome el oído derecho; un pequeño tubo sale del vendaje, lo recorro con los dedos hasta el borde de la cama donde me encuentro recostada boca arriba. El tubo continúa más abajo, pero ya mis manos no alcanzar a seguir su trayectoria. Lo observo, está lleno de un líquido sanguinolento. Supongo que se trata del drenaje del me habló en su día el doctor Ortiz.

Tengo sueño. Sueño y sed. Vuelvo a mirar hacia arriba. Estoy completamente tumbada lo que, unido a que la movilidad de mi cuello no es muy buena, me impide ver nada a mi alrededor. La postura no me desagrada pero no es mi favorita. Nunca me acuesto boca arriba, no me gusta, para mí es una postura muy incómoda por eso de la hiperlordosis que sufro. Siempre duermo de lado, posición fetal para ser más precisos, y si tengo un cojín entre las rodillas mejor. Pero ahora estoy cómoda. Siento una gran emoción, un gran alivio sabiendo que todo ha salido bien.

La intensidad lumínica me aturde. Cierro los ojos y los vuelvo a abrir. No sé cuánto tiempo llevo así. Los sonidos vuelven a aparecer: voces agudas, pasos que se acercan, que se alejan y vuelven a acercarse. Estoy cansada, el sueño intenta vencerme de nuevo. Lucho con él. No quiero dormirme más, quiero levantarme, ver a mis hijos, a Fran, a mi padre, y decirles que ha salido todo bien, que el tumor no es maligno, que no hay nada por lo que preocuparse.

—¡María! ¡María! ¡Venga, hay que ir espabilando! —una voz femenina me llega desde el lado izquierdo.

La zona de la cabeza se está elevando poco a poco, siento cómo se mueve la cama bajo mi cabeza. Abro los ojos de par en par: techo, cortinas, camas, sanitarios… «¡Esto es otra cosa!», digo en voz alta. Muevo con dificultad el cuello y giro la cabeza un poco, a pesar de la tirantez, hacia la izquierda. Una enfermera me está elevando la cama con un mando a distancia. La miro, me sonríe y le devuelvo la sonrisa.

—¿Cómo te encuentras?

—Bien, muy bien.

—Te dejo esto aquí —dice poniéndome el mando sobre la barriga —. Si necesitas algo pulsa este botón —señala con el dedo un botón pintado de azul.

—¿Cuándo me van a subir a la habitación?

—Aún tiene que venir el médico a verte y… se acerca y coge el informe que hay enganchado en mi cama—. Es pronto, María. No llevas aquí ni una hora. Te tienes que despertar del todo, llevas adormilada un buen rato. ¿Has orinado ya?

—No.

—Pues tienes que orinar. Cuando tengas ganas me avisas y te traigo la cuña, ¿vale, cariño?

Mi nueva postura, mucho más cómoda y menos aburrida, me permite ver tres camas frente a mí ocupadas por tres pacientes, los tres dormidos. A mi derecha, una cortina me impide saber si hay alguna cama más. En mi lado izquierdo no hay camas; al fondo, unas mesas y sillas ocupadas por dos sanitarios, un joven y la enfermera que me acaba de subir el cabecero de la cama. Un tercer sanitario pasa delante de mí, parece que ha salido de la zona derecha, donde están las cortinas. Se pone a hablar con sus otros dos compañeros. Discuten sobre algo.

Uno de los ocupantes de las camas que tengo enfrente lleva un rato moviéndose. Creo que es una chica: tiene el pelo largo, pero no le puedo ver bien la cara porque la tiene ladeada hacia la izquierda y está completamente tumbada. Un sanitario se acerca a ella. Le dice algo y le eleva la cama igual que a mí. Me fijo en ella, ahora sí le veo la cara y sé quién es. Es la chica que había en la sala de espera y que llegó acompañada con un muchacho y una mujer mayor, la que estaba tan tranquila, la que sacó de una mochila de deporte azul una goma del pelo.

Nos miramos. Vuelvo la vista hacia otro lado. No quiero molestar, parece dolorida y cansada. Me toco el vendaje a la altura de mi oído derecho. Lo tengo completamente tapado. No me duele, solo noto tirantez cuando vuelvo la cabeza hacia la izquierda. Me toco la cara y me acuerdo de lo que me dijo el doctor Ortiz sobre las posibles consecuencias de la parotidectomía. «¿Y si me han dañado el nervio facial? —pienso mientras gesticulo con los ojos y con la boca—» Cierro fuertemente los ojos y los vuelvo a abrir, abro la boca todo lo que puedo mientras sonrío, soplo como si estuviera apagando una vela, repito un par de veces los ejercicios que vi en un vídeo de YouTube explicando la manera de comprobar si ha habido daño del nervio facial. Parece que lo hago bien, que cierro los dos ojos con la misma fuerza y que elevo las comisuras de la boca a la misma altura. 

La chica que hay en la cama de enfrente me está mirando. Disimula y vuelve la cara hacia otro lado. «Pensará que me he vuelto loca», pienso, y dejo de hacer mohines con la cara.

Llamo a la enfermera: me han dado ganas de orinar. Me gustaría levantarme pero sé que no puedo aún, podría marearme. Orino sin dificultad en la cuña. «¡Bien! ¡Ya estoy más cerca de irme de aquí!» Recuerdo cuando me operaron de la hernia umbilical. Ha llovido bastante desde aquello: estaba en primero de carrera. Siempre me acordaré de la dificultad que tuve para orinar en horizontal. En aquella ocasión no había manera, tenía la vejiga a punto de reventar pero tumbada no podía soltar ni una gota. Recuerdo que me inclinaron, me sentaron en la cama pero nada, finalmente tuve que levantarme, marearme, caerme…, pero fui al baño y logré orinar.

La chica de enfrente parece conocer al enfermero que le ha subido la cama. Llevan hablando un rato. Ella se lleva las manos al pecho, parece que le duele algo. Se queja, pero a pesar de ello no deja de hablar y reír, parece que le ha hecho gracia algo que ha dicho él. El enfermero sale de la sala donde nos encontramos. La chica me vuelve a mirar. Esta vez no retiro la mirada y le sonrío.

—¡Hola! —le digo.

—¡Hola! —Me responde con una sonrisa—. ¿De qué te han operado? —me pregunta mirándome la zona del vendaje.

—De un adenoma en la parótida.

—Y que tal, ¿bien?

—Sí, sí, todo bien.

La chica parece simpática y, aunque a veces se echa las manos al pecho con gesto de dolor, parece con ganas de hablar, algo que nos sirve a las dos para aligerar la espera en esta aburrida sala de recuperación en la que nos encontramos.

—¿Y tú? ¿De qué te han operado a ti? —le pregunto.

—Me he quitado las prótesis mamarias. Se me había roto la derecha hace un año y… bueno, he decidido quitarlas.

—¿Te has puesto unas nuevas o…

—No, no, que va. No por nada en particular, la verdad es que me ha ido muy bien. He estado más de quince años con ellas, pero… todo llega a su fin.

El enfermero que parece ser el amigo de la chica ha vuelto y se acerca a su cama. Dejamos de hablar. No es que me guste cotillear, pero aquí el tiempo pasa lento, no hay nada qué hacer y los tengo enfrente. Así que los observo. El enfermero le ha dado un móvil y ella se lo guarda debajo de las sábanas, así podrá comunicarse con sus amigos y familiares.

Pienso en mi familia. Fran, mis hijos, mi padre… Estarán nerviosos y deseando que salga de aquí. Espero que a Fran le hayan informado de la marcha de la operación, que le hayan dicho que todo ha salido genial y, sobre todo, que le hayan comunicado que el tumor ha resultado benigno. Eso es lo principal.

Tengo ganas de llorar, pero de alegría. Han sido unos días muy duros de agónica espera de unos resultados que al final han sido los mejores. Días llenos de temor y de incertidumbre por lo que podría haber sido. Y es que no hay nada peor que la duda. Por mucho que hiciera el esfuerzo de quitarme los malos pensamientos de la cabeza, siempre encontraban el resquicio por el que entrar de nuevo, entonces se apoderaba de mí la angustia y el horror, y eso era terrible.

La vida pasaba a mi lado como si fuese un desfile circense. Acróbatas, zancudos, elefantes rosas, risas, música…, alegría, mucha alegría. Yo era uno de ellos, pero no participaba del desfile, me quedaba sentada en el suelo con mi disfraz de payaso triste.

La cama avanza por los pasillos del hospital. Voy camino de la habitación y estoy nerviosa. «Son tantas cosas las que le tengo que contar a Fran.» Seguro que estará ya desesperado. No sé con exactitud cuántas horas he pasado en la sala de reanimación, me imagino que unas cuantas. Ya tenía ganas de irme de esa sala solo por ver a mi familia porque el trato que he recibido allí ha sido inmejorable.  La verdad es que los sanitarios han sido muy amables conmigo y también la chica de la cama de enfrente, con la que me he entretenido hablando de nuestras operaciones. Al final resulta que la chica es enfermera y trabajó en una ocasión en este hospital, por eso conocía a uno de los sanitarios.
Mónica, la enfermera que me traía la cuña cada vez que tenía ganas de orinar, se ha despedido de mí con un abrazo y con una frase que me ha emocionado y que no olvidaré fácilmente: “Ojalá todos los paciente que pasan por aquí fueran como tú”. Siempre he creído que así como tú te portes con las personas así se portarán ellas contigo, es la premisa fundamental de las relaciones mutuas, dar para recibir.
La última vez que me dieron ganas de orinar lo hice en el baño. Mónica, no lo tenía muy claro, pero yo he insistido tanto que al final ha cedido. Muy despacio, y halagando mi fortaleza y mi buena aptitud en esos momentos en los que, según ella, los demás pacientes se comportan de forma completamente contraria a mí, quejándose continuamente como si fueran críos, me ha acompañado hasta el baño.
«Simplemente estoy feliz porque ha salido la operación bien y… además, porque tengo unas ganas locas de irme de aquí.»
Sé que a veces he flaqueado, pero he sacado la fortaleza de algún lugar para afrontar lo que hubiera podido venir y ahora esa fuerza acumulada hace que me sienta con ganas de vivir de nuevo, no quiero quejarme más, ya no.
No ha sido nada más que volver del baño cuando han llegado el doctor Ortiz y el anestesista junto con la doctora Adela Martín. No sabía que ella, finalmente, iba a estar también presente en la operación. Me ha dado mucha alegría verla allí. El doctor me ha dicho que todo ha ido miel sobre hojuelas, que no ha habido ninguna complicación. El anestesista me ha dejado su móvil para que me viera la cara mientras hacía los ejercicios de movilidad que me iba diciendo el doctor Ortiz. Todo bien. Tengo el ojo derecho un poco amoratado, pero el doctor me ha asegurado que es normal y que incluso tendré más cardenales en otros puntos de la parte derecha de la cara, que se me irán quitando con el tiempo.


El celador me ha metido en un ascensor. Dice que vamos a la planta sexta. Respiro hondo. Al salir del ascensor me encuentro a Fran esperándome. Le sonrío, nunca he sonreído con tanta intensidad. Quiero que lo note, que note mi felicidad. La emoción me impide hablar bien, pero consigo decirle que todo ha salido bien. Él lo sabe: asiente con la cabeza. Me agarra la mano y camina junto a la cama a lo largo de un pasillo salpicado de puertas de madera en color vengué.  Fran está tan emocionado como yo y no dice nada, pero en su cara una amplia sonrisa revela que está tranquilo y feliz. Los dos estamos felices.

Continuará...